Violencia en México: la generación del Estado de Derecho

Seminario sobre Violencia y Paz en el Colegio de México

 

Juego de palabras | Columna

Eduardo Vital Plaza*

EL HORROR DE la violencia ha penetrado en las fibras más sensibles de nuestro país. Regiones enteras de México son víctimas de la interminable lucha entre los cárteles de la droga y organizaciones criminales que se disputan el control de las plazas. Frente a ello, el Estado mexicano ha brillado por su ausencia, por su ineficacia o su colusión con los criminales. La violencia y sus efectos han sido un cáncer social que ya ha cobrado millones de vidas, no sólo en nuestro país, sino que también al rededor del globo.

         Los esfuerzos de los mexicanos están puestos en entender el desarrollo de este problema y, desde luego, contar con información que permita aplicar políticas de seguridad eficientes, que den resultados claros a las familias que han perdido a sus seres queridos.

         Durante tres días, del 20 al 22 de junio de 2016, se llevó a cabo el Seminario de Violencia y Paz: diagnósticos y propuestas para México, que organizó El Colegio de México, con el apoyo del Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República y de la CNDH. Fue un espacio abierto a los académicos del país y del exterior para tratar el asunto de la violencia y sus efectos. Si bien, para muchos de nosotros es un tema que ha tenido una enorme difusión en los medios, la verdad es que aún no conocemos la dimensión del problema. Los daños causados a miles de familias por la desaparición de alguno de sus integrantes es uno de los efectos que más lacera a nuestra sociedad. Sí, su dolor es también el nuestro y su problema es problema del país. A lo largo de las mesas de discusión estuvieron presentes luchadores sociales que se han comprometido con la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de los desaparecidos y han alzado su voz para llamar la atención sobre lo que está ocurriendo en sus comunidades.

           Uno de los objetivos del Seminario fue el entender el problema de la violencia desde lo local. México es un país violento, pero no es el mismo tipo de violencia el que puede afectar a ricos o a pobres, a los del norte o a los del sur, sino que su origen es multifactorial y sus efectos variados. A ese respecto, panelistas como Ana Villareal, de la Universidad de Boston, mencionaron los problemas a los que la academia se enfrenta al momento de definir la violencia; se la ha considerado de tantas maneras que sería un despropósito llegar a una definición que acogiera todos los tipos y grados de violencia; es decir, no se ha logrado un consenso en la definición integral de este asunto, pues podemos cometer grandes errores de omisión. Desde las aulas, nos es común entender y hasta justificar problemas teóricos de este tipo, no obstante, los tomadores de decisiones están obligados, casi por su naturaleza de administradores públicos, a definir los problemas para encontrar soluciones concretas. No debemos darle vueltas al asunto cuando es menester tomar un camino para enfrentar problemas urgentes. La vacilación que da origen a la inacción del Estado es objeto de negligencias que han costado credibilidad a las instituciones nacionales.

         Entender a México, al Estado o a la Burocracia como un monolito, un ente de una sola pieza es un error muy grave. Al país se lo debe ver como lo que es: un mosaico cultural con realidades diferentes y hasta disidentes. Problemas que aquejan al país en su conjunto, como la desigualdad, la pobreza y la inseguridad tienen puntos de origen que son producto de mezclas particulares de la región o el estado, que responden a una dinámica social, política o económica muy concreta, pero que pueden producir efectos similares, como la violencia generalizada.

         Escuchar los testimonios de Lourdes Huerta, madre de Kristian Flores Huerta desaparecido en agosto de 2010 y vicepresidente de la Asociación Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, es una experiencia intensa, triste y que nos llena de indignación e impotencia. Lo de Fernando Ocegueda Flores, presidente de la Asociación Unidos por los Desaparecidos en Baja California, es horrible. Oír de cerca lo que fue el caso de “El pozolero de Baja California” eriza la piel. Cuánta maldad puede haber en un ser humano que es capaz de realizar tremendos actos sin remordimiento. Pero eso no nos resulta lo más sorprendente. La respuesta de las autoridades tanto de Baja California cuanto la de Nuevo León ha sido nula, ya por la incapacidad que representa para los gobiernos locales enfrentarse a criminales sistemáticamente organizados o, peor aún, porque la autoridad es parte de esos grupos socialmente cancerígenos. Fernando y su organización han hecho una labor de peritos forenses, ellos mismos buscan las fosas clandestinas, cavan, recogen los restos y le exigen a la autoridad que comience los procedimientos de identificación. La mayoría de ellos no tenía idea de lo que comenzaban a hacer por falta de apoyo institucional. Muy digno, admirable y necesario es el trabajo de Abel Barrera, fundador y director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña de Guerrero, que se dedica a trabajar en la protección de los DDHH de los indígenas guerrerense. Raymundo Ramos es presidente del Comité de Derechos Humanos en Tamaulipas y pese a las diversas amenazas que ha recibido sigue trabajando acompañando a los familiares de las víctimas del crimen en su estado. Destacable la participación del presbítero José Luis Segura Barragán, proveniente de la región de “La Ruana” en Michoacán, quien acusó directamente a diversos funcionarios del gobierno estatal y federal por la responsabilidad de profundizar el clima de violencia que azota al estado.

         Más allá de lo que ocurre con este problema, creo que debemos reflexionar sobre la indiferencia persistente de muchos mexicanos que no han vivido, en carne propia, las devastadoras consecuencias de la desaparición forzada o el desinterés de las autoridades en el apoyo a las víctimas. Los mexicanos hemos aprendido a vivir con el miedo, hemos aprendido a que eso ha pasado todo el tiempo y es el gobierno el responsable de tantas tragedias. Nos han repetido, hasta la saciedad, que es mejor no meternos en problemas, que no sabemos cuándo se resolverá esta situación pero que, en todo caso, no es asunto nuestro.

         La indiferencia nos hace más débiles, nos mantiene con miedo y a la expectativa de lo que otros quieran hacer. Es verdad, la dificultad de enfrentarse a los aparatos institucionales es una tarea que necesita esfuerzos mayúsculos y organización ciudadana que sobrepasa las capacidades de cualquier organización. Es verdad, se necesitan los esfuerzos de todos.

         Frente a la corrupción de las autoridades no debemos ser tolerantes. No podré olvidar una frase que, en las últimas clase de Administración Pública, el profesor Fernando Nieto nos dijo: “La corrupción no sólo nos cuesta dinero, desarrollo. Nos cuesta vidas”, la mirada de mis compañeros se turbó y hubo un pasmo de silencio que resumió la responsabilidad de nuestra generación para combatir la corrupción con ideas claras, con herramientas eficientes y con las capacidades de entendimiento que nos permita ver que no es un tema de destino cultural y que es un tema de redes y no de personas que actúan solas.

         Quienes se encargan de estos temas, han dicho que los obstáculos son muchos y muy varados. En la academia, está la falta de datos creíbles, la transparencia en la información que permita diagnosticar mejor el problema para proponer mejores soluciones. La pobreza y la desigualdad se posicionan como factores detonantes de la violencia y la delincuencia. La corrupción de las autoridades y la indiferencia ciudadana atizan la permanencia de los problemas.

         Nuestro tiempo se considera como el de la consolidación democrática, las prácticas gubernamentales que respeten los derechos humanos en un mundo globalizado. La idea de la gobernanza invita a reflexionar sobre las nuevas modalidades de gobernar, a contar con redes ciudadanas que interactúen con las autoridades y sean partícipes de las propuestas encaminadas a resolver sus problemas; es decir, el Estado deja de estar en el centro jerarquizado de la toma de decisiones y se convierte ahora en el coordinador de los esfuerzos de diversos actores para la generación de ideas y la toma de decisiones.

         Si la generación de nuestros padres es la generación de la transición democrática, la generación a la que le hicieron un boquete (como nos lo presentó la profesora Soledad Loaeza) los gobiernos dictatoriales de Sudamérica con los miles de desaparecidos, la nuestra, debe ser la generación de la Revolución del Estado de Derecho, nos dijo el doctor Fernando Nieto, profesor-investigador de El Colegio de México. En ese sentido, debemos ser los encargados de consolidar la democracia y de fortalecer las instituciones que han perdido credibilidad frente a los ciudadanos, pues su incapacidad operacional y de resultados ha representado un serio problema de gobernabilidad en el país.

         Los luchadores sociales nos han dicho que el primer paso en esta lucha es la concientización, saberse vulnerable frente al crimen y frente a la autoridad. Nos pidieron no dejarlos solos en este largo camino que han emprendido y lo único que nos piden es solidaridad para que otros no sean tocados-como nos lo repetía Lulú-por el crimen.

         El gran reto de nuestro tiempo es hacer frente a los problemas persistentes. La solución sólo podrá darse con la participación de todos. Los diagnósticos, están encaminados a provocar respuestas en lo local con efectos nacionales y los testimonios cumplieron su objetivo: mostrar la realidad, cruda, y hasta increíble, de nuestra situación. Un reconocimiento a Froylan Enciso, por el gran trabajo realizado y a todos los académicos que participaron en este foro: Cordelia Rizzo, Reynaldo Rojo, Silvano Cantú, Artemisa López, Arturo Zárate, Josefina Cendejas, Camilo Pantoja, Raúl Zepeda, entre otros. La admiración para los luchadores: Lourdes Huerta, Fernando Ocegueda, José Luis Segura Barragán, Abel Barrera, Jorge Verástegui, Abel Barrera, Raymundo Ramos, y todos los testimonios que nos regalaron. Agradecimientos a los académicos de El Colegio de México por sus reflexiones y la invitación a participar, de alguna manera, en ese encuentro crucial para nuestra formación.

Estepario.logo.E

*Es estudiante en el Centro de Estudios Internacionales en el Colegio de México