Persistencia al engaño

Juego de palabras | Columna

Eduardo Vital Plaza

 

A dos meses del cuarto informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no podemos esperar sorpresas. El presidente ha demostrado que los integrantes de su primer círculo se mantendrán hasta el final. Su mandato constitucional es por seis años y, desde junio de este año, el ambiente político del país ya está situado en la elección presidencial de 2018. A pesar de ello, hay realidades que no se pueden dejar de lado y que los mexicanos le han demandado atender frente a la percepción pública de que ha sido una administración pésima. De acuerdo con la encuestadora Latinobarómetro, para 2015 sólo 35% de los mexicanos aprobaba la gestión de EPN, dicho porcentaje es más bajo respecto de sus antecesores al final de los primeros tres años.

         En diciembre de 2012, Peña Nieto recibió un país sumido en la violencia, con una credibilidad institucional en ruinas, producto de la intensa difusión y promoción de las acciones del gobierno en la llamada Guerra contra el narcotráfico, acción que fue la bandera del gobierno del Presidente Felipe Calderón durante su mandato. Ante un panorama que contabilizó 21,736 homicidios en 2012, de acuerdo con el informe Cifras de homicidio doloso, secuestro, extorsión y robo de vehículos 1997-2016, presentado por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública,[1] una de las claras consignas de la administración peñista fue diversificar los temas de la agenda pública.

         Para lo anterior, la transformación de varios sectores del país se anunciaba como el gran cambio de paradigma en los sectores energético, educativo, hacendario y en telecomunicaciones; las reformas estructurales —esas que se adjetivaban de gran calado— fueron ofrecidas a los mexicanos como la nueva modernización del país y el comienzo del despunte del progreso nacional.

         Para cumplir con sus compromisos de promulgar las reformas fue necesario sacar las discusiones de estos temas de los recintos legislativos y realizar las negociaciones con las cúpulas de los principales partidos de oposición, Acción Nacional y el Partido de la Revolución Democrática. Mientras en unos temas tenían el apoyo de una fuerza, en otro, cambiaban de aliado para obtener los votos de la oposición. Los priístas ofrecieron a sus contrapartes la reforma político-electoral, que dio vida al INE, y la reforma política del D. F., ahora CDMX.

         Los costos del llamado Pacto Por México fueron varios para los tres partidos que lo secundaron. A la oposición le llovió de todo. Acción Nacional enfrentó una severa disputa intestina por el control del partido, tras la salida de Gustavo Madero, pero la crisis de identidad de los panistas y los conflictos internos desde el gobierno de Calderón, hicieron que ese partido cayera al tercer lugar en las elecciones presidenciales de 2012. Después del Pacto, los más tradicionalistas acusaban a su dirigencia de ser comparsa del gobierno priísta, su rival natural. Para el PRD, un partido en donde el conflicto interno es la constante, casi le cuesta su desaparición. Una corriente seguidora de AMLO abandonó el partido para formar MORENA y ya es tercera fuerza electoral.

         A estas alturas, el gobierno de Peña y su partido están en franca decadencia. La incompetencia, descuido o la confianza excesiva de los funcionarios, y del presidente, han tenido a la administración de cabeza. No acababan de despegar las reformas y ya tenía problemas serios. En primer lugar, los beneficios de la reforma energética, lo que se pudieron ver a corto plazo, no han sido los esperados, pues los precios del petróleo se desplomaron de manera sustantiva. De los 120 dólares que llegó a costar alcanzó un precio de hasta menos de 30 billetes verdes. La captura del narcotraficante Joaquín Guzmán Loera vistió de palmas al gobierno, qué decir del golpe al sindicalismo charro de la maestra Gordillo, a quien se recluyó en prisión. Pero poco duró el gusto de mostrarse un gobierno fuerte y eficaz. El Chapo se escapó y, a pesar que lo recapturaron, dejó ver la total ineficacia del gobierno por la forma tan burda de su escape-ineficacia que se entiende por corrupción.

         La desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, ¡un caso aún sin resolver!, mostró la corrupción de los políticos municipales y el secuestro de las instituciones del Estado a manos del crimen organizado. La torpe intervención de la Federación en este asunto evidenció la frivolidad de funcionarios como el ex titular de la PGR, Jesús Murillo Karam con el #Ya MeCansé o el propio EPN con su #YaSéQueNoAplauden, que los ciudadanos en redes sociales y en su percepción política tundieron duro.

         Podemos continuar con la lista de cosas que han puesto al gobierno de Peña en aprietos y que, desde muchas perspectivas, no ha sabido contener; sin embargo, lo importante, pienso yo, es cómo ha movido sus piezas en su juego político y administrativo. No es cosa menor que esté realizando tácticas políticas, como la designación de Enrique Ochoa Reza al frente del PRI nacional (un completo desconocido en la política nacional y dentro de su partido).

         En las últimas elecciones, el PRI fue derrotado en siete de doce gubernaturas. Dentro de los Estados que perdió está Veracruz, uno de los territorios más importantes electoralmente por su aportación de votos al total nacional. La verdad, no es que el PAN, en coalición o no con el PRD, haya presentado muy buenos candidatos sino que el hartazgo de corrupción e impunidad que se vive en Veracruz o Tamaulipas le dio al partido tricolor un voto de castigo que desembocó en la alternancia en gobiernos estatales.

           La disputa entre primos por el gobierno veracruzano hizo que los candidatos del PRI, Héctor Yunes Landa y del PAN, Miguel Ángel Yunes Linares, intercambiaran acusaciones de corrupción, enriquecimiento ilícito y un cúmulo de propiedades dentro y fuera del país. En Tamaulipas, se acusaron los candidatos de nexos con los grupos criminales, tanto panistas cuanto priístas. Es decir, en una nuez, los electores decidieron entre el mal menor para sus estados, el objetivo: sacar a Duarte del gobierno y procesarlo (lo que prometió Yunes Linares) y buscar alternativas en la lucha contra el narco en Tamaulipas.

         En ese juego político, al presidente EPN se le acaba el tiempo y debe dar un golpe en el timón para tratar de enderezar el rumbo. Ante una desastrosa implementación de la reforma educativa, el titular de la SEP sigue en su cargo y posicionándose porque quiere ser presidenciable. No debe saltarnos que Peña mantenga a quienes no dan resultados, cuando el Chapo se escapó de una prisión de máxima seguridad (lo que sea que eso quiera decir), en Bucareli nadie tembló y Osorio Chong quiere la candidatura presidencial.

         ¿De verdad no se dará cuenta la gente que vive en Los Pinos de lo mal que los está tratando la percepción ciudadana? ¿Será que el presidente EPN no quiere aceptar que gobierna en medio de ruinas políticas, económicas y sociales? ¿O será que se engaña EPN o, peor, lo engañan? Faltan menos de dos meses para su informe anual, no dirá mucho ni nada que no se sepa: “estamos mal, y me lamento por ello”, si acaso. Mientras tanto, Acción Nacional y el PRD ya se dieron cuenta que el enemigo de aquí a junio de 2018 no es el PRI, sino López Obrador, y tratarán de que el agua y el aceite derroten al populismo obradorista.

Estepario.logo.E

 

 


[1] Puede verse el informe nacional y por estado en el siguiente enlace: http://secretariadoejecutivo.gob.mx/docs/pdfs/cifras%20de%20homicidio%20doloso%20secuestro%20etc/HDSECEXTRV_052016.pdf, consultado el 10 de julio de 2016.
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