Disculpe, la casa está regada

Sobre la disculpa del presidente y de la democracia

Artículo | Eduardo Vital Plaza

 

MÉXICO HA tenido una decepcionante transición democrática, o al menos eso es lo que muestran los mexicanos en cuanto a su satisfacción con la democracia. De acuerdo con los datos del Latinobarómetro 1995-2015[1], el promedio de satisfacción de los mexicanos con este modelo de gobierno es de 25% por parte de quienes se dicen satisfechos o bastante satisfechos frente a 71% de quienes responden que están poco satisfechos o nada satisfechos con la democracia. Los resultados anteriores posicionan a México como uno de los países menos satisfechos de la región, en cuanto a la democracia se refiere.

         Son varias las aristas que pueden ayudarnos a explicar el porqué de la animadversión de los mexicanos a su régimen democrático. Pero antes de revisar sucintamente los factores que pueden originar la insatisfacción, debemos decir lo que entendemos como democracia. En primer lugar, una noción mínima de democracia que nos da Robert Dahl[2] es que este régimen debe respetar ciertas garantías elementales, a saber el sufragio universal, elecciones libres, periódicas y competitivas, oferta partidaria y pluralidad de fuentes de información. La constatación de estos elementos nos dará la oportunidad de analizar ahora la calidad de la democracia en un país. Siguiendo a Adam Przeworski:

La democracia está consolidada cuando, bajo unas condiciones políticas y económicas dadas, un sistema concreto de instituciones se convierte en el único concebible y nadie se plantea la posibilidad de actuar al margen de las instituciones democráticas, cuando los perdedores sólo quieren volver a probar suerte en el marco de las mismas instituciones en cuyo contexto acaban de perder. La democracia está consolidada cuando se impone por sí sola, esto es, cuando todas las fuerzas políticas significativas consideren preferible seguir supeditando sus intereses y valores a los resultados inciertos de la interacción de las instituciones. Acatar los resultados de cada momento, aunque supongan una derrota, y encauzar todas sus acciones a través del marco institucional, resulta preferible para las fuerzas democráticas a intentar subvertir la democracia.[3]

La victoria de Vicente Fox provocó un cúmulo de esperanzas para millones de mexicanos, pues era el primer presidente de oposición desde 1929. La llegada del guanajuatense a Los Pinos fue resultado de una serie de reformas al sistema político desde 1946 con la reforma electoral de Ávila Camacho o las reformas de 1962 y 1977 que “abrieron” al sistema dando paso a los diputados de partido, donde la oposición encontró una marginal, pero segura, representación. La transición a la democracia fue por medio del conservadurismo de oposición que pronto enterró la esperanza de cambió y se corrompió con la forma de gobernar de los priístas. La gran oportunidad del Partido Acción Nacional fue modernizar, hacia la pluralidad política, las instituciones del viejo régimen y terminar por consolidar la democracia. Pero eso no ocurrió.

         Al igual que en el pasado, los actos de corrupción saltaron a la vista, pero ahora acentuados por la incapacidad gubernamental producto de la inexperiencia. El grupo “amigos de Fox” una organización formada en 1999 para ayudar al candidato y después al Presidente, mostró una serie de irregularidades financieras que no se terminaron de aclarar y que parecía haber tenido injerencia en delitos electorales. La PGR declaró que la información de esta investigación sería resguardada por doce años. También, los hermanos Bribiesca, hijos de Martha Sahagún de Fox, se enriquecieron haciendo negocios al amparo del tráfico de influencias.

         Posiblemente, muchos mexicanos pensaron que el arribo de la democracia al sistema político era un factor que traería el desarrollo económico y la superación de problemas como la pobreza y desigualdad o la corrupción, es más, pensaron (o aún piensan) que es deber de “La Democracia” resolver estos problemas y que si no lo hace es porque no sirve. Sin embargo, debemos cuestionarnos la responsabilidad del modelo democrático frente a estos planteamientos.

         Mucho me temo que la democracia no es responsable directa ni de la pobreza ni la desigualdad ni la corrupción de la que México ha sido presa a lo largo de su historia. La cultura democrática y la civilidad política se construyen día tras día, paso a paso con instituciones y valores sólidos que permiten el desarrollo de procesos políticos con estabilidad y condicionan los modos de desarrollo económico y social reduciendo, la incertidumbre del cumplimiento de las leyes. Es decir, quienes infringen las normas son sancionados conforme a derecho.

         La disculpa que ofreció el presidente Enrique Peña Nieto (que recuperó la presidencia para el PRI) en el marco de la promulgación de las leyes secundarias del Sistema Nacional Anticorrupción, tiene mucho de significante. El asunto de La Casa Blanca se le escapó de control. Por más que intentó desligarse del tema, las declaraciones de su esposa y del propio presidente mostraban una inconsistencia en el discurso y un posible conflicto de intereses con Grupo Higa, propietario original de la casa y quien se había beneficiado con onerosos contratos de obra pública cuando EPN era gobernador del Edo. Mex. y ahora, como presidente, ya había obtenido contratos millonarios. ¿Por qué debe saltarnos el perdón de EPN? Muy simple. Fue una bofetada a la procuración de justicia, otra más en lo que va del gobierno de Peña.

         La oportunidad que dejaron ir los panistas, tanto Fox como Calderón, de desmantelar el viejo orden autoritario, caciquil e impune, hoy lo utilizan los “nuevos priístas” para mantener un estado de impunidad a sus actos ilícitos. Ahí están Javier Duarte, Beto Borge y César Duarte, titulares de los gobiernos estatales de Veracruz, Quintana Roo y Chihuahua, respectivamente, estados saqueados y endeudados de manera escandalosa, como el enriquecimiento ilícito y actos de corrupción de sus gobernantes que, por cierto, siguen impunes.

         El gran problema de México ha sido consolidar la democracia con el cumplimiento del Estado de Derecho. No podemos, no debemos seguir pensando que el espíritu reformista de este país es el camino adecuado para transformar la penosa situación en la que nos encontramos. La verdadera vocación democrática está en respetar las instituciones y las leyes, en castigar a los transgresores y en mantener la igualdad jurídica de todos los mexicanos. Que la posición económica o el tráfico de influencias no sean determinantes en los procesos jurisdiccionales, aunque tu papá o tu esposo sea el presidente.

         Las instituciones nos permiten evitar la discrecionalidad de aplicar la ley, un rasgo característico del periodo autoritario de nuestro país. Lo que podemos reflexionar es ¿cuál ha sido la calidad y eficacia de las instituciones creadas en el régimen democrático? Si la corrupción es el uso de recursos públicos para beneficio propio ¿Hemos creado a los defensores de lo público? La Secretaria de la Función Pública, que encabezaba Virgilio, ¿es gatopardismo o vanguardia? No podemos esperar que las cosas cambien en un par de años y que las instituciones se transformen absolutamente por decreto o reforma.

         Una de las características principales, es más, el rasgo de la institución es la continuidad. En nuestro país, la corrupción continua es el gran reto al que se enfrenta el desarrollo nacional. Debemos darnos cuenta que la corrupción nos cuesta vidas, nos cuesta dinero (un porcentaje del PIB) y nos mantiene en el atraso.

         Señor presidente, menos disculpas y más consecuencias. No sé hasta qué punto pueda aguantar la administración de Enrique Peña Nieto respondiendo a destiempo y de pésima manera los incontables problemas a los que se enfrenta. Es más, ¿cuánto soportaremos los ciudadanos la persistencia de la ineficacia gubernamental?

Quien piense, como el presidente, que la corrupción es un asunto cultural, entonces, estará justificando también la incompetencia y la desidia de enfrentar uno de los principales problemas del país, el otro, es el tema de la impunidad. No es que en México haya corrupción, lo reprobable es que haya impunidad.

Estepario.logo.E

 


         [1]Sin contabilizar el año 2012. Pueden verse los datos en el siguiente enlace: http://www.latinobarometro.org/latOnline.jsp, consultado el 20 de julio de 2016, el promedio es obtenido con los cálculos del autor.
         [2] Véase Robert Dahl, Polyarchy: Participation and Opposition, New Haven, Yale University Press, 1961.
         [3]Adam Przeworski, Democracia y Mercado, Reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina, Cambridge, University Press, 1995, pp. 42-43.