La noche de la Usina, Premio Alfaguara 2016

Fotografía: El Universal

Eduardo Sacheri o de los finales felices

Reseña | Redacción

 

Al día de hoy, buena parte de las ficciones cinematográficas y televisivas que más se consumen tienen un elemento en común: los finales felices. No es de extrañarse, quién no prefiere imaginar una vida donde los problemas siempre se resuelven y todo marcha de maravilla. Al mismo tiempo, existe una idea generalizada sobre la simpleza del final feliz. Es decir, que al terminar este escapismo no hay reflexión o introspección en el espectador. Algo hay de cierto, pero no siempre fue así, puede que esta “simpleza” comenzara a configurarse en el momento en que las telenovelas, las películas infantiles —quizá Pixar con Buscando a Dori o Intensamente, sean una excepción— y otras producciones hollywoodenses se apropiaron de los finales felices para hacer de ellos un elemento toral de su estética. El problema es que se apropiaron mal, minimizando sus alcances. Con tal de conseguir un final feliz abusan de lo inverosímil, del deus ex machina, de la anagnórisis. Por ejemplo, en el último segundo el protagonista descubre una cura y la humanidad se salva; un arma, y los alienígenas son exterminados; la chica está a punto de casarse y los sabios consejos de un vagabundo la hacen cambiar de opinión.

Por otra parte, también en algún momento del siglo pasado los finales felices dejaron de interesar a los “escritores serios”. Es cierto que después de las dos grandes guerras y la paranoia nuclear de las décadas siguientes, no parecían existir muchos motivos para mostrarse entusiasta. Como quiera que haya sido, los finales felices aparecieron cada vez menos en la Literatura. Ahora bien, decía J.R.R. Tolkien que un final feliz no quiere decir que al terminar todos los conflictos se hayan resuelto, sino que al final de la historia quedara claro que la vida era extraordinaria y por ello valía la pena de ser vivida, a pesar de las tristezas y dificultades que ella implica. A ello, Tolkien lo llamó “eucatástrofe”: una visión trágica y a la vez luminosa de la vida. Para muestra, en La sirenita —ese hermosísimo cuento de Hans Christian Andersen— no existe la conquista de la alegría. Por el contrario, el precio de su amor es vivir incomunicada y con un espantoso dolor en las piernas, muere feliz no por materializar su deseo sino porque descubre que la vida vale para los que se atreven a amar. Así, los finales felices son el resultado de enfrentamientos internos de los personajes y no de accidentes externos se repongan el orden del mundo o de los sentimientos.

En este sentido, el gran acierto en La noche de la Usina es el regreso del final feliz. Para no estropear la lectura, sólo diremos que esta es la historia de un grupo de amigos —ingenuos y entrañables— que un buen día deciden reunir sus ahorros para emprender un negocio. Al hacerlo, no sospechaban que por la inestabilidad financiera y la ambición de un gandalla terminarían siendo estafados. Fermín Perlassi, protagonista, no sólo pierde su dinero, un accidente le arrebata a su esposa y con ella el ánimo del porvenir. En el intervalo, los demás descubren que existe un posibilidad de tomar revancha. Pero no se trata de un venganza común y corriente sino de una venganza inteligente —esto si tomamos en cuenta que todos serían incapaces de matar una mosca en la vida diaria—. Y aquí, el corazón e ingenio de Perlassi será decisivo. Nunca se dispara una bala, no hay muertos ni heridos de gravedad, sólo imaginación y buen humor. Inserta en un contexto político que significó para Argentina la peor crisis de su historia, Sacheri se revela como maestro del thriller y, de paso, aprovecha cada momento para recordarnos que el “nosotros” aún es una herramienta eficaz para el cambio individual y no al revés.

¡Enhorabuena para Sacheri!

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