Cervantes, cautivo de las armas y las letras

"El Quijote de la Mancha", Ernest Descals

 

Adolfo Ulises León López | FFyL UNAM

 

El discurso de las armas y las letras es el drama de la baja nobleza. De los hombres que se quedaron con un pie en la Edad Media y con otro en el Renacimiento. De los hidalgos e infanzones que contemplaron cómo sus lorigas y espadas se empolvaban en un rincón. Al mismo tiempo, bajo el reinado de Felipe II (1556-1598), España vivió su periodo de mayor poder y riqueza. Con el expansionismo a puje, fue necesario consolidar, por un lado, un ejército profesional y permanente; por el otro, una burocracia. Así, la nueva administración, más que guerreros nostálgicos, requirió escribanos, secretarios, jueces y abogados; más que un código caballeresco, priorizó la técnica y la disciplina. Pocos nobles pudieron solventar sus estudios en letras, el resto encontró en las armas un remoto refugio del honor.

En este escenario, Miguel de Cervantes nació un 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares. Su vida fue un incansable tocar de puertas. Participó como soldado, comisario de abastos y buscó el cobijo del mecenazgo. Todo le salió mal. Las armas y las letras, pues, fueron dos vocaciones que convivieron en él y lo conflictuaron. En su literatura, este tópico se repite de manera constante y siempre con matices diversos: a veces lo desarrolla con entusiasmo, a veces con desencanto. Esta aparente contradicción, ha llevado a autores como Gustavo Illades[1] a sugerir que, al hacer apología del soldado, Cervantes simpatizaba de la guerra. Por su parte, Ludovik Osterc sostiene que “Cervantes era un ferviente partidario de la paz”[2]. Sí. Al mismo tiempo Cervantes condenó y celebró la guerra. ¿Ello lo hace un hombre contradictorio? No, como veremos más adelante —pues éste es el motivo del presente trabajo— lo que ocurrió fue que él en ocasiones contemplaba la cuestión como un humanista y otras como un hombre del medievo.

En cuanto a los datos biográficos, tomo como referencia Para leer a Cervantes de Martín de Riquer y Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, de Jordi Gracia.

Formación

Antes de ver la relación directa entre las decisiones bélicas de Felipe II y las impresiones que éstas dejaron en la vida y obra de Cervantes, vayamos a Madrid durante el periodo de 1567 a 1569. Ahí nuestro escritor dará sus primeros pasos literarios de la mano del humanista Juan López de Hoyos, director de la Escuela de la Villa: escuchó sobre Erasmo de Rotterdam, alcanzó a dominar los modelos clásicos y, sobre todo, se empapó de la inacabable progenie de Amadíses y Esplandianes. También fue el momento en que constató la poca valía de su título familiar de hidalguía. Así, el tópico caballeresco del honor junto al deseo de participar como soldado contra la rebelión de la comunidad musulmana en Granada aparecen por primera vez en su Elegía al cardenal Diego de Espinosa:

Y aquel que no ha gustado de la guerra,
a do se aflige el cuerpo y la memoria,
paresce Dios del cielo la destierra.
Porque no se corona en la gloria,
sino en los capitanes valerosos,
que llevan de así mesmos la victoria.

 

Su cercanía a López de Hoyos es también su encuentro con los círculos cortesanos. Conoce a poetas como Pedro Laínez y Francisco de Figueroa. Sin embargo, aquellos primeros esfuerzos para formar parte de la corte se ven interrumpido por un incidente que lo arrastra a Nápoles. Se sabe que libró una riña e hirió de gravedad a un tal Antonio de Sigura. Debió ser algún noble importante porque un mandamiento judicial lo condenó a perder la mano derecha y a ser desterrado del reino durante diez años. Aunque su padre, Rodrigo de Cervantes, intentó hacer valer su hidalguía para evitarle una pena infamante —pues de conformidad con la Novísima Recopilación “ningún hidalgo puedo ser puesto a tormento”[3]— no pudo hacer nada para revocar la sentencia real. En Nápoles Cervantes se desempeñó como camarero del cardenal Guilio Acuaviva. Duró poco allí y leyó mucho —sobre todo a Petrarca y a Ludovico Ariosto—.

“Mas vale pelear en servicios de Dios y Su Majestad”

Convocada por el Papa Pío V y Felipe II en 1571, la Santa Liga se formó para combatir a Salim II, sultán de Turquía. Al frente de esta poderosa empresa marítima se encontraba Juan de Austria, de veintiséis años y hermano bastardo de Felipe II. Al igual que muchos soldados —sedientos de honor y mirados con sospecha para ocupar cargos importantes en la administración—, quizá Juan de Austria pudo significar para éstos que el viejo ideal caballeresco aún era posible. No sólo eso, por su origen, Juan de Austria embonaba a la perfección con el modelo del caballero literario: hijo de un emperador, producto de un idilio, segregado de la corte para que, al momento de hacer su aparición, demostrara su nobleza mediante las armas y engrandeciera así la cristiandad.

¿Fueron estos elementos un guiño para que Cervantes decidiera, por fin, enlistarse en el ejército? Tal vez. Un indicio de ello sería la actitud que el autor del Quijote tomó el día de la batalla de Lepanto, el 17 de octubre de 1571, y que fue atestiguada por el alférez Gabriel de Castañeda:

Miguel de Cervantes estaba malo de calentura, su capitán (Diego de Urbina) y otros amigos suyos le dijeron que, pues estaba malo, no pelease y se retirase y bajase debajo de cubierta del a dicha galera (La Marquesa), porque no estaba para pelear; entonces el dicho Miguel de Cervantes respondió al dicho capitán y a los demás, muy enojado: “Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a Su Majestad, y se me han mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y ansí agora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; mas vale pelear en servicios de Dios y Su Majestad, y morir por ellos que bajerme so cubierta”, y que el capitán le pusiese en parte y lugar que fuese más peligrosa, y que allí estaría o moriría peleando.[4]

 

A Cervantes todavía no le importa si participa de una guerra justa o no, o, si siendo justa, la dinámica de combate también lo es. Él pelea por la versión de su Dios y por la visión de Felipe II. En su escala de valores, el honor, última rebaba de su hidalguía, aunque con posteriores matices, siempre ocupará la punta.

“Haz ¡oh buen rey! que sea por ti acabado”

Tras el triunfo que significó Lepanto, bastaba un ataque para terminar con los restos del ejército turco que se refugiaba en el golfo de Navarino. Sin embargo, un ajuste en la política exterior impidió que ello ocurriera. En primer lugar porque los comerciantes de Venecia salieron de la Santa Liga y firmaron un tratado de paz con Salim II; por otra parte, con la muerte de Pío V, su sucesor, Gregorio XIII, comenzó a mirar con recelo del poder militar español; finalmente, Juan de Austria, para hacerse de un reino propio, decidió atacar Túnez con el pretexto de un fuerte que mantenían en La Goleta.

Durante cuatro años Cervantes se paseó por Italia, participó en la expedición de Túnez y, debido a sus méritos en Lepanto, recibió dos cartas de recomendación: una de Juan de Austria y otra del Conde de Lemos. El 26 de septiembre de 1575, cuando se proponía a regresar a España, la galera en la que viajaba fue tomado por corsarios argelinos y aquí comienza su etapa de cautivo. Entonces la economía de Argel descansaba en las recompensas que obtenían por la liberación de cristianos. Por considerarlo ingenuamente un preso político de valía, Cervantes permaneció cinco años en las cárceles privadas de Dali Mamí y, después, de Hasán Bajá, rey de Argel.

Por no ser motivo de este trabajo pasaremos por alto los cuatro intentos de fuga de Cervantes. Concentrémonos por ahora en su Epístola a Mateo Vázquez, consejero de Felipe II, escrita en 1577. La importancia de esta misiva radica en el reproche político y la lección moral que podemos extraer de ella:

si vuestra intercesión, señor, me ayuda
a verme ante Filipo arrodillado,
mi lengua balbuciente y casi muda
pienso mover en la real presencia,
de adulación y de mentir desnuda,
diciendo: «Alto señor, cuya potencia
sujetas trae mil bárbaras naciones
al desabrido yugo de obediencia;
(…)
despierte en tu real pecho el gran coraje,
la gran soberbia con que una bicoca
aspira de contino a hacerte ultraje.
La gente es mucha, mas su fuerza es poca:
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte, muro o roca.
Cada uno mira si tu armada viene,
para dar a sus pies el cargo y cura
de conservar la vida que sostiene.
Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura.
Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,
valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos, que están siempre llorando;
(..)
haz ¡oh buen rey! que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado.
Sólo el pensar que vas, pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adevino
ya desde aquí su pérdida y quebranto».

 

Por los versos anteriores, podemos ver cómo Cervantes se percató de que las defensas de Argel eran escasas y frágiles: un ejército pequeño podría liberar con facilidad a tantos miles de cristianos que vivían en condiciones infrahumanas. La pregunta que sugiere es ¿por qué Felipe II ignoraba el problema de Argel? ¿Acaso no significaba una auténtica agresión a la fe el hecho de que muchísimos cristianos prefirieran renegar de su fe y convertirse al islam, sólo para sortear las torturas o la muerte? ¿Urgía más una invasión a Portugal, nación por lo demás cristiana? No sólo eso, los versos más significativos devienen en el reclamo por desperdiciar la oportunidad en el golfo de Navarino de acabar de una vez por todas con la flota turca, dejando así trunco el designio por tu amado padre comenzado. Cervantes ya abriga una doble sospecha: que “la Cristiandad, Felipe II y en particular Juan de Austria, subordinaron su deber militar y religioso a sus aspiraciones personales” [5], y que, al parecer, no hay una limitación del derecho de los monarcas a una guerra justa. Años más tarde, en su obra Los tratos de Argel (1582), Cervantes confirmará dichas sospechas:

MORO: Hanse juntado a Consejo
sobre que es averiguado
que el rey de España ha juntado
de guerra grande parejo.
Dicen que va a Portugal,
más témese no sea maña;
y es bien que tema su saña
Argel, que le hace más mal.
(…)
AURELIO: Mas con ninguno hizo mayor daño
que con la hambrienta, despiadada guerra,
que al natural destruye y al estraño.
ésta consume, abrasa, y echa por tierra,
los reinos, los imperios populosos,
y la paz hermosísima destierra,
y sus fieros ministros, codiciosos
 más del rubio metal que de otra cosa,
 turban nuestros contentos y reposos.

 

“A tu león pisado le han la cola”

Cervantes regresó a España un 27 de octubre de 1580. Los siete años siguientes serán un esfuerzo por reconciliarse con las letras; es el periodo de su matrimonio, de la puesta de escena de sus primeras obras y de la publicación de La Galatea.

La última vez que Cervantes tendrá una participación en la guerra será en 1588 cuando Felipe II, bajo el pretexto de terminar con el protestantismo, decide enviar una armada a Inglaterra. En esta ocasión nuestro escritor no será soldado sino uno de tantos comisarios de abastos encargados de recaudar cereales para alimentar al ejército. Las lecciones de Lepanto y Argel sobre la guerra justa y un sacrificio innecesario parecen habérsele olvidado. Por un lado, recorre las provincias de Granada y Andalucía y, en ambas, se enfrenta con el rechazo de los pobladores que se niegan a compartir parte de sus cosechas para una empresa bélica destinada al fracaso. Por el otro, insensible a los reclamos, decide componer dos poemas contra el “vicioso luterano”. En su Canción Primera a la Armada Invencible nuestro escritor celebra la decisión de Felipe II:

 

Justa es la empresa y vuestro brazo fuerte:
aun de la misma muerte
quitará la victoria de  la mano
cuanto más del vicioso luterano.
Muéstrales si es posible un verdadero
retrato del católico monarca,
y verán de David la voz y el pecho:
rodillas por el suelo, y un cordero
mirando, a quien encierra y guarda un arca
mejor que aquella quisier…

 

Podría parecer que la derrota frente a los ingleses generaría un cambio en la perspectiva de Cervantes y no fue así. Al contrario, en Canción Segunda a la Armada Invencible, exige a Felipe II una segunda expedición con el simple argumento de aliviar el honor del catolicismo:

A tu león pisado le han la cola;
Las vedijas sacude, ya revuelve
A la justa venganza de su ofensa,
No sólo tuya, que si fuera sola
Quizá la perdonara; sólo vuelve
por la de Dios, y en restaurarla piensa;
(…)
¡Oh España, o Rey, o mílites famosos!:
ofrece, manda, obedeced, que el cielo
en fin ha de ayudar al justo celo
puesto que los principios sean dudosos,
y en la justa ocasión y en la porfía
encierra la vitoria su alegría.

 

El ingenioso hidalgo

Entre 1505 y 1515, cuando se publicaron, respectivamente, la primera y segunda parte del Quijote, la vejez se ha apoderado de nuestro querido escritor y ahora puede darse el lujo de tomar una visión irónica de la vida. Hace un recuento de su pasado y se ríe de él. Ha visto disminuir y resurgir su entusiasmo por las armas, sus méritos militares no le alcanzaron para ocupar un cargo administrativo en el virreinato de la Nueva España y sus insignificantes tareas como comisario lo llevaron a pisar la cárcel en dos ocasiones. Carece de reputación literaria, se enfrenta con el círculo de Lope de Vega y nadie se atreve a representar sus obras. Al igual que Don Quijote, Cervantes es un hombre confundido entre un pasado que no conoció pero que añora y un porvenir que, lejos de compartir sus valores, le da la espalda. Entonces, a golpe de encantamentos, Cervantes intuye que sus fracasos son resultado de su visión dual del mundo, donde una cosas puede ser al mismo tiempo verdad y mentira, locura y lucidez, bacinica y yelmo. Es decir, sospecha que la naturaleza es contradictoria y no hay razones para corregirla. Las épocas y las ideas, como las personas, no tienen una esencia imperturbable. Sin embargo, la ironía no hizo de él un “relativista a ultranza o un escéptico sin convicciones” sino que le generó una “convicción sobre la dimensión plural de la realidad como condición misma de la verdad”[6].

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Con el mecanismo de locura en su Quijote, sin proponérselo, Cervantes dio al traste con el código estético e intelectual de pretender “interpretar la experiencia humana de acuerdo con una tradición autorizada y universal” [7]. Con un personaje incapaz de distinguir realidad y ficción, Cervantes es libre para sentir e expresar su propia impresión de la vida. Así, todas sus preocupaciones se someten a un tratamiento sin ataduras formales. Esa aparente contradicción entre un Cervantes bélico y uno pacifista, se aclaran en el Quijote.

Para el autor complutense una cosa es la justificación de la guerra —hombre humanista—; otra el fin de la guerra —hombre humanista y del medievo—; y una más, el deber ser de la guerra —hombre del medievo—. Para aclarar lo anterior, elegí dos episodios que, a mi parecer, ejemplifican mejor que otros lo que pretendo sostener. El primero es la aventura del rebuzno que se encuentra en el capítulo XXVII de la segunda parte del Quijote; el segundo es el discurso de las armas y las letras que comprende los capítulos XXXVII y XXXVIII de la primera parte.

“No rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde”

Adelantándose a la disputa entre Liliput y Blefusco, Don Quijote conoce la historia de dos pueblos que, en las cercanías del río Ebro, llevan generaciones guerreando por saber cuál de ellos imita mejor que otra los rebuznos. Apunto de combatir, Don Quijote se acerca a un contingente y dice lo siguiente:

Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen (…).

 

Como puede verse, se trata de una pelea absurda de la que podemos extraer dos conclusiones: el derecho de los monarcas para iniciar una guerra debe restringirse a una guerra justa y ésta lo será cuando tenga un carácter estrictamente defensivo. Es decir, la convivencia de varias visiones del mundo es posible y deseable, no se trata ya de eliminar otra religiones sino de impedir que éstas intenten destruir el catolicismo; tampoco serán justas aquellas guerras que tengan como motor los intereses individuales. En este sentido, la invasión que Cervantes reclamaba contra Argel y nunca sucedió, era justa; la ofensiva a Portugal sólo para acrecentar las posesiones de Felipe II en África y Brasil, injusta; el capricho de derrotar a Inglaterra bajo el pretexto de la amenaza del protestantismo, injusta, aunque justa para el Cervantes medieval que insiste en ver al catolicismo como la interpretación universal del mundo.

“En el alma me pesa el haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos”

En discurso de las armas y las letras puede dividirse en dos partes. Al inicio Don Quijote se pronuncia sobre la superioridad de las armas en razón de su finalidad y de los trabajos espirituales y corporales que involucra. Acto seguido, expone su malestar contra las armas de fuego.

En cuanto al primer punto, responde que:

Es el fin y paradero de las letras (y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como este ninguno otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo) entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Y, así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: «Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en alguna casa dijesen: «Paz sea en esta casa»61; y otras muchas veces les dijo: «Mi paz os doy, mi paz os dejo; paz sea con vosotros», bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra.

 

Ahora bien, ¿por qué conseguir la paz es un fin superior al crear y aplicar leyes justas? En primer lugar, porque un rey que carece de poder efectivo para hacer coercibles sus mandatos seguía siendo un simple señor feudal. Sin embargo, en el ejército —esta institución tan necesaria al inicio del estado moderno para consolidar una burocracia y una política exterior expansionista— ya no hay lugar para los valores de honor y fama que regían de la nobleza en el medievo. Es decir, se trata de una masa despersonalizada que, a pesar de todas las calamidades y riesgos a los que se enfrenta, difícilmente podrá sobrevivir de sus méritos. La sociedad de Cervantes comienza a valorar más el entendimiento que la valentía y la fortaleza; por ello, es más común que se premie a los letrados con oficios administrativos. Además, como Cervantes sabe que en los hechos la finalidad de las armas no siempre es la paz, intenta sortear su postura desde el código caballeresco. Para el hombre del medievo el orden divino del mundo, constantemente amenazado, sólo puede ser restablecido por las armas, pues “el combate es el único medio para conocer la verdad, y Dios siempre está del lado de la verdad”[8].

Finalmente, Don Quijote siente pena por la manera en que realiza la guerra pues la incorporación de tecnologías deviene en detrimento del honor y de la fama:

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

 

Conclusión. “La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”

El discurso de las armas y las letras, repito, es el drama de la baja nobleza. De los infanzones e hidalgos que ya no podían vivir de sus títulos y no sabían a dónde ir. Ven con desprecio las letras porque no pueden costearlas, ven con nostalgia las armas porque parecen ser depositarias del honor y de la fama. Guerreando recuperan “su función social y una identidad cada vez más borrosa”[9]. Miguel de Cervantes conoció ambas vocaciones sin obtener premios de ninguna. Si digo que fue un hombre humanista y medieval al mismo tiempo es porque, como humanista, desconfió de una interpretación única del mundo y aceptó una pluralidad de realidades. De paso, terminó de una vez por todas con una tradición estética de carácter religioso-pedagógico y la sustituyó por la libertad creativa en la literatura. Fue un hombre medieval en sus intervalos de angustia. Cuando piensa que, de valorarse el honor, sus momentos de estrechez serían los menos. Cuando tiene la sensación de que la fama —ese otro valor medieval sobre la trascendencia del espíritu— le es arrebatada porque su genio es subestimado por los círculos literarios e ignorado por los mecenas, y, entonces, en su fuero interno se reconforta pensando que su participación como soldado fue suficiente para conseguirla. Así, más orgulloso de su labor como soldado que como escritor, un año antes de morir escribirá en su prólogo a la Segunda Parte de Don Quijote que Lepanto fue “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”.

Estepario.logo.E

 


[1] El discurso crítico de Cervantes en el cautivo, Gustavo Illades, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1990, p. 126.
[2] El pensamiento social y político en el Quijote, Ludovik Osterc, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, Tercera Edición, México, 1988, p. 338.
[3] De Riquer Martín, Aproximación al Quijote, Editorial Teide, Sexta Edición, Barcelona, 1986, p. 42.
[4] Ibid., p. 44.
[5] Gracia Jordi, Miguel de Cervantes, La conquista de la ironía, Taurus, Memorias y biografías, México, 2016, p. 45.
[6] Ibid., p. 395
[7] Williamson Edwin, The Half-Hoyse of Fiction, María Jesús Fernández Prieto (trad.), Taurus, Colección Persiles-202, España, 1991, p.22
[8] Ibid, p. 37.
[9] Salazar Rincón Javier, El mundo social del “Quijote”, Biblioteca Románica Hispánica, II Estudios y Ensayos, 352, Gredos, Madrid, 1986, p. 131.
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