La guerra no tiene rostro de mujer

Flavio Gallardo| Facultad de Derecho, UNAM

 

¿Qué pasó después de la guerra? Me callo… Me callo… ¿Qué nos impide recordar? Será la intolerancia a los recuerdos.
Svetlana Alexiévich, La guerra no tiene rostro de mujer.

 

¿Cómo podemos estudiar la obra de la premio Nobel de Literatura de 2015? La respuesta de casi cualquiera que haya leído alguna de sus obras se limitaría a decir que es un trabajo de periodismo. A veces la respuesta de los lectores a la propuesta Svetlana Alexiévich se reduce a esto; sin embargo, creo que el logro de la escritora va más allá de un simple trabajo periodístico y por ello, con motivo de este número de la revista, quisiera hablar del valor que tiene La guerra no tiene rostro de mujer.  Por ahora baste decir que esta obra pone en evidencia una de las realidades menos visibilizadas de una época tan estudiada y de lo polifacético que puede ser un acontecimiento que lamentablemente sólo se ha contado desde los ojos de un solo narrador.

La guerra es, sin lugar a dudas, un concepto universal. Hay en todas las culturas una percepción de la guerra y si nos centramos en la tesis propuesta por Alexiévich, esta percepción siempre hace referencia al heroísmo de los soldados y los brillantes estrategas. La autora de La guerra no tiene rostro de mujer encuentra que la Segunda Guerra Mundial, según la historia oficial de la antes URSS, toma como eje central  la “Gran Victoria” soviética que logró frenar la amenaza nazi. Esto, para Alexiévich, sólo cuenta una verdad a medias:

“¿De qué hablará mi libro? Un libro más sobre la guerra… ¿Para qué? Ha habido miles de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de la guerra son incontables. Sin embargo… siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos de la voz masculina. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones masculinas. De las palabras masculinas. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. […] Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra femenina, sino la masculina, se adaptan al canon.”[1]

Para la ganadora del premio Nobel, la historia de la Segunda Guerra Mundial no sólo excluye una postura humanizada de lo que es un conflicto bélico sino que arbitrariamente se ha excluido la visión de las mujeres dentro de la guerra:

            “DE LA CONVERSACIÓN CON EL CENSOR

-Después de leer un libro como este, nadie querrá ir a la guerra. Usted con su primitivo naturalismo está humillando a las mujeres. A la mujer heroína. La destrona. Hace de ella una mujer corriente. Una hembra. Y nosotros las tenemos por santas.

-Nuestro heroísmo es aséptico, no quiere tomar ni en cuenta ni la fisiología, ni la biología. No es creíble. La guerra fue una gran prueba tanto para el espíritu como para la carne. Para el cuerpo.

-¿De dónde ha sacado usted esas ideas? Esas ideas no son nuestras. No son soviéticas. Se burla de los que yacen en las fosas comunes. Ha leído demasiados libros de Remarque… Aquí estas cosas no pasan… La mujer soviética no es un animal…”[2]

Lo anterior mencionado es, dentro de todas las obras de Alexiévich, la problemática que ha tenido la historia en su objetivo de reconstruir la realidad. En La guerra no tiene rostro de mujer el problema se encuentra en que, a pesar de que es un precedente mundial la aparición de la mujer en las filas del ejército soviético en la Segunda Guerra Mundial (ya que por primera vez no sólo actúa de auxiliar, sino que toma las armas y lucha como cualquier soldado lo haría), el relato y el análisis posterior a la guerra oculta el papel de la mujer. El concepto de la “Gran Victoria” que trató de construir Stalin no daba cabida a los testimonios de las miles de mujeres que lucharon valientemente en la guerra y ahí se presenta la inconformidad de Alexiévich y su vasto estudio periodístico. Es por eso que La guerra no tiene rostro de mujer se centra únicamente en testimonios del primer acercamiento formal de la mujer a un mundo en el que sólo participaban los hombres.

“La Historia a través de las voces de los testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no sólo son testigos; son actores y creadores, y, en último lugar, testigos. Es imposible afrontarla realidad de lleno, cara a cara. […] De mi libro no me gustaría que dijeran: “Sus personajes son reales, y eso es todo”. Que no es más que historia. Simplemente historia.

No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudia a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable.”[3]

Sin embargo, concluir que el trabajo de Svetlana Alexiévich se reduce únicamente a una compilación periodística de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial es caer en el mismo pecado que han cometido varios de los lectores de La guerra no tiene rostro de mujer. Lo magistral de la obra de la bielorrusa no es sólo su capacidad de encontrar a cientos de mujeres que valientemente compartieron su pedacito de la guerra. Lo que hace  único La guerra no tiene rostro de mujer es que conforme Svetlana Alexiévich avanza en su investigación poco a poco descubre la verdadera magnitud de una mujer combatiendo en la guerra: se devela un cambio en la naturaleza humana. La guerra no tiene un rostro de mujer, de ser una pertinente documentación, se vuelve una propuesta feminista auténtica: un cambio en toda la cultura soviética a causa no sólo de una guerra, sino de una guerra en la que por primera vez participa una mujer.

El libro se compone de memorias de mujeres que valientemente combatieron en la guerra; que participaron tanto dentro como fuera del frente; de mujeres que veían la muerte y el asesinato día con día; de mujeres que lucharon por sobrevivir; de mujeres que perdían su esencia en el combate; de mujeres que se volvían soldados y que al regresar estaban obligadas a ser mujeres. Los testimonios que se presentan en este libro dejan una profunda reflexión de lo que es el ser humano y en específico qué es la mujer. La guerra que existe de por medio le añade un tinte existencial, crudo, pero a final de cuentas, lo que Alexiévich logra en La Guerra no tiene rostro de mujer es eso: capturar la esencia de las mujeres y del ser humano. Es, sin duda, más que una pieza magistral de periodismo, es un retrato único de la naturaleza humana en la guerra.

Hablar más del libro me forzaría a adentrarme a cada uno de los testimonios que Alexiévich seleccionó dentro de toda la investigación que ha realizado. No me queda más que invitar al lector a que tome este libro y se adentre en no sólo una aventura bélica (basta de libros de guerritas y de héroes romantizados de la guerra), sino que profundice en una comprensión de la realidad humana, de lo que es la muerte, y lo que de verdad es un conflicto bélico.

Quisiera terminar esta reseña, no obstante dicho lo anterior, con un pequeño testimonio que Alexiévich retrata en La guerra no tiene rostro de mujer. Esto porque creo que elucida perfectamente los puntos que he expuesto anteriormente y finalmente invita al lector a tomar la obra de Svetlana Alexiévich, merecidísima ganadora del premio Nobel de literatura 2015:

“«Volví a casa… Todos estaban vivos, mi madre los había mantenido a todos con vida: a mis abuelos, a mi hermana y a mi hermano. Yo regresé con ellos…

«Al cabo de un año llegó mi padre. Papá volvió con unas condecoraciones importantes, yo tan sólo había traído una orden y dos medallas. Pero en nuestra familia la heroína era mi madre. Ella los había salvado a todos. Salvó a la familia y salvó la casa. Su guerra había sido la más terrible. Papá nunca se ponía  sus órdenes, consideraba que era vergonzoso pavonearse en delante de mamá. Le resultaba embarazoso. Porque a mi madre no le habían concedido medallas…

«En toda mi vida, nunca había querido a nadie tanto como a mi mamá…»

Rita Mijáilovna Okunévskaia,

Soldado, zapadora.”[4]

 

Estepario.logo.E

 


[1] ALEXIÉVICH Svetlana, La guerra no tiene rostro de mujer, Penguin Random House Grupo Editorial, México, 2015, p. 13.
[2] Op. Cit., p. 31.
[3] Op. Cit., pp. 18-19.
[4] Op. Cit., p. 354.