Revista Symposium

Todo hombre se crea en relación. La relación se da a través del lenguaje. La dialéctica existe ahí donde se comunican. El punto de reunión de palabras es el Simposio. En este lugar se debaten, clarifican, refutan, comparten y dialogan ideas de todo tipo. Desde el hecho más filosófico hasta el acontecimiento más vulgar. Lo importante en estas reuniones no es la reproducción memorística de discursos sino la interpretación personal. Acontece y deviene en práctica, realidades y luchas. Como Savia Moderna o Les Temps Modernes; espacio sin-espacio dedicado a la lucha por las palabras.

En lo concreto, Symposium es parte del proyecto cultural del Ateneo Nacional de la Juventud –junto con Filosofía en las calles-. Nos dedicamos a la difusión de conocimiento y cultura: creación literaria, ensayo filosófico, crónica, etc. Nuestro proyecto se enfoca en anteponer toda subjetividad frente a la fenomenología descriptiva y llana; no comunicamos noticias, sino verdades que son propias y no se anexan al sentido común.

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Refutaciones, interdicciones y clarificaciones

Ricardo Iván Vázquez López y Guillermo Leal Muñoz

¡Oprobio! Todo lo que en la noche aconteció. Embriagado, madrugador y ridiculizado; todo posterior a mi caminata -no precisamente triunfal- al metro. Lo más vergonzoso de caminar con vómito en los tenis es terminar habituándose a la humedad en los calcetines. Yo sabía que tendría una buena historia al amanecer. Toda gran narración empieza con una desgracia: la Ilíada, la Independencia de México, Fausto o esas historias de autoayuda. Sabía que formaría parte de la tradición oral, de la manera literaria o la linguae; o ambas, como fue en mi caso.

No recuerdo toda la noche, sólo hay ligeros flashazos sobre lo ocurrido. Un largo viaje por las estaciones del metro. No había nada distinto a viajes anteriores. Lo interesante sobreviene en la mañana posterior. Al abrir Facebook, como parte de mi rutina mañanera, me encontré una conversación de una mujer. Una payasita de la calle que aseguraba una noche maravillosa conmigo; llena de romance y pasión. Yo no podía creerlo hasta que revisé todas las fotos en mi teléfono. Y, efectivamente, tuve una aventura con una payasita de la calle. El estupor resultante opacó la incertidumbre. No tuve más remedio que huir y enterrar el recuerdo. Probablemente la prueba del VPH me confirme el punto al que llegué.

La historia no es mía, pero disfruto contarla en primera persona. Es una anécdota breve e introductoria. Imperiosamente necesaria frente a la situación actual, en donde es más importante recordar ¾y encontrar el momento adecuado para traer a colación¾ un meme que recordar el cumpleaños de tu novia, la del trabajo. Como toda gran obra de amor, debe tener lugar en el metro. Ya dirían algunas amigas mías que no hay amor, que es froteurismo. Sin embargo, considero indescartable la cuestión de la probable existencia de amor en el diminuto vínculo que aparece cuando rosas tu mano por el trasero del usuario a tu lado, suceso sólo interrumpido por la angustia de dejar de sentir tu celular. Pero el amor que fluye del contacto humano es irremplazable, pese a que éste surja de un acto que podría tipificarse legalmente, ¿y es que el amor debe acoplarse a normas sociales?

Durante una noche de juerga, de esas que casi no pasan, me encontré frente a la fila del baño más larga conocida por mí. Aquellos que se adentraban en el baño recurrían a viejos rituales, afanándose en evitar tocar los orines del suelo. En mi necesidad, pues ya no era sólo deseo de apagar el fuego con mi orina, salí a la calle a despojar mi cuerpo de la tensión abdominal. Reaccioné con desconcierto al percatarme que frente a mí se hallaban tres pequeños niños jugando. Desconozco si su cara era de estupor o éxtasis, mi mejor ocurrencia, frente a su incertidumbre, fue enunciar: “Y de grandes la van a pedir”. Los niños renunciaron a su juego y corrieron a su hogar. Al finalizar mi acto regresé a la casa de mi amigo, para que en un breve transcurso de tiempo fuera incomodado por agentes policiacos que requerían a la pécora de la moral. Los niños me identificaron y realicé un plácido viaje al juzgado cívico. Todo se arregló gracias a nuestro incauto sistema procesal.

Evidentemente, la pasada historia no me pertenece. Pero es otro ejemplo del acaecer amoroso. El ojo no entrenado será incapaz de fijarse en la carencia de romanticismo de mi figuración. ¡Pues claro! ¿de qué sirve más el romanticismo? ¿para justificar eyaculaciones precoces o la vergüenza de la perversión? Un niño no es abusado sexualmente sino hasta que le explican que la mano que lo hizo sentir placer debería ser cortada.

También hay amor en los vínculos no eróticos. ¡Carajo! ¡Arcadas de asco! ¡Expresiones estúpidas que se sirven de un lenguaje bellísimo! ¿Quién decidió que penetrar la carne de otro se significara como hacer el amor? He ahí que busco estados alterados de consciencia, no como espacio lúdico, sino como estilo de vida; análogo, diría yo, a cuando se deja de producir arte en tiempos libres para vivir de ello. No espero el fin de la semana laboral, sino que lo incorporo a mi cotidianidad. Un amigo siempre me acompaña, ¡oh, camarada mío! Es en el mutuo investir de nuestra voluntad sobre el otro que siento amor por él. ¿Cómo no hacerlo? Estamos-siendo juntos.

La ciudad es caótica; danza fársica de sobrepoblación, contaminación y miseria. Todos parecen tener prisa siempre; el tiempo es dinero y sin dinero no hay sustento. Si uno quiere privacidad, basta subir a un puente peatonal, ¿quién más tiene tiempo para ellos? Es preferible arriesgarse, precipitadamente, a ser arrollado por una Combi que malgastar dos minutos en subir y bajar escaleras. Así, uno de estos puentes fungió como espacio para nuestro dionisiaco quehacer. Mi secuaz y yo inhalábamos aire comprimido cuando él se desvaneció. El suelo, como los metarrelatos, se desdibujó. Él permaneció tendido inconsciente; yo guardé la lata de aire comprimido en mi mochila y me fui en silencio.

Para amar es necesario dejar al otro ser más allá de mí. Aceptarlo libre y ajeno como su propio conjunto de posibilidades. Pensarlo como algo propio sería onanismo. Someterlo, cautivo de mi inestable vacilación, anclarlo a mi inseguridad. No hay nada que pueda hacer con un cuerpo inconsciente, estaría imponiendo mi voluntad sobre él. No hay mayor insulto al sapere aude kantiano. Permitirle apropiarse de sus voliciones y sus consecuencias es una prueba de amor superior a la cuestión del lugar en el que remojo la brocha.

Una vez más, la experiencia narrada no es mía. Pero no nos confundamos, tampoco se trata de ficción. Relatos encantadores de aconteceres no propios que pueden hacerme sentido o ante los que puedo ser indiferente.

Localización, extensión, emplazamiento; espacio y tiempo. El espacio supondría ser aquello que uno empieza a medir y, al terminar, todo sigue como al principio. El tiempo es aquello que lo hace a uno más viejo mientras lo mide. Si dejo de crecer, el espacio entre mi hombro y la punta de mi dedo se convierte en una unidad que atraviesa el tiempo.

El problema aparece al considerar dónde se encuentra el espacio entre mi hombro y mi índice. Localizado, su lugar está dado por un conjunto jerarquizado de espacios. En la extensión, el mismo espacio pierde su centro, Galileo vuelve infinito el espacio. Es en el emplazamiento que el espacio entre mi hombro y la punta de mi índice se encuentra en la relación de ese espacio con los demás.

Así, en El gran teatro del mundo, los sentidos estaban dados; fijos a espacios determinados e incuestionables. En la modernidad, los sentidos se emplazan; producto de un conjunto de relaciones. Mientras las verdades absolutas se desvanecen, uno es dotado del potencial de instituir sus propios sentidos. Ya no aparece Calderón de la Barca para señalar el papel de lo que está, sino que se es capaz de producirlo desde la relación que se tiene con ello.

Vivir nuestra libertad buscando leyes que expliquen nuestra existencia es configurarnos esclavos: besar la mano del gran inquisidor por la angustia de tener que gobernarnos a nosotros mismos. No se trata de homogeneizar e instituir razones universales de ser, sino de producir sentidos. Tampoco se trata de negar la existencia de verdad alguna y sustituirla por producciones subjetivas, sino de entender éstas como verdades.

A propósito de payasitas, niños y puentes peatonales uno no debe pensar que es necesario compartir su cosmovisión con el resto. Mucho menos se debe vetar lo que no nos es propio. Es en la interacción con los eventos y en la apropiación de la experiencia desde la subjetividad que aparece el valor de la odisea, no en descripciones objetivas y opacas. La intención de homologar cómo vivir el amor es nada más y nada menos que una chaqueta mental. La intención de suprimir interpretaciones particulares es negar la libertad, condición esencial de lo humano. En defensa del amor, se puede sentir repulsión de aquel que sacude la verga frente a un grupo de niños, pero en defensa de la verdad se debe aceptar que hay sentidos más allá de los nuestros.

Lo cierto es que no hay nada más propio que la verdad y que hay más verdad en un árbol que nunca cae pero todos creen que lo hizo, que en uno que cae pero nadie sabe que lo hizo. 

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