Melancolía por lo ajeno

 La trinchera | Columna

Jesús Briseño Vázquez

 

No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.
A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.
Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.
Memoria, José Emilio Pacheco

La memoria es un parásito. Sin el deseo, la amargura, el rencor o la imaginación, la memoria no subsistiría por sí misma, se alía y se hospeda en su víctima provocándole la peor de las enfermedades: la irrealidad. Esta aberración se disfraza de colores inocentes extendiéndose como pandemia en cada cerebro habido y por haber. Algunos han mostrado acoplamiento a dicho mal, sacándole provecho en ficciones y poemas. En consecuencia, la irrealidad se volvió el medio idóneo para encarnar la complejidad de la realidad: sólo a través de la literatura miramos claramente no sólo la superficie cascada del rostro, sino el fondo, la turbiedad interna de los ojos. Es como si escribir predispusiera nuestra naturaleza, nos liberara de ropajes y diera rienda suelta a los instintos; como si leer nos obligara a palparnos las regiones tumorosas de la conciencia para elegir entre extirpar o vivir en complicidad con nuestra miseria: leer y escribir son ejercicios de confrontación con nosotros mismos. Al recordar también nos confrontamos, a veces recriminando nuestros errores, o bien, apelamos a la nostalgia para glorificar el pasado por encima de las malas rachas del presente. La memoria es una fosa de cadáveres (recuerdos) que esperan la hora de resucitar. No niego que recordar sea necesario para vivir, nos devuelve propósitos enterrados o dimensiona circunstancias experimentadas al calor de la urgencia por si las encaramos de nuevo, pero con conocimiento de causa. El problema subyace cuando se enquista en nuestra voluntad y atrofia nuestra vitalidad. El riesgo de sustituir lo presente por lo que creemos haber vivido es sintomático, pues denota una cobardía para afrontar la hostilidad del mundo. Quizá por eso valga la pena saldar algunas cuentas pendientes…

Ahora bien, de entre todas las consecuencias de no vivir mirando de frente la peor es la melancolía, un estado agravado que se disfraza de memoria sin serlo; la melancolía es deseo y frustración: un invento contradictorio del pasado. Cuando uno está melancólico se siente afantasmado, porque es como si viajáramos a una región inexistente, borrascosa, para traslaparla a la inmediatez del ahora. Ejemplos sobran: tomar una ruta de antaño esperando encontrarse con gente que se dejó de frecuentar a sabiendas de que allí no habrá nadie, ni siquiera los mismos edificios donde ahora hay otros; también simular una conversación con los muertos, cuando en realidad nos dirigimos al sillón donde el difunto solía mirar largamente el crepúsculo; igualmente ignorar que envejecemos, considerándonos portadores de una vigorosa e inextinguible juventud. Todas estas maneras de la melancolía tienen en común negar una realidad imperante y absoluta, maquillándola de autoengaño. Y todas, en el fondo, buscan negar la muerte. Por eso la melancolía es agonía, sobrevivir adormecido con patrañas y placebos.

 Una de las variantes a este padecimiento es la melancolía por lo ajeno. La particularidad consiste en no negar nuestra muerte, sino en negar una muerte ajena como si fuera la propia: la más peligrosa es la melancolía política. Cuántas veces no ha salido a relucir en las charlas callejeras, de cualquier parte del planeta, el tema del mal gobierno, que el cambio no consiste en sensatas propuestas sino en regresar a los regímenes de mano dura, porque al menos tienes migajas para atragantarte. Cuántas veces no oímos la verborrea del terror de dictadores que buscan para sus naciones el brío del pasado ante un mundo que “amenaza” con arrebatarles su riqueza y su estabilidad. La muerte de esos periodos fue para bien y; sin embargo muchos, por medio del voto irreflexivo, las vuelven a la vida enmascarándose de melancolía ajena.

 La parafernalia de la mercadotecnia es un manantial de melancolía ajena donde el truco consiste en resucitar viejas épocas por medio de insumos “mágicos”. Crean no sólo una falsa necesidad, sino verdadera angustia y ansiedad. Ver fulgurar estrellas de la televisión en el cenit de su hermosura, copetones y vestidos con una negra chamarra de cuero, desequilibra siempre a más de un cuarentón o a un joven inseguro en busca de una piel que lo haga sentir poderoso, invulnerable. Algunas mujeres compran sin control por miedo a ser rebasadas por el tiempo y por las nuevas modas: la ilusión de vestir conforme a los cánones actuales de belleza es pasajera, engendra una identidad artificial que muta caprichosamente. En algunas profesiones como la de los abogados es requisito adquirir una investidura solemne, el dicho “el hábito no hace al monje” se complementa en las Facultades de Derecho con “pero cómo te hace parecer”. Los tigres, esas extraordinarias bestias de matanza, se encuentran en peligro de extinción no sólo por la caza furtiva sino también porque algunos empresarios chinos fabrican brebajes con sus huesos para “maximizar” la virilidad de machos impotentes. Todos estos ejemplos y más son un arrojarse al vacío, porque si uno cae a ciegas en sus propios abismos y sin las voces de la cordura, ¿cómo se puede saber si en realidad no vamos al infierno? La razón del éxito de la mercadotecnia se basa en aprovecharse de los defectos de las personas para proveerles un producto capaz de aliviarlos por lo menos unos instantes. La melancolía ajena se crea para hacernos sentir especiales, sin defectos, para decir “mira yo viví esa época, yo vestía así, yo escuchaba esa música, yo podía fornicar con cualquier hembra, yo era mejor que tú”. Una mala educación sentimental nos ahueca y para alcanzar la plenitud nos rellenamos desesperadamente de cualquier charlatanería.

 Como señalé al principio, la memoria no es el problema pero creo que para darle honra es necesario tornarla enriquecedora. Y la literatura logra que la melancolía, ajena o no, sea útil para conocer a nuestros semejantes: sólo cuando la mentira lícita de un escritor mezclada de confesión personal o de valiosas anécdotas de otros apasiona a los lectores, puede surgir un lazo íntimamente humano, una comunidad que prolonga la tradición que se remonta a los dominios de la literatura oral cuando las personas desahogaban sus penas alrededor de una hoguera para ayudar a los jóvenes a no errar como los ancianos. Los testimonios que puedan servir a los lectores siempre ayudarán a esclarecer los hechos de su propia vida.

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