Memorias de La Viga 

Escuela Nacional Preparatoria, plantel 7 "Ezequel A. Chávez"

La trinchera | Columna

Jesús Briseño Vázquez 

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
Piedra de Sol, Octavio Paz 

 

TRAS LOS MEJORES tres años de mi vida (nótese la nostalgia) estaba a punto de acabar el bachillerato. Mis amigos Arael y Carlos pasaron por mí para ir a un compromiso inevitable: la fiesta de graduación. Era uno de esos atardeceres salinos sobre Calzada de la Viga, siempre con olor a pescado y basurales frescos. Sobre los muros exteriores de la Escuela Nacional Preparatoria 7 “Ezequiel A. Chávez”, una juventud presumía trajes finos y vestidos entallados a la espera de camiones de turistas al estilo londinense. Cuando llegó el transporte, la gente tomó los asientos, acaparándose primero los de arriba. Con Carlos a mi lado, la noche caía sobre el centro de la ciudad mientras una repentina lluvia empañaba los vidrios y empapaba a los astutos pero no previsores compañeros que sobre nosotros, al aire libre, trataban de bajar las escaleras contra el bloqueo de puerta que unos resentidos opusieron.

Pronto llegamos a una discoteca ubicada sobre Paseo de la Reforma, junto a lo que era Hotel Meliá. Tiempo después caminaría a media noche por aquellos sitios, afantasmado por la melancolía (degeneración mayor de una memoria enferma.) Nos encontramos con Karen, Maggie y Vany, amigas inseparables y de gran carisma. Entramos escoltados por flamantes edecanes (alguna bondad debía tener recordar) para después atrincherarnos en el palco por el que pagamos dinero extra, aunque fuera en vano: todo mundo iba y venía a su antojo como una horda excitada; incluso no faltaron porros cobrándonos peaje.

A partir de aquí, todo es confuso. Me separé de mis amigos. Recuerdo la soledad, el no poder sostener alguna plática de ocasión. Bailé aturdido por la música y por el humo de la marihuana proveniente de bocas ávidas. Orgías se celebraban en la oscuridad de los rincones. Y entonces la vi: Vanessa lucía hermosa como siempre, pues a pesar de no recordar cómo vestía esa noche, siempre me resulta locamente bella. Sólo le recuerdo un blanco vestido floreado en rojo, que usó en la tarde de entrega de diplomas (nunca olvidaré ese último día que la vi, parecía un sol de bondad irradiando sonrisas y miradas cálidas.) Me acerque a ella, quizá un poco nervioso. Le pedí que bailáramos y me rechazó.

Luego me aposte sobre la barra y pedí tequilas hasta emborracharme. El barman me miraba condescendiente, como si fuera el alcahuete de mi ritual iniciático. Intenté envalentonarme, ignorar mi dolor. Subí a una mesa para danzar. Regresaba por más tequila. Los mariachis tocaron, sin saberlo, el son de mi derrota. El término de la velada nos sorprendió rápidamente. Nunca olvidaré como mi amigo Arael me cuidó hasta que mis padres me llevaron. Pensé que sería reprendido por mi evidente embriaguez, pues para entonces me carcajeaba de cualquier tontería y en el andar era mucho más torpe de lo acostumbrado. En cambio, noté orgulloso a mi padre.

A la mañana siguiente, no desperté a tiempo para asistir a la primera clase. Cuando llegué sólo algunas cuantas almas madrugadoras se presentaron, entre ellas, Vanessa. No sé a ciencia cierta cómo ocurrió, pero milagrosamente hablé con ella. Nos fuimos juntos hacia la Merced. Cambiamos impresiones de la fiesta, estaba un poco enfadada, lo que la hacía más atractiva y al mismo tiempo revelaba su carácter indoblegable detrás de su natural timidez. Por el contrario yo estaba poco lúcido, reseco. De alguna manera había una complicidad que propiciaba un deseado acercamiento, al menos me gusta imaginar eso, pues como se sabe la memoria es traicionera. Antes de despedirme le entregué un cuento, parecido más a un poema en prosa por su lirismo y su simbología, donde ella era, por decirlo así, la aurora en el amanecer de mi sangre.

Tomé el metro por rumbos insospechados y la gente marchaba impersonal, anónima. De nuevo en casa, dormí. Ojalá pudiera recordar mis sueños, quizá fueron pesadillas porque desperté justo cuando faltaban menos de quince minutos para la clase de la última hora. Mi ventaja era que tenía la preparatoria a menos de diez minutos en automóvil. Me trasladé en taxi, le indiqué al conductor la ruta más conveniente y justo a unas cuadras de alcanzar mi destino, un camión se cruzó enfrente de nosotros. El chofer volanteó frenándose en seco. Yo salí disparado contra el vidrio delantero. Mareado por el impacto, tranquilicé al asustado taxista que aventó carajos de los nervios. Corrí y como pretexto para entrar al salón aludí mi accidente. El maestro, Víctor Manuel Aguilar, se compadeció de mí y de mi cara desencajada. De todos los profesores en mi trayectoria escolar, sin duda, Víctor Manuel, es el mejor. Hombre cabal y riguroso, me trasmitió el valor de la resistencia. Era además la última clase formal de su curso. Algo me conmovió profundamente, mi quijada se ablandó y empecé a recitar el desconcertante pero deslumbrante inició, y final, del poema de Piedra de Sol de Octavio Paz. El latente río que comenzó como una férvida aventura, se mordía la cola anunciando otro ciclo para los nuevos muchachos que siempre irrigarán vitalidad a la preparatoria de La Viga.

 

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