Milagros y devoción mariana

Artículo | Adolfo Ulises León

 

Considerada como la movilización religiosa más grande del continente, este 11 y 12 de diciembre, de acuerdo con cifras del gobierno de la Ciudad de México, más de siete millones de personas visitaron la Basílica de Guadalupe. Este hecho refleja que el poder de los milagros —aunque con distintas funciones— sigue teniendo la misma fuerza que en la Edad Media. Sin embargo, en la historia de la iglesia católica, no siempre existió devoción por la Virgen María y, mucho menos, podía pensarse que ella fuera capaz de realizar milagros. ¿En qué momento y por qué ocurrió este cambio?

Retrocedamos al siglo XIII. Es un momento de esplendor intelectual, arquitectónico y, puesto que desde hacía ya mucho tiempo la población había perdido todo contacto con el latín, las lenguas vernáculas alzaron el rango de lenguas de escritura: los monarcas las utilizaron para redactar cartas y documentos oficiales; la clerecía, para predicar y componer poesía. Pero también fueron tiempos de revueltas y de angustia. Los cátaros rechazaban la trinidad y, en su lugar, afirmaban la dualidad creadora; los valdenses, en el sur de Francia, pretendían la reforma del clero: que vivieran de espiritualidad y en pobreza. Ambos grupos fueron acusados de herejía, y sólo el primero, por iniciativa de Inocencio III, exterminado.

Por otro lado, en La civilización del occidente medieval, Jacques Le Goff sostiene que la mentalidad y sensibilidad del hombre medieval estaban dominadas por la inseguridad. En una concepción donde la vida terrenal es mero tránsito y fuente de pecado, lo único realmente importante es la trascendencia, la vida más allá de la vida. Las buenas acciones no eran suficientes para asegurar la salvación, el miedo que tenían a la condenación eterna era grandísimo, y las posibilidades de salvarse, mínimas. Prueba de ello fue que “el predicador franciscano Berthold de Regensburg, en el siglo XII, ignorando el nuevo purgatorio, afirma que la posibilidad de condenación se halla en una proporción de 100.000 a 1”[1].

Como nunca, los hombres del medievo necesitaban esperanzas y, para ello, los milagros ayudaban a apaciguar el miedo. Los milagros, esos ejemplos extraordinarios y sobrenaturales, son pruebas fehacientes que aumentan la devoción. Por eso mismo, ya no basta que sean fenómenos excepcionales para seres excepcionales, es decir, que se reserven únicamente a los santos o a lo héroes de la épica, como Roldán. Hay una necesidad de que hombre más sencillos, más cotidianos puedan obtener un milagro, incluso lo más pecadores si son devotos, y así “la fidelidad a Dios, a la Virgen o a un santo, imitación de la del vasallo al Señor, puede salvar más fácilmente que una vida ejemplar”[2].

Ahora bien, sobre el origen y el gran crecimiento del culto mariano, Michael Gerli dice que se trató del “fenómeno más interesante del cristianismo”[3], y que fue hasta el siglo XII cuando, con los escritos de San Justiniano y San Ireneo la virgen se incorporó a un esquema teológico de salvación y redención cristianas. El gran mérito de dichos padres fue que, al lograr reconciliar el Nuevo con el Antiguo Testamento, elaboraron una imagen de la Virgen María se presentaba como la Nueva Eva. Es decir, a diferencia de la antigua, que es la responsable del pecado original, la Virgen María llegó para redimir el acto de aquélla. Por su parte, Isabel Uría[4] ubica el desarrollo de la devoción a María en el occidente europeo durante la alta edad media y gracias a San Agustín, San Ambrosio y, sobre todo, a San Idelfonso. Éste destacó su virginidad y creó el movimiento de la esclavitud mariana mediante sermones afectivos.

Sin embargo, el paso decisivo lo dio San Bernardo, abad de Claraval, quien implementó plegarias y oraciones dedicadas a la virgen María dentro de la liturgia. Él contribuyó a que la admiración diera paso a la invocación. Apelando a su misericordia, ella podía interceder en el destino de sus fieles. En su sermón titulado De aquaeductu, San Bernardo propone a María como el puente hacia la gracia divina y el mejor camino hacia Dios. Ella, con su misericordia, será la mediadora entre los hombre y Cristo. La misma idea se confirma en su Sermón séptimo sobre Natividad. Una de la consecuencia importante, es que el culto mariano trajo consigo, indirectamente, la dignificación de la mujer y, aunque no está del todo claro, quizá también contribuyó a la constitución del amor cortés.

Por último, Gonzalo de Berceo, clérigo de San Millán de la Cogolla, en la primera mitad del siglo XIII escribió Los milagros de Nuestra Señora. Una obra bellísima que, para los lectores de nuestros días, puede estar incluso llena de humor. Esta tradición literaria no ha desaparecido del todo, basta encender la televisión y encontraremos La rosa de Guadalupe. Con la única diferencia de que, mientras los milagros de la Virgen María en el medievo tenían la función de contagiar la esperanza de salvación hacia todo tipo de hombre —ladrones, asesinos, clérigos viciosos— siempre y cuando fueran devotos; los milagros de la Virgen de Guadalupe operan en la vida terrenal para salvar la vida terrenal.

Estepario.logo.E

 


[1] Le Goff Jaques, La Civilisation de l’occident médiéval, Godofredo González (trad.), Paidós, España, 1999, p. 291.
[2] ibid., p. 296
[3] Gerli Michael, “Introducción”, Gonzalo de Berceo, Los Milagros de Nuestra Señora, , Col. Letras Hispánicas, Décima edición, Cátedra, Madrid, 1999, p.20.
[4] Uría Isabel, “Clerecía y letras vernáculas en el siglo XIII”, Gonzalo de Berceo, Los milagros de Nuestra Señora, Fernando Baños (ed.), vol. 3, Col. Biblioteca Clásica, Crítica, Barcelona, 1997, pp. 20-24.
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