En defensa de “Narcos”, en defensa de la ficción

En el esquife | Columna

Adolfo Ulises León

 

El pasado 29 de octubre, Sergio Fajardo, quien fuera alcalde de Medellín de 2004 a 2007, publicó en The New York Times un artículo titulado Medellín vs. ‘Narcos’. En su papel de político, se encargó de defender la imagen que el mundo debe tener de Medellín. En vez de ser conocida como un páramo de terror, como la meca del narcotráfico, hay que resaltar la transformación social que, durante más de dos décadas, les han costado a él y a millones de colombianos erradicar la corrupción con la que Pablo Escobar infectó la política. Frente a las matanzas y la zozobra, ahora hay trabajo, espacios culturales, centros de salud y los índices de criminalidad se redujeron considerablemente. Por ello, dice, Narcos —una serie producida por Netflix— “es una versión light de una realidad profundamente compleja” que “refuerza una caricatura del país” y que termina “convirtiéndose en una ‘verdad’ enlatada para audiencias desprevenidas”.

Argumenta que la historia está construida desde la perspectiva de la DEA, donde los americanos son héroes y los políticos colombianos, en particular el entonces presidente César Gaviria, mediocres y pusilánimes. En ningún momento se dibuja el miedo de la población y, quizá lo más importante, los guionistas confunden hechos reales con ficción. Juan Pablo Escobar, hijo de Escobar Gaviria, en una entrevista para El País, realizó una crítica similar. Acusó a Narcos de estar llena de imprecisiones —su padre no era esa versión dulcificada, en la realidad “era mucho más cruel”—, de no mostrar el mínimo respeto por las víctimas que dejó el Cártel de Medellín y por despertar en los jóvenes el deseo de ser narcotraficantes.

Al igual que le sucede a muchos, Sergio Fajardo y Juan Pablo Escobar son incapaces de distinguir la realidad de la ficción. Las ficciones no son pura experiencia de vida ni ficción pura, son el amasijo de ambas. Ignoran que el papel de las ficciones, de las buenas ficciones, por supuesto, no es ofrecer verdades —en ese caso los productores hubiesen optado por un documental—, sino plantear interrogantes morales lo más complejas posibles. Eso se logra mediante un tratamiento irónico donde las audiencias o los lectores se enfrentan a una simultaneidad de verdades. Narcos lo consigue. No se trata de un thriller maniqueo, no exalta narcotraficantes, ni caricaturiza a las autoridades. Por el contrario, al mismo tiempo, todos los personajes son buenos y malos, débiles y fuertes, despreciables y amados.

Para muestra, el agente Peña, a cambio de sexo, promete visas a prostitutas y protege comunistas, o, para conseguir información, decide liarse con el Cártel de Bogotá. El Coronel Carillo no vacila en matar niños para mandarle un mensaje claro a Escobar. El presidente Gaviria, en un verdadero acto de heroísmo y no de mediocridad, salvará un puñado de vidas a costa de hacer a un lado la legalidad: permitir que Escobar construya su propia prisión. Tampoco los narcotraficantes disfrutan de una orgía perpetua, las escenas de lujos, de albercas y banquetes son las menos. Viven en un continuo estado de paranoia, corren de una casa a otra y, en medio de la sierra, rodeados de montones de billetes, no tienen nada que comer.

Mediante estas ambigüedades, Narcos ayuda a comprender mejor quién fue Pablo Escobar y la destrucción que dejó a su paso. En este punto, quizá, Sergio Fajardo y Juan Pablo Escobar, razonan igual que Primo Levi. Este escritor judío, de origen italiano, sobreviviente de los campos de concentración, al respecto, escribió que: “Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar”. Es cierto, sólo un deschavetado se atrevería a justificar los crímenes de Escobar, pero comprender a un personaje va más allá de eso. Tzvetan Todorov, en Memoria del mal, tentación del bien, tras la segunda guerra mundial, propone las bases del humanismo crítico: reconocimiento del horror —para causarlo y sufrirlo—, y entenderlo, para darle sentido a la vida. Claro, la afirmación de Primo Levi sólo vale para las víctimas, ellas no tendrían por qué entender a sus verdugos. Sin embargo, el resto sí debemos esforzarnos por comprender el mal, así nos haremos de los medios para aminorarlo y, en el mejor de los casos, impedir su regreso.

Sergio Fajardo termina su texto con una propuesta para todo aquel que le interese contar la historia de Medellín: “transmitir de manera creativa los valores que les ayudaron a superar la violencia”. Esto significaría hacer algo todavía peor que hacer apología del narcotráfico. En México, por ejemplo, durante el sexenio de Calderón y para matizar ante la opinión pública la guerra contra los cárteles, Televisa produjo la serie El equipo: un comando de la Policía Federal es depositario de la honradez, la inteligencia y el respeto. Se trató de eso que algunos llaman el kitsch. Un arte falso que oculta el horror de la vida ante una fachada de sentimentalismo, de mediocre optimismo; y, sobre todo, hace creer a quienes lo consumen que se encuentran en presencia de algo auténtico, ahorrándose esfuerzos, ironías, contradicciones, nauseas. Asumir esta actitud —intentar armonizar las ficciones con la propaganda política— llevaría a difundir un mentira mucho más peligrosa que la mentira del horror: la mentira de que todo va bien.

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