Elena Ferrante, “Una amiga estupenda”

Reseña | Antonio C. Zavala

 

Orwell decía que son cuatro los motivos que animan a un escritor: el egoísmo puro, el entusiasmo estético, aspirar a la perfección formal; el impulso histórico, describir la verdad para la posteridad; el propósito político, deseo de generar, por mínimo que sea, un cambio en el mundo. Todos éstos, aunque en diferentes proporciones, conviven en cada escritor. Quizá, dice Orwell, la motivación más fuerte sea el egoísmo. Esa ilusión de ser recordado, de parecer inteligente y cosechar admiración. Es cierto, cuántos autores no hay que mendigan reflectores, se pavonean en ferias de libros y se sienten autorizados para opinar de cualquier cosa. Pero ¿acaso hay autores sin vanidad? ¿Hay alguna excepción en la literatura actual? Para sorpresa de muchos, sí.

Elena Ferrante es el seudónimo que —a excepción de Sandra Ozzola y Sandro Ferri, sus editores— no se sabe a quién oculta. Es un fenómeno editorial a nivel mundial y no ha faltado el crítico misógino que, perplejo ante la genialidad de su obra, sospeche que en realidad se trata de un hombre. En una carta que Ferrante dirige a Ozzola el 21 de septiembre de 1991, dice que prefiere evitar la publicación de un libro antes que asistir a una conferencia, a recibir un premio o ponerse a dar entrevistas: “los libros, una vez escritos, no tienen necesidad de sus autores. Si tienen algo que decir, tarde o temprano encontrarán lectores”. Agregó que los grandes milagros son aquellos cuyos creadores nunca serán conocidos, como cuando uno es niño y se va a dormir esperando que llegue Santa Claus. Al día siguiente despierta y, sin explicarse cómo, ahí están las sorpresas. Las grandes obras literarias, dice, deberías ser así.

Esta escritora italiana es autora de, probablemente, una de las historias más bellas del siglo XXI: Dos amigas, una saga compuesta por cuatro volúmenes. El primero de ellos se titula Una amiga estupenda y lo publica editorial Lumen. Se trata de los años de infancia y adolescencia que comparten Elena Greco y Lila Cerullo. Dos niñas que, tras la segunda guerra mundial, viven en un barrio pobre de Nápoles. Estudian juntas la primaria, Cerullo es la inteligencia intuitiva, la agresiva, la creativa, la rebelde; Graco tiene que esforzarse muchísimo para conseguir calificaciones aceptables. Al terminar, sólo Elena podrá continuar la secundaria y después al bachillerato. Lila, a lado de su padre y su hermano, trabajará remendando zapatos. Sin embargo, ello no le impedirá estudiar por su cuenta y llegará a dominar el griego y el latín. En un momento dado ambas se dan cuenta de que sólo el dinero podrá dotarlas de completa libertad y se quiebran pensando la cabeza pensando cómo conseguirlo. De pronto, un buen día, con tan solo quince años, Lila decide casarse.

Líneas arriba mencionaba que Ferrante no podría tratarse de un hombre porque ningún escritor que he leído hasta el momento ha sido capaz de comunicarme los pensamientos y las inquietudes más inmediatos de una mujer. No sólo transmitirlos, sino hacerlo con fuerza y sencillez. Desde el terror por la transformación del cuerpo, hasta el desarrollo de un acorazado que permita traducir el más leve movimiento de un hombre. Al final de este primer volumen, donde la amistad se tambalea entre competencias, envidias y humillaciones, la pregunta que queda es: ¿serías capaz, por amistad, de sacrificar tu porvenir a condición de que sólo uno tuviera la posibilidad de concretar un proyecto en común?

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