El hombre de ningún lugar

"Hombre en el interior de un dormitorio en un hospital psiquiátrico, retrato". México, D.F. Ca. 1920 Autor: Casasola SINAFO

David Alex Ponce | Facultad de Derecho, UNAM

 

A ti, obvio

 

Estoy recostado sobre mi cama, adoro mi cama. Las sábanas son blancas, muy suaves y frescas, perfectas para cuando llega la hora de dormir, a las ocho de la noche, hora en que apagan la corriente eléctrica de nuestro pabellón. Me gustaría dormir en este momento; pero son las dieciocho horas, ese extraño momento en que no ha llegado la noche pero ya la tarde se dispone a morir, aún no es hora.

En mi habitación no hay espejos, no me dejan tenerlos. Al parecer ello provocaría una reacción un tanto perturbadora en mi mente, en la percepción que de mí tengo. Eso me parece un sinsentido; siempre veo mi reflejo en el agua cuando me limpio, en la navaja cuando me afeito, en las cucharas cuando sirven esa sopa insípida y fría que tanto les gusta cocinar aquí, en las losetas blancas del baño al momento de defecar, en los lentes de la doctora durante la terapia —con ella la consecuente sarta de preguntas odiosas—, en las pupilas de mi compañero de cuarto, aquellas ocasiones en que no tenemos absolutamente nada que hacer. La luz siempre rebotará y mi imagen siempre estará ahí. No entiendo el porqué de su insistencia en hacerme creer que ver mi rostro, dañado como el alma que refleja, me hace mal.

            El cansancio va apoderándose de mí a cada segundo que pasa, recorre mi cuerpo en un espasmo que va desde las uñas de mis pies hasta la punta de cada cabello. Intento mirar a un punto fijo; pero es muy agotador. Concentrarme me resulta exhaustivo, mis ojos se rebelan a responder a los estímulos del exterior. Las imágenes se tornan borrosas, corren todas en estampida sin dirección ni rumbo definidos, no se quedan quietas, los colores efluyen en un río de luces sin enfocar, sin orientación alguna. Lo único que permanece quieto es la mirilla de mi habitación, donde cada dos horas mis ojos se cruzan con los ojos de los enfermeros que pasan a revisar que no estemos comiéndonos las uñas o quitándonos los dientes. Esta sensación de vacío ha durado ya varias semanas, no sabría decir cuántas con exactitud.

            La mirilla, alrededor de ella los muros se agrandan cada vez más, se humedecen con el aire y se secan instantáneamente con el humo, y así una y otra, y otra vez, alrededor del cristal. Quisiera voltear a mi izquierda, para ver a José, pero no puedo voltear, algo en mi cabeza me impide voltear, no envía la señal a mi cuello de que gire.

—¡Gira la cabeza!… anda, gira, vamos… por favor —me suplico.

No puedo, no puedo hacer nada. Me agobia el tamaño de este atrio en el que estoy, esta plaza enorme que no tiene ventanas ni espacios abiertos, pero está en el exterior, no obstante hay una puerta, y en esa puerta está la mirilla por donde me ven.

—¡Concéntrate! ¡Vamos! Haz un esfuerzo…carajo…

Siento cómo mi piel, clara como los piñones, se disuelve con las fibras de las sábanas, con las paredes. Sábanas y vellos se confunden, no puedo distinguir qué materia es piel y cuál tela. Siento al enorme piano que sobre mi pecho ha sido colocado; sé que es un piano, puedo escuchar sus teclas resonar una melodía estruendosa que azota mis oídos, la cual emite un eco que retumba en el vacío un sonido, que no es el de las notas que toca el piano, como si algún ente de otro espacio le arrancase el sonido y colocara el suyo cuando a lo lejos llega, un sonido espectral y terrorífico de percusiones violentas combinadas con arpegios distorsionados, todo un concierto demencial. No sé qué clase de música endemoniada pueda ser ésta, pero hace que me duela terriblemente el pecho. Cierro los ojos un instante, tal vez en mi oscuridad interna pueda encontrarme a mí mismo, tomar mis ojos con las manos y guiarlos hacia algún punto fijo en el espacio.

            Respiro, prolongando lo más que puedo cada inhalación y exhalando suavemente. A cada inspiración la luz se debilita, se desvanece hasta que se extingue, pero no sé dónde estoy, mis pies no sienten mi cama y mi nariz no percibe el olor de la lavanda de las sábanas…

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