Cuento ganador. 1era Convocatoria

Monólogo interno de Joaquín Guzmán minutos después de haber terminado de releer el Quijote por tercera ocasión en la cárcel del Altiplano Central, con motivo de un insomnio que ha durado semanas y al cual no logra acostumbrarse del todo

Pablo Robles Gastélum | Facultad de Derecho, UNAM

 

“En un lugar de Badiraguato, cuyo nombre recuerdo perfectamente, no ha mucho tiempo que vivía un capo de los de fusca fajada, chaleco antibalas, estilo cardiaco y Ferrari corredor. Una olla de mariscos frescos, frijol las más noches, whisky y banda los sábados, grupo norteño los viernes, algún mariachi de añadidura los domingos, para todo había cabida en su rancho. Camisa Polo, tenis Nike para las fiestas, los días de entre semana se honraba con su cachucha más fina. Tenía en su casa una arma que pasaba de los cuarenta calibres, una criada que no llegaba a los veinte y dos hijos humildes y valientes que quería como a su vida. Frisaba la edad de nuestro capo con los cincuenta años, era de complexión recia, repuesto de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo del buen amigo. Quieren decir que tenía el sobrenombre de El Chapo o Señor de la Montaña (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Joaquín Archivaldo Guzmán Loera; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

La del alba sería cuando El Chapo salió del rancho, de día, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado narcotraficante, que el gozo le reventaba por las bocinas de su Ferrari. Mas viniéndole a la memoria los consejos de su padre de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo al salir del rancho, en especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, peinarse mejor, hacerse de una escuadra, un cinto de cuero, perfume Hugo Boss. Salió del rancho con un porte orgulloso. Con este pensamiento guió a su Ferrari hacia su aldea, el cual casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a correr, que parecía que no ponía las llantas en el suelo. No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura del monte que allí estaba, salían melodías alteradas, como de personas que amaban la vida recia; y apenas las hubo oído, cuando dijo: gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante, donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos: estos corridos sin duda son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda: y volviendo al camino le jaló a su Ferrari hacia donde le pareció que los corridos salían; y a pocos pasos que entró por el monte, escuchó una canción que hablaba de él mismo:

Joaquín lo era lo es y será 
prófugo de la justicia 
el señor de la montaña 
también jefe en la ciudad 

amigo del buen amigo 
enemigo de enemigos 
alegre y enamorado 
así es Loera lo es y será

por eso el Azul del cielo 
desde lejos lo protege 
aunque haga frío o calor 
Culiacán es caluroso 
Mayo es el más peligroso 
hay protección y atención 

lo respalda un Coronel 
no es militar por su grado 
su padre se lo ha heredado 
a mi amigo el coronel 
capitanes generales 
no han podido retirarlo 

hay guachitos y hay tenientes 
chinos también talibanes 
y un chinacate que cuida 
mochomos limpian caminos 
por donde Joaquín transita 
Colombia y México admira 

será mancha o será raya 
lo que el tigre trae pintada 
total que ya está marcada 

pero es fiera allá en la sierra 
y también allá en la selva 
protege y siquiera atrapa

Bajó del Ferrari nuestro héroe exclamando ‘¡soy yo el capo del que habla vuestra alterada melodía! el mismo Chapo prófugo de la justicia y dueño del pedazo de tierra que llamáis Sinaloa’. Los enfermos, asombrados, le compartieron con admiración y benevolencia sus Tecates, sorprendiéndose de que un hombre tan poderoso se dignara de pasar el tiempo con personas vulgares como ellos. Carcajearon por horas y acabó nuestro héroe tan feliz de tal suerte que se tomó una selfie con todos los bienaventurados. Uno de los muchachos lo halagó diciendo: ‘Con qué humildad y agrado viene usted a compartir su presencia, estoy seguro de que cualquier morrita, por más difícil de encantar, caería a sus pies.’

Y de esta manera inspiró a los muchachos el valeroso Chapo, el cual, contentísimo de lo sucedido –y dicho sea de paso, también inspirado- pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a su esencia alterada, con gran satisfacción de sí mismo iba de vuelta hacia su rancho, diciendo a media voz: Bien te puedes llamar dichosas sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh! sobre las bellas, bella Kate del Castillo, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad y talante a un tan valiente y tan nombrado capo, como lo es y será El Chapo Guzmán, el cual, como todo el mundo sabe, recién es considerado héroe, y hoy ha conversado con algunos admiradores. Qué bien le sienta a mi suerte conocer hombres de carácter, qué gran destino me ha confiado la vida, el de ser un valeroso capo.”

En ese momento se escucharon más de dos perros ladrar afuera de la celda. El ruido interrumpió abruptamente el delirio de Joaquín. Se levantó lentamente de su cama y fue por un vaso de agua. Volteó a ver las tres paredes de su celda, todas iguales. Quería mirar las estrellas, asomarse por la ventana y que la brisa lo despeinara; sentía que eso era lo único que necesitaba para conciliar el sueño. Pero no había ventana en la celda. Los perros dejaron de ladrar. Joaquín se lavó la cara y volvió a la cama. Sintió un silencio sepulcral, uno que nunca había experimentado en su vida, ni si quiera cuando vivía en la tranquilidad de las montañas de Sinaloa. Cerró los ojos y tarareó uno de sus corridos favoritos. Se imaginó invitando a Miguel de Cervantes a una de sus casas. Tomaban whisky, comían caldo de frijoles y hablaban del amor. Lo imaginaba un poco robusto y de carácter firme, como él pero sin bigote. Poco a poco empezó a quedarse dormido. Eran las cuatro de la mañana de un martes pero podía perfectamente ser un día soleado de domingo.

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