Cuento, mención honorífica. 1era Convocatoria

Puerco americano

Lizbeth Luna López | Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, UNAM

 

Eran las fechas de allá por 1982, o algo así me dijeron que era, pero no lo recuerdo muy bien. La madre de mi madre, a quien me gusta llamar así, llevaba ya sus varios años de matrimonio. La inestabilidad económica era lo que por aquellos tiempos ponía a las mujeres a trabajar (por lo menos lo más común), o eso me han contado; no andaba muy de moda eso de que fuera porque las mujeres se quisieran superar o esas cosas de las que he oído a muchas hablar últimamente (si a eso se le puede llamar “moda”). Y precisamente esa fue la razón por la cual ella siempre andaba buscando con qué completar el gasto y darle cosas buenas a sus hijos (las que ella consideraba buenas, al menos). Siempre me han dicho que era una mujer trabajadora, que siempre le buscaba y que no se rajaba. Ni idea tengo, no la conocí; no la conozco bien, pero casi siempre me cuentan la misma de las variadas anécdotas familiares: ella se dedicaba a criar y vender cerdos, marranos, puerquitos, cochinos; como les gusten llamar. No me acuerdo ni cuanto, pero le daban relativamente una buena lana por cada puerquito que decidía vender (puerquito a modo de expresión, porque siempre que me cuentan es la misma frasecita que ya me sé bien de memoria: tremendos puercotes, eso es lo que eran). La queja siempre era la misma: andarse aguantando el olor de los puercos ya no era la opción. Ya estaban verdaderamente hartos de aguantarse el cochinero que se formaba en el patio de la casa, todo el lodacero mezclado con tanta comida y popó. No, ya no querían esos marranos en el patio de la casa. Y la respuesta siempre era la misma: sin los puercos no tendrían dinero. Y alegar por el hecho de que podían no comprárselos tampoco era válido, pues siempre estaba el argumento de que si un puerco no se vendía, entonces lo mataban y ya tenían qué comer.

Así pasaba los días entonces: comprar tortilla dura y hacer negocio con los carniceros cada que uno de los puercos tuviera el tamaño adecuado para que se pudiera vender. Pero de un día para otro resultó que le daban cien menos de lo normal por un puerco bien crecido y sano, porque, eso sí: ella no le daba a los puercos porquerías para comer. Puercos grandes y sanos que de cien en cien le fueron resultando mal negocio, pues más gastaba en mantener al marrano vivo y gordo, que lo que le sacaba cuando se lo vendía a los carniceros; pretexto suficiente para que más le insistieran que ya sacara a sus mentados puercos para que el patio dejara de apestar. Al fin que ni le estaba ganando ya. Y como toda persona que se pueda considerar normal, o poseedora de sentido común, un día se decidió por acabar con el pseudonegocio ese de los puercos.

Decidió dedicarse a hacer tamales; total: muchos le decían que le quedaban sabrosos. Pero le quedaba un puerco todavía y decidió vendérselo a uno de los carniceros que menos mal le pagaba. Ya llegando con él, y volviendo a negociar un lamentable y poco conveniente precio, le llegó de repente intriga de saber, ya que nunca antes se le había ocurrido preguntar. ¿Por qué de la nada tan miserable el pago, don Javier?, le dijo. Y suspirando como quien se lamenta de la existencia misma, le respondió: “El puerco americano, doña ‘te. Ya entró el puerco americano, y está re bien barato. Ya no conviene el mexicano. No le podemos seguir pagando lo mismo a naiden de por aquí”.

No quedó más que resignarse al cambio de un estilo de vida de muchos años atrás. Compró sus hojas, chiles, tomates, pollo, y demás. Pensaba solo en el puerco americano. Resignada se fue pa’ su casa, pensando: a ver si no luego echan también americano el tamal.

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