No. 12 Relación México-Estados Unidos

No. 12 Relación México-Estados Unidos

  Editorial

 

En su informe presidencial de 1930, Pascual Ortiz Rubio dejó en claro que: “ninguna generación tiene derecho para heredar a sus sucesores ninguna carga onerosa ni ningún deshonor”. Días después, el 27 de septiembre, Genaro Estrada, entonces secretario de relaciones exteriores, entregó a los principales periódicos de la capital un comunicado que contenía la Doctrina Mexicana. En esencia, ésta puede reducirse en dos argumentos: la libertad de todas las naciones para tener y mantener el gobierno que eligen. Es decir, los principios de autodeterminación y de no intervención. México, escribe Estrada, “no se pronuncia en el sentido de otorgar reconocimientos, porque considera que ésta es una práctica denigrante”. La razón: “México ha sufrido como pocos países” las consecuencias de dejar al arbitrio de otros gobiernos la decisión sobre su legitimidad.

Esta doctrina, hecha para el contexto latinoamericano, maduró en Genaro Estrada tras convencerse de que el miedo ante la hostilidad no podía ser ya una alternativa. Se trató de un borrón y cuenta nueva. Atrás quedaron el tratado Guadalupe-Hidalgo, el MacLane-Ocampo, el de Bucareli, las tensiones de Ulysses S. Grant y Porfirio Díaz, de Calvin Coolidge y Plutarco Elías Calles. Con la salvedad de la crisis de la expropiación petrolera, comenzó, en palabras de Adolfo López Mateos, una “nueva etapa de comprensión”. Se resolvieron de manera favorable y justa los arbitrajes del Chamizal y de las aguas del Río Colorado. Fue la época de las primeras visitas presidenciales, vino Franklin D. Roosevelt, Harry S. Truman, Dwight Eisenhower, John F. Kennedy…

La agenda de ambos países, que comenzó con líneas de crédito y exigencia de indemnizaciones, pasó a intercambios tecnológicos y culturales, al Convenio Internacional de Trabajadores Migratorios, al comercio, a la integración. Ninguna relación es perfecta todo el tiempo y ahora, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los políticos mexicanos se devanean entre la confrontación ante el odio y la sumisión ante la necesidad de inversiones. Serán tiempos difíciles pero no tienen por qué ser de deshonor.

 

El editor