Pachuco: ni gringo ni mexicano

Artículo | Gabriela Martínez Delgado / Jesús Briseño Vázquez

 

Hey pa fuiste pachuco,
También te regañaban.
Hey pa bailabas mambo,
Tienes que recordarlo.
Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Pachuco

 

Introducción

Los inmigrantes, arrancados de su origen, van desmoronándose, cada pedazo de sí es un recuerdo, una costumbre, una vida entera. Una vez inmersos en tierras extrañas, acoplarse a la nueva cultura es, cuando menos, conflictivo: en el proceso de asimilación se tensa el dilema entre conservar su identidad o intercambiarla por otra más práctica. Sin embargo, como es normal, siempre hay excepciones y una de ellas se cobijó en la figura del pachuco, personaje irredento, extinto, que a lo dandy vestía traje zancón y colorido, con sombrero emplumado, cadena larga en el bolsillo, corbata relumbrante al pecho y, sobre todo, con un donaire de canalla que sobresalía de sus poros. Pachuco: ni mexicano ni gringo.

Antecedentes: El homicidio del Sleepy Lagoon y Los disturbios del Zoot Suit

Alrededor de 1940, la ciudad de Los Ángeles se convirtió en un punto de convergencia entre muchos y variados grupos (desde granjeros de Oklahoma y Texas hasta inmigrantes mexicanos) que, ya sea por extremas sequías y sus gigantes nubes de polvo, o bien, por trabajar como parte del programa de braseros del presidente Ávila Camacho, llegaron a esta urbe para quedarse.

En ese contexto, en 1942 se desató una trifulca entre pandillas de Pachucos que surgió por revanchas y que al final cobró la vida de un muchacho estadounidense de origen mexicano. Todo inició por una pareja que disfrutaba a hurtadillas la reserva de agua de Rancho Williams. Allí fue agredida supuestamente por Pachucos. En venganza, uno de los afectados reunió gente para cobrarse una golpiza por otra. Después pasó el mortal desenlace justo en medio de un festejo en Rancho Williams. Se aprendieron decenas de Pachucos y en un primer momento se sentenció a uno de sus líderes, pero, luego de un año, se determinó su libertad en razón del proceso viciado, empezando porque no existían pruebas suficientes. Dicho juicio fue conocido como El homicidio del Sleepy Lagoon.

Al mismo tiempo, el clima bélico afloraba en la sociedad norteamericana y se manifestaba en la militarización de la ciudad y sus costas, con patrullajes y cañones antiaéreos. El motivo: un posible ataque de los japoneses. Miles de soldados rondaban cotidianamente las calles. De noche, los ánimos caldeaban al ritmo de jazz entre prostitutas y marines ebrios. Así pues, no se hicieron esperar riñas entre Pachucos y militares.

La mayor de todas y, que sin duda merece el mote de batalla campal, sucedió en 1943 y es mejor conocida como Los disturbios del Zoot Suit. Unos marines querían seducir a unas muchachas mexicanas. Uno de los estadounidenses, por miedo a ser lastimado, detuvo del brazo a uno de los Pachucos que venía con ellas. La disputa explotó por unos minutos pero el verdadero problema aconteció durante toda esa semana.

Cada día los marines tomaban represalias más encarnizadas. Ya no solamente salían con armas en mano a la caza de los Pachucos, sino también irrumpían en cines y hasta se infiltraban a los barrios segregados donde sólo habitaban mexicanos. Si encontraban a alguien con el zoot suit, lo ponían en cueros a la fuerza y lo derribaban a culetazos como animal y su ropa era quemada en vía pública. Muchos mexicanos que no portaban esta vestimenta eran azotados por igual.

La peor noche de todas fue la del 7 de julio cuando una increíble cantidad de gente contada en más de mil (entre civiles y soldados) combatió sin tregua. El saldo oficial marca a seiscientos heridos y nueve militares arrestados. Al día siguiente se decretó que nadie podría usar un zoot suite. El gobernador de California de aquel entonces declaró a la ligera que los responsables habían sido pandillas juveniles y blancos sureños. [1]

Un clown siniestro

Corría 1943. Octavio Paz residió en Los Ángeles por breve lapso de dos meses. El laberinto de la soledad, en particular el capítulo El pachuco y otros extremos, [2] hace alusión a esa estancia. Con un estilo que alía poesía con pensamiento, asombro con hondura, el escritor indagó, a manera de reflexión crítica, la cuestión de lo que significa ser mexicano, en especial para quienes ello les representa “un problema de vida o muerte”.

Para el ensayista, en Los Ángeles había un aura mexicana que si bien, no se filtraba en el ambiente, sí se mantenía en vilo, como una presencia espectral flotando sobre las matemáticas y el acero de la ciudad: era un contraste, por una parte, de la industrialización con sus altos edificios y, por encima, nunca superpuesta, nuestra idiosincrasia y su regusto por el decorado evanescente. De la misma manera se podía identificar a un mexicano: lo caracterizaba una personalidad recelosa y evasiva y, por más que renegara de su origen y su cultura, se le identificaba por su máscara cortés que a la vez lo defendía y le permitía convivir.

Al contrario, el Pachuco tenía una “voluntad fanática de ser”, es decir, buscaba diferenciarse del resto. Para ello vestía su escandaloso ropaje zoot suit, además tenía un comportamiento furtivo, alegre y peligroso e, incluso, empleaba un lenguaje violento y violentado, una mezcolanza de inglés y español. Este acto de rebeldía en el fondo no lo era pues constituía una vanagloria, un capricho. En realidad, al querer diferenciarse de la cultura que lo rechazaba, la homenajeó exagerando su atuendo, que no era más que una moda del Jazz. Metafóricamente, podemos decir que un Pachuco era como aquel niño inmaduro que deseaba llamar la atención de sus padres desobligados, es decir, la sociedad norteamericana, y el modo de hacerlo era exasperándolos, buscarles pleito.

Por eso señalaba el escritor que parecía un “un clown siniestro”. No quería hacer reír sino acaparar los reflectores. Aunque lo negara, su propósito era ser parte del tejido estadounidense, pero sólo logró ser un paria, un aborto social. “Su desnudez suprema”, su verdadero yo, lo alcanzaba cuando era aprendido, pues representaba el reconocimiento tan anhelado de que era también un pedazo de los Estados Unidos: Pachuco o de la marginalidad artificial.

Tin Tan: el Pachuco de Oro

Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, "Tin Tan", nació en la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1915 y murió el 29 de junio de 1973. Participó en más de cincuenta películas.
Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, “Tin Tan”,  murió el 29 de junio de 1973. Participó en más de cincuenta películas.

Con Zoot Suit y lenguaje de pocho Tin Tan, en los años cincuenta, a través de la música y la imagen, da a conocer el concepto de pachuco: un ser que despide arte. La pobreza es un punto clave para entender a tal persona, que anhela una buena vida como en Estados Unidos, pero que no forma parte, en sí, de su sistema. Es bien sabido que desde los años cuarenta la consolidación de la economía en México se vio aparentemente reflejada en el incremento del PIB, pero, en términos de Boaventura de Sousa Santos, creer que el PIB o la industrialización hacen que un país pobre crezca porque trata de imitar a los países ricos, es caer en un espejismo. [3] En este ambiente de ambigüedades políticas y económicas, surge Tin Tan y el Pachuco.

Germán Gómez Valdés Castillo nació el 19 de septiembre de 1915 en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México. Trabajó como locutor en los años 30 y posteriormente empezó hacer shows de comedia y finalmente debutó en el cine donde interpretó al pachuco como un portador de arte, el cual anhelaba tener la calidad visual y sonora (vestimenta y fonética) que un estadounidense. Este personaje no precisamente es de una posición económica privilegiada, sino que se define por vivir en vecindades pobres y siempre se sale con la suya (claro ejemplo en las películas El Revoltoso, Calabacitas tiernas y, sin lugar a dudas, el Rey del Barrio).

Música en el lenguaje

La sonoridad de las palabras se ven envueltas en un estado ecléctico de inglés y español, se crea una nueva música en el habla que aspira al inglés sin saberlo, imitando los sonidos del acento y fonemas entremezclados con el canto de barrio de la parla en la Ciudad de México: tons qué… ¿haw du yu du? Seguro pastoreando un gallo, mira gandul que no más andas viendo a ver de dónde robas, si Jelipe te cacha en la movida, saco las metrallas como lo hacía en Chicago Illinois.

Para definir a la música popular, Béla Bartok nos dice que está ligada muchas veces a la colectividad y no a lo individual, siendo una manifestación mayoritariamente campesina, también se reconoce esta forma sui generis de interpretar por medio del canto una melodía, que se hace a través de aparentes errores (al oído educado), pero que más bien son sonidos específicos y calculados que conlleva una técnica diferente. [4] La forma en la que habla el mexicano, en este caso el pachuco de Tin Tan, se asemeja a esta definición; conjuga al inglés y al español defeño, va a asir todo lo que implica vivir en la ciudad: el doble sentido y el albur, reinventar el significado de una palabra a otra (“ahí nos bedoyas mi viejo”), oxímoron y la redundancia. Se crea en una colectividad pobre, no precisamente campesina, si no urbana, una lluvia de sonoridad, a tal grado que no es fácil hablar como ellos, aunque en apariencia se es “naco” o no culto, se ha creado una técnica que se aprende viviendo en este tipo de lugares y crea una sagacidad del manejo del lenguaje admirable. Lo popular, a través del incandescente carácter antisistémico, forma un híbrido que irrumpe a la élite: el espanglish combinado (sobre todo en el caso del Rey del barrio) con francés e italiano:

—Oquei

—Ni liunque

—Por faveur (como francés), plis (inglés) reina

—Anuncié a Gastón Touchier, pinteur de la sacre couer de Parí y de la crueaur parisian de Iztapalapa… vamos a pintar la casa negra.

—Ai sorry

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Citas al pie
[1]Para más información ir al sitio web del documental “Zoot Suite Riots”. http://www.pbs.org/wgbh/amex/zoot/esp_index.html
[2]PAZ, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, p. 15.
[3]SOUSA Santos, Boaventura, Crítica de la razón indolente, contra el desperdicio de la experiencia, Vol. I, Ed. Desclée de Beower, España, 2003, pp. 28-29.
[4]BARTÓK, Béla, Escritos sobre música popular, México: Siglo XXI, 1979, pp. 44.
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