Un placer vicario

El escritorio de un descreído | Columna

Carlos Erasmo Rodríguez Ramos

 

Natural Born Killers narra la historia de Mickey y Mallory Knox, dos asesinos seriales que gracias a los medios de comunicación masiva se convierten en celebridades. La película, dirigida por Oliver Stone, está filmada con una mezcla de elementos que nos hace sentir dentro de un sueño retorcido. El uso poco común de intensas iluminaciones de color rojo o verde durante largos periodos de tiempo, las escenas a blanco y negro, fragmentos de animación y una grotesca escena que simula a un programa de sitcom son los responsables de este efecto.

A pesar de lo anterior, lo que nos interesa aquí es la trama pues explora una de las facetas más ocultas y retorcidas de los seres humanos: nuestra fascinación por los asesinatos y todo lo relacionado con ellos. A quien le parezca un poco inverosímil la trama, sólo tiene que mirar a su alrededor.

Jack el Destripador, los instrumentos de tortura de la Inquisición española, Auschwitz y Charles Manson son sólo algunos de los elementos que integran la larga lista de cosas que despiertan el morbo entre la gente. Esta lista es tan extensa que muchas personas han visto un negocio en ella: desde las exposiciones de aparatos de tortura donde lo importante es la descripción detallada del tormento, hasta los periodicuchos que ponen en primera plana imágenes de cuerpos ensangrentados, pasando, por supuesto, por los directores y productores de cine gore.

Aunque hay cientos de formas más en las que los especuladores explotan el placer que produce ver el sufrimiento ajeno y cada una puede excusarse de distintas maneras, como cuando se argumenta que el cine gore busca “hacer estética la violencia”, lo cierto es que de fondo siempre está esa sed de ver al otro sufrir.

Esta fascinación por la violencia no tiene límite moral alguno, como queda patente con el reciente tiroteo en una escuela primaria de Monterrey, cuando el video de seguridad que muestra los hechos se volvió viral en todas las redes minutos después de haber sido difundido.

Esto no es lo que cabría esperar de una sociedad que se llama civilizada, aunque, dicho todo esto: ¿de dónde viene nuestra adicción por la violencia extrema?

Muchas cosas se pueden decir al respecto, pero aquí sólo apuntaremos dos posibles explicaciones que nos da la psicología. La primera explicación es que simplemente nuestra tolerancia a la violencia ha aumentado con el paso de los años y por ello no debe sorprendernos que la violencia gráfica sea un producto que consumimos diariamente sin ni siquiera inmutarnos.

Por otro lado, está la segunda explicación, de un corte más psicoanalítico. El ser humano vive rodeado de prohibiciones y esas prohibiciones muchas veces contravienen nuestros deseos. En este caso, puede que en todos nosotros esté latente el deseo de ejercer la violencia. Sin embargo, al no poder hacerlo porque no queremos violentar la prohibición debemos desahogarlo de algún modo. Así, es posible que nuestro deseo de ser espectadores de la violencia sea un desahogo que impida que este deseo estalle en consecuencias de verdad perniciosas.

Dicho esto, una sociedad que vuelve ídolos a Mickey y Mallory está considerablemente enferma sin importar cuál de estas dos explicaciones al fenómeno se elijan. Desafortunadamente, es el seno de sociedades así de enfermas donde pueden surgir Mickeys y Mallorys.

Hoy en día en nuestro país tenemos niños que ven videos de narcoejecuciones en internet, gente de todas las edades que ve a diario cadáveres en primeras planas y cientos de testigos de la violencia que vemos diario con tan sólo salir de casa. También a esto hay que agregar el listado de asesinos seriales de manufactura nacional que en su momento fueron un fenómeno mediático, como el caso de la Mataviejitas y el Caníbal de la Guerrero.

Teniendo en cuenta esto y viviendo en uno de los países más violentos del mundo, donde el año pasado morían en promedio 56 personas asesinadas al día,  ¿Qué tan lejos estamos de tener nuestro Mickey y Mallory? Y la pregunta que da miedo responder, ¿nuestro excesivo consumo de violencia nos está haciendo normalizarla a tal grado que ya cualquier cosa es tolerable o sólo es un desahogo proporcional a nuestro deseo casi irrefrenable de ejercer la violencia? Tal vez no haya respuesta a esto, lo único cierto seguimos amando el placer vicario de ver el sufrimiento ajeno.

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