Tiempo de impostores

"Self-Portrait With Ghosted Object", Ben Cauchi, 2005

En el esquife | Columna

Adolfo Ulises León

 

Gabriel Salvatore es el nombre con el que se hacía o se hace llamar un compañero que, durante más de dos años, me hizo creer que cursaba de manera simultánea las licenciaturas de derecho y medicina. Además, la vida que llevaba fuera de la escuela enredó y maravilló a más de uno. En su perfil de Facebook le coqueteaban mujeres bellísimas, rebosaban fotografías de platillos y cocteles sofisticados, y sus estados lo ubicaban un fin de semana en Nueva York y otro en Playa del Carmen. Lo curioso es que Salvatore no era un fanfarrón que se alimentara del pavoneo, por el contrario, siempre se presentaba y desenvolvía con modestia. Sólo refería sus experiencias si uno se lo preguntaba. En esta historia, como en muchas, siempre hay aguafiestas. Un buen día un grupo de desconfiados se extrañaron de que en clases nunca le pasaban lista. Decidieron seguirlo a la Facultad de Medicina y lo miraron deambular por los pasillos. Al momento de marcharse, en vez de abordar su Cooper, caminó a metro Copilco. No satisfechos, se percataron de que Salvatore no aparecía en ninguna de las fotografías que subía, las placas de su auto cambiaban y sus enamoradas y sus grandes amigos no eran más que celebridades que, mediante perfiles falsos, saturaban su muro con cariñitos y recuerdos falsos.

Gabriel Salvatore fue el primer gran impostor que me engañó por completo y el primero que despertó en mí la obsesión por la impostura como tema literario. Sin embargo, no fue él quien más me impresionó. En la Facultad de Derecho, por ejemplo, conocí varios perfiles que, quizá para reforzar sus aspiraciones políticas y a fuerza de enredar su genealogía, les daba por emparentarse con caudillos de la Revolución, presidentes, gobernadores; en otros casos, una fotografía con un segundón o su simple apretón de manos, les bastaban para hilar el relato de largas amistades y futuros prometedores. En la Facultad de Filosofía y Letras las cosas no son muy distintas. Sé de personas que a sus veinte años se autoproclaman artistas consagrados, firman manifiestos, encabezan el canon. Por contradictorio que parezca, estos personajes —políticos de politiquería o estrellas estrelladas— son los que más sobresalen en la vida académica y profesional, ganan becas, consiguen buenos empleos, las personas los siguen, los admiran, son amados, se mediatizan. En fin, ¿por qué las puertas se abren por donde caminan los impostores? Máximo Gorki decía que Chéjov era una persona capaz de devolverle la sencillez a los otros. Una persona sencilla es aquella que se enfrenta a sí misma y, por ello, deja de autoengañarse. ¿Eso es posible? ¿No acaso todos nos mentimos a diario para hacer la vida más llevadera? ¿Entonces todos somos impostores? Si no lo somos ¿qué son los impostores? ¿Por qué la impostura se convirtió en una obsesión en mi vida? ¿Por envidia, por no poder ser lo que ellos son o por no tener lo que ellos tienen? ¿Por qué sentí la necesidad de escribir ficciones sobre la impostura y fracasé?

Javier Cercas publicó en 2014 su relato real o novela sin ficción Los impostores. El libro cuenta la historia de Enric Marco, el hombre que, durante más de cuarenta años, le hizo creer al mundo ser un soldado republicano durante la guerra civil española y, en la Segunda Guerra, un prisionero en el campo de concentración alemán de Flossenbürg. Sus mentiras lo llevaron a desempeñarse como secretario general de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) —uno de los sindicatos españoles más importantes— y como presidente de la Amical de Mauthausen. Durante ese tiempo, Marco dictó infinidad de conferencias, protagonizó documentales, recibió la Creu de Sant Jordi del gobierno catalán y homenajes en el parlamento español. Marco tenía ochenta y cuatro años cuando se descubrió su impostura en 2005. Todos lo proscribieron, lo insultaron, lo acusaron de burlarse de la memoria de las víctimas del Holocausto y él, en vez de amedrentarse y ofrecer perdón, se defendió: él surgió porque la sociedad española necesitaba recuperar su memoria y transmitir el recuerdo del horror. Para él, sus mentiras fueron benéficas. ¿Es moralmente lícito mentir? ¿Hay excepciones? ¿Tenía razón Enric Marco y en realidad los impostores son necesarios para una sociedad? ¿Por qué y en qué momento surgen?

Según Cercas, Enric Marco incursionó en la impostura a mediados de los años setenta, justo cuando murió Franco y comenzó la democracia. Estos momentos de transición fueron también tiempos de caos, de reinvención. Imaginemos una población que durante la dictadura vivió con la cabeza gacha, que aceptó sin chistar la sumisión y, de pronto, tiene la oportunidad para sacudir su vergüenza y decir que no, que, por el contrario, ellos siempre despreciaron el franquismo. Y si Enric Marco iba más allá y aseguraba que desde adolescente fue un combatiente y refugiado republicano, preso en un campo de concentración nazi y militante en la CNT, ¿quién podía decirle que no era cierto? A diferencia de los españoles que vivieron la caída del franquismo, mi generación tiene más y mejores recursos para reinventarse, no una, sino un número ilimitado de veces, tantas como publicaciones, twits o fotografías podamos subir a nuestros perfiles. Nosotros ¿por qué nos reinventamos tan seguido? Enric Marco y la población española lo hicieron preparándose para la democracia. Avergonzados por su cobardía, mintieron sobre su pasado, lo maquillaron y no les importó que sus vecinos también lo hicieran. Nosotros ¿de qué nos avergonzamos? Enric Marco se vendió porque logró inventar un personaje que, en la deshonra, supo representar los valores más auténticos del pueblo español. Nuestros impostores ¿qué razones tienen para justificarse?

Si los impostores se aprovechan de las flaquezas de la sociedad, de nuestro desconocimiento del pasado, del presente y del porvenir, del caos, son necesarios porque funcionan como incentivos: aunque falso, fue el ejemplo de Gabriel Salvatore el que me convenció de que también yo podía estudiar dos carreras de manera simultánea. Visto así, ¿son héroes porque nos recuerdan que sí es posible vivir a la medida de nuestros deseos? ¿Son rebeldes porque dicen “no” a los convencionalismos, “no” a las ataduras morales? O bien ¿simplemente son enfermos mentales que sólo buscan el amor y la admiración que nunca tuvieron? ¿Son locos? ¿Locos como Don Quijote que cuando parece que hace el mal hace el bien? ¿Locos como Don Quijote que saben que “la realidad mata y la ficción salva”? Y si los impostores son como Don Quijote ¿nosotros debemos ser como Cervantes e intentar rehabilitarlos, regresarlos a la cordura? ¿Cómo debemos actuar frente a los impostores? ¿Comprenderlos? ¿Desenmascararlos y señalarlos como le sucedió a Gabriel Salvatore? ¿Enfrentarlos a la verdad como a Enric Marco? ¿Acaso tenemos la autoridad moral para hacerlo?

Dicen que el primer paso para superar un problema es reconocerlo. Al terminar de leer Los impostores comprendí por qué fracasé cuando intenté escribir ficciones sobre la impostura: en el fondo, temía que al conseguirlo descubriera una dolorosa verdad. La verdad de que también soy un impostor, uno que se miente todo el tiempo.

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