De serenatas y enredos

"Romeo y Julieta" de Franco Zeffirelli (1968)

La trinchera | Columna

Jesús Briseño Vázquez

 

La guitarra es un instrumento plebeyo. Frente al repertorio de obras consagradas para el piano, el violín o la flauta —la noble corte del despotismo musical— hay un estado de orfandad y de descreimiento respecto a las cumbres interpretativas de esa mendiga incómoda. Sus cuerdas vibrantes que liberan el sonido en oleaje, su piel de madera fina, su cuello largo y distinguido, su boca de abismo misterioso y sus femeninas caderas preñadas de música son los elementos con los que abate silencios y se defiende del gusto purista de aristocracias arbitrarias y sordas.

Puedo hablar de la guitarra como heroína por su lealtad y su arrojo en cantinas de inframundo o en las afueras hostiles del balcón de nuestra Julieta. También es arpa de la rebeldía, amante de los enamorados, confidente de los miserables y brazo maldito de Orfeo.

La cara menos cobarde de mi vida se la debo a la guitarra. Un catorce de febrero de hace muchos años, estaba enamorado de una mujer a la que dediqué una melodía en concierto. A pesar del mar de lejanía entre nosotros yo quería encallar en su tierra santa. Mi oportunidad brotó de un cartel de aviso que reclamaba me presentase de inmediato al salón del coro. Era el último día de audiciones, en la hora final del ocaso. Por bendiciones del azar había traído a la seis cuerdas. Con los nervios aflorando ejecuté Romance para la profesora de música. Su ceño adusto y su culto por la perfección me hicieron repetir la pieza. Mis manos se derrumbaban pero resistí a pecho abierto sus interrupciones y los cuchicheos de soberbios lobos que me olfateaban como novato. Para sorpresa de todos, incluso mía, me aceptó en la programación de San Valentín. Según ella, la convencí por mi valentía.

El sol se desangraba en manojos de luz sobre las azoteas de la ciudad cuando llamé a mi amada y le dije que si vencí mis temores fue por tenerla en mi pensamiento todo el tiempo. Practiqué lo más que pude mirando las nubes de cobre y veneno sobre un cielo sin estrellas.

El momento llegó. Un día antes había comprado una rosa encarecida por las fechas y se la di saliendo de la primera clase de la mañana. Le mande con mi amigo mensajero un papelito donde le explicaba mi urgencia porque escuchara las notas de mi corazón. Una vez en la parte trasera del majestuoso auditorio Juan Ruiz de Alarcón de la ENP 7, respiré un aire de intimidad entrañable con mis colegas mientras afinaban sus números y aclaraban sus gargantas. Era mi turno. Un muchacho me acomodó una silla y el micrófono. Para combatir el pánico escénico una pared de luz se desperdiga desde los reflectores para oponer una ceguera blanca entre los rostros del público y el que se planta en la cornisa. Aquí es donde los resultados de la práctica flotan por sí solos pues en esos instantes sólo te concentras en no equivocarte. Al terminar se oyeron estruendosos aplausos y reverencié agradecido de la vida a la multitud. No quise aclamar el nombre de ella por respeto y de la misma manera lo hago ahora. Sacudidas las emociones la fui a buscar entre las sombras de cientos de personas desconocidas hasta que la encontré. Intercambiamos palabras pero más que nada una sonrisa y arrobos cálidos.

Una de las lecciones que nos brinda Shakespeare en Romeo y Julieta es cómo declararse amor sin límites, aún más allá de disputas de linajes. Romeo es un varón melancólico que después de enamorarse de Julieta en un baile de máscaras, la escucha por casualidad afuera de su balcón cuando ella confiesa sentirse loca por Romeo. Por encima de cortejos y convenciones sociales, se profesaron cariño franco e incluso se casaron lo más pronto posible como dos fugitivos. Esa es la clave, que cualquier declaración de amor con guitarra en mano desenrede las complicaciones del libertinaje de los enamorados. Que una serenata preludie la desembocadura de un río inaplazable.

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