Hesse y la Noche. Parte I: El canto de las sirenas

Hermann Hesse, escritor alemán, entre sus obras destacan: "El lobo estepario", "Demian", "Bajo las ruedas".
Ensayo | Óscar Cuéllar Briseño

TEATRO MÁGICO

ADVERTENCIA: SÓLO PARA CHIFLADOS. ¡ENTRADA NO PARA CUALQUIERA!

“La Noche, inmemorial creadora de desdenes inmaculados, vigila a sus amados con la cacterística locura de una madre. A ella, nosotros, los espíritus profundos, nos aferramos siempre; a ella acudimos en busca de guerra y paz, de fulgor y opacidad, de estridencia y silencio, de frialdad y calidez. Su manto negro es una invitación al sueño y despertar, al sí mismo y al todo; constante renovarse en medio de estrellas muertas en el vacío; paraíso de luz envuelto en las llamas del infierno; relámpago estrellándose contra la inmensidad. La Noche es destino final y punto de inicio, alfa y omega de infinita obscuridad. La Noche es la nada de los tiempos, y sin embargo nada está más lleno, nada tiene más sentido; nada es menos nada que la nocturnidad. La noche es el canto de los que aman, y nosotros, los inmortales, queremos entonarlo por la eternidad… ¡Queremos amar a nuestra Madre, la gloriosa Noche, por la eternidad…!”

eda9a3fc0c52326891c1fb1bbb38f08a  ¿E  scuchas, lector, los murmullos de los prisioneros? ¡Bastante divertidos! ¿No lo cree? Yo, Satanás carcelero, disfruto de sus cantaletas, bromas convertidas en jirones de palabras musicales. Es característico escuchar, en esta cárcel de almas, a los más pecadores de todos cantar todo tipo de absurdidades. ¿Que quiénes son esos pecadores? ¿Cómo no es capaz usted de adivinarlo? ¡Los expulsados de aquella República del divino Platón! ¡Los soñadores de tonterías! ¡Los saltimbanquis de las palabras! ¡LOS POETAS, mi amigo, LOS POETAS![1]

Este teatro-cárcel fue construido por el todopoderoso para albergar a estos primates tan peculiares, que cuando estaban vivos creían poder desentrañar las relaciones secretas del cosmos a través de las palabras. Sin embargo, lo único que lograron fue presentar lo artificial como natural y lo increado como creado, fomentando el pecado y la anarquía. Por eso su condena es actuar en mi teatro, y representar aquel papel que el hombre vivo, lambiscón y olvidadizo, ha querido asignarles en el guión de la farsa llamada “Literatura Universal”. Vea usted a su derecha a un Shakespeare haciendo de Hamlet insufrible, obsesionado con vengar a un cadáver insignificante, al que llamó su padre; a un Goethe actuando de doctorcillo enamorado, vendiéndome su alma para conseguir lo que cualquier hombre que se precie lograría sin más artilugio que su natural gallardía; a un Victor Hugo interpretando a aquel niño abandonado a su suerte por ser nieto de un regicida, condenado a fingir una sonrisa eterna. A su izquierda, encontrará a un tal Blake haciendo de proxeneta de su querida Albión, a un Baudelaire convertido en albatros de alas desgarradas, o a un Breton buscando a su Nadja en los laberintos del inconsciente. Aquella última frase del emperador loco, Quallis Artifex Pereo[2]… se ha convertido en su gran maldición, pues por toda la eternidad están condenados a la agobiante incomprensión y soledad característicos de la fama del literato ¿Y puede creer que aún hay quién busca tan tremenda absurdidad?

Parece que su vista, querido lector, se ha posado en ese acto patético de allá: Un lobo, a base de latigazos, obliga a un hombre a comportarse como animal. ¡Pero qué buen ojo tiene usted! Se trata de uno de nuestros actores más intrigantes. Su nombre es Hermann Hesse, pero como todos los grandes poetas, era un vástago más de la madre noche.

Madre noche, enemiga de todo y de todos, suele engendrar conmigo a lo más execrable de la humanidad. Sus hijos suelen buscarla como se busca a la vida, sólo para morir en sus entrañas. Inquietos, soberbios, aduladores o grotescos, los frutos de la noche vagan por el mundo, enseñando el lenguaje que sólo otros párvulos como ellos pueden entender, y debatiéndose entre las numerosas inquietudes de su alma y la búsqueda de la absoluta tranquilidad. Seres de extremos, nada equilibrados, que se consumen en los fuegos de este infierno antes de poder probar algo de luz. Sí lector, ese poeta alemán, Herman Hesse, era uno de esos.

¿Cómo, no me cree? ¡Pero siéntese, por favor, y escuche la historia de esta miserable alma! Pronto sabrá el porqué de dicha afirmación. Disfrute conmigo una copa de buen vino infernal de 1945 (gran cosecha en el infierno ese año), mientras lo llevo al pueblito de Cawl, en Baden-Württemberg, Alemania, donde nacería un 2 de julio de 1877 el niño Hermann, hijo de Johannes Hesse, un médico nacido en Weissentein, actualmente Estonia[3], y de Marie Gundert, otra misionera nacida en la India[4].

El padre fue ciertamente una personalidad peculiar. Inmigrante extranjero que simpatizaba con los ideales anticlericales de la revolución francesa, el cautivante veneno del cristianismo acabo convirtiéndolo en pietista. Un poco más tarde el destino lo llevó al pequeño pueblito de Cawl, donde entró a trabajar a una editorial propiedad de la familia Gundert. Allí trabajó con Hermann Gundert, el dueño de la editorial, y pudo conocer a la hija viuda de este, de 31 años, Marie Gundert[5], con quien se casó el 29 de noviembre de 1874.

Marie fue siempre una devota pietista y una abnegada madre que amó profundamente a sus hijos, aunque con Hermann tuvo muchos roces. Los pietistas creían que la salvación sólo se conseguiría mediante una experiencia espiritual individual profunda, que se manifestaba en una educación estricta y opresiva, con el afán de buscar la perfección moral que hacía caminar al creyente hacia Dios. Sin embargo, tal situación fue una carga demasiado pesada para un espíritu tan sensible como el de Hesse, quien tuvo que vivir toda su vida entre aquel impulso vehemente que lo empujaba a romper todas las reglas y el remordimiento causado por decepcionar a su madre, tanto así que podríamos resumir la historia de su niñez y su juventud como una lucha a muerte con ese mundo materno que amaba tanto como despreciaba.

En efecto, Hermann era un niño extremadamente travieso, capaz de meterse un clavo a la boca o empaparse en una fuente; en resumen, un auténtico dolor de cabeza para cualquier padre, tan malo como una sirena[6]. Sin embargo, también sabía ser un niño muy inteligente y piadoso a los ojos de su madre, que escuchaba atentamente sus historias sobre la India y rezaba todas los noches a su señor Jesucristo. Esta realidad dual del niño Hesse lo perseguiría toda su vida. Tal y como Novalis lo expresaría alguna vez en sus Hymnen an die Nacht, Hesse sentiría profundamente la añoranza de la luz, aunque en el fondo sea la noche la auténtica realidad de su alma; instinto destructivo y potencial diabólico, el pecado se despertaba incontenible en su pecho, como una fiera hambrienta recién salida de una larga hibernación.

Los intentos por parte de los padres de controlar al niño Hesse dejaron una huella profunda en la sensibilidad de Hermann. El primero de ellos ocurrió después de que la familia se mudó a Basilea, en 1881, al ser solicitado Johannes para dirigir la revista de una misión pietista en esa ciudad. Allí fue enviado al Centro para muchachos de la Misión, un estricto orfanato donde se educaba a los niños al severo estilo pietista. Hermann sólo podía ver a su familia los domingos, y le causaba una honda impresión el que la mayoría de sus compañeros fueran educados en el centro porque sus padres estaban de misión en la India o en otros países lejanos, siendo que su familia radicaba en Basilea.

En 1886, la familia regresó a Cawl, donde Hermann asiste a la escuela de latín, desde los 9 hasta los 13 años. Resultaría un niño fascinado por las lenguas clásicas, capaz de traducir a Schiller al latín, pero de un temperamento muy difícil de domar. Frecuentemente, Hesse menospreciaba y se mofaba de sus profesores, salvo su profesor de griego. Como estudiante era obstinado, mal portado y difícil de incentivar. Por ello, y a fin de hacer que poner al joven Hermann en cintura, su familia decidió enviarlo a estudiar, al terminar su formación en la escuela de latín, a la ciudad industrial de Göppingen, en la cual permanecería durante dos años, a fin de prepararse para aprobar su examen de estado[7] y encausarse hacia la carrera teológica[8].

La ciudad le resultaba desagradable, y los maestros, salvo Otto Bauer, no eran mejores que en Basilea o en Cawl. Sin embargo, son en estos años marcadamente aburridos cuando se despertaría la vocación de Hermann por la poesía. Y es que a pesar de dominar la música y la pintura, la poesía (en la que veía la natural desembocadura de su rebeldía, ya que “para todo hay escuela, menos para escritor”) finalmente lo atrapó con sus descarnadas garras, incitándole a afirmar aquella lapidaria frase que lo condenaría por toda la eternidad: “seré un poeta o no seré nada”.

¿Ve usted, lector, como los caminos de Dios son siempre oscuros, pero los de la noche resultan siempre terriblemente claros?

Tras aprobar su examen de estado y terminar su formación en Göppingen, Hermann Hesse sería enviado al convento de Maulbronn, donde empezaría su formación estrictamente teológica, o como lo vería él, su reclusión. Esta venerable institución, famosa por formar alemanes de gran renombre (Hölderlin, Kepler, Georg Herwegh[9] o David Friedrich Strauss[10]), era la encarnación más patente de la estricta educación pietista, tal y como nos lo refiere Alois Prinz:

“Durante los primeros días, Hermann tiene que habituarse al horario, que se halla estrictamente determinado. A las 6:30 de la mañana se despierta a los alumnos con ruidosos campanillazos. Veinte minutos más tarde, todos los alumnos tienen que haber terminado de vestirse y asearse, y han de hacer acto de presencia en el acto de devoción matutina. A continuación se sirve un escaso desayuno. Las clases duran desde las 7.45 hasta las 12 de la mañana. Después del descanso del mediodía, se reanudan las lecciones desde las dos de la tarde hasta la hora de la cena, que se sirve a las 7.30. Hasta las 9 de la noche hay tiempo libre. Luego, el acto de la devoción vespertina y la hora de acostarse. En general, los alumnos tienen cuarenta y una horas de enseñanza a la semana. A esto se añaden diversos servicios que se van asignando a cada uno…”[11]

“Dos corazones habitan en mi pecho” decía el Fausto de Goethe. Y ciertamente, los dos corazones de Hermann Hesse tuvieron su primera confrontación explosiva en el convento de Maulbronn. Por un lado, el sentido del deber hacia su familia, a quienes les había causado ya demasiadas preocupaciones por su rebeldía, hacía que Hermann Hesse escribiera a sus padres de forma tranquilizadora, señalándoles lo bueno que era el ambiente del convento y lo bien que se llevaba con sus compañeros. Pero por otro, el llamado de su auténtica madre, la noche, se hacía cada vez más fuerte, conminándolo a extraviarse en las más profundas simas de la melancolía. Ello, aunado a su rebeldía, lo convirtieron en un estudiante mediocre, sin mucha preocupación por mejorar en sus estudios.

En efecto, el joven Hesse no destacaba ni en hebreo, ni en francés, ni en geometría, esta última por no comprender el por qué un cuadrado perfectamente visible debe ser explicado racionalmente. Tampoco le gustaba la gimnasia, debido a los rigurosos ejercicios físicos a los que se le sometía, e incluso las clases de volín, las cuales no le desagradaban en su época en Göppingen, se convirtieron en una tortura para él.

Sin embargo, yo le ofrecí un rescate: la literatura. ¿Cómo, cree que me atribuyo excesivo merito? Debe saber, lector, que la literatura es el arte diabólico por excelencia. Ningún texto literario, ni siquiera la biblia (en la que hay cosas particularmente diabólicas) escapa a los encantos del mayor de mis ardides: la soberbia. El literato es por naturaleza soberbio, y siempre cree eternizar en el papel grandes hazañas y profundas reflexiones, desafiando al creador con su babel de papel, incluso aunque lo niegue. ¡Por supuesto!, para ser literato, y con más razón para ser poeta, se tiene que ser narcisista. Y Hermann no fue la excepción.

El joven Hesse sólo sobresalía en una materia: composición literaria. Para escapar de la asfixiante vida de su enclaustramiento, Hesse se encerraba en los libros, y leía lo mismo a los clásicos (Tito Livio, Ovidio y Homero) que a los modernos (Schiller, Goethe y Dickens). En Maulbronn, llegó a formar un círculo literario con sus pocos amigos, llamado “El pequeño museo clásico”. Aparte de leer, Hesse sólo se dedicaba en sus ratos libres a vagar por el viejo convento, visitando el lago Haurk (le gustaban muchos los lagos) y admirando el paisaje adornado por montañas y bosques. Al respecto decía que:

“…Allí estaba lo desconocido, lo grandioso, la lejanía, el mundo, la libertad. Allí estaba el sendero luminoso para correr en compañía de otros hacia las anchuras; allí estaban las metas ocultas, la grandeza y el ocaso, para todos los que fueran libres. Allí estaban los amigos a quienes yo necesitaba; allí estaban los consejeros y los conocedores de mis intimidades; la curación y el aire libre para mis mudas preocupaciones y aflicciones…”[12]

Aflicciones que estaban al acecho. Aflicciones que sólo tenían que aguardar, calladas, en el corazón de aquel joven callado de Cawl. Aflicciones que irrumpirían violentamente, anunciando la gran tormenta de rayos que habría de forjar, a través del dolor de sus años de formación, al poeta-escritor que ganaría el Premio Nobel de 1946: Herman Hesse.

Estepario.logo.E

 


Notas al pie
[1] Sobre este particular, hay que decir que el vejete Dios de arriba no sigue las convenciones humanas, y frecuentemente castigará por analogía y hasta por mayoría de razón a aquellos que, no siendo considerados por los humanos como poetas en sentido estricto, sino como grandes escritores en general, tengan las mismas intenciones que los perversos poetas en el sentido humano del término.
[2] “¡Qué artista muere conmigo!” frase que, según refiere Dión Casio, pronunció Nerón al ser apuñalado en la carótida por su esclavo Epafrodito.
[3] En la época en que nació el señor Johannes, esta ciudad era parte de Rusia, por lo que el padre de Hesse contaba con la nacionalidad Rusa.
[4] En lo sucesivo, lector, este príncipe del mal se apoyará en los valiosos datos de las biografías de Hesse escritas por Alois Prinz y José María Carandell, mismas que se refieren al final de este texto, y ello para combatir una arraigada mentira: no es verdad que el diablo sepa más por viejo o por diablo, sino que lo poco que sabe, lo sabe por lector.
[5] En su diario, Marie Gundert escribiría la impresión que le causaría el primer avistamiento del que sería su esposo: “Parece como si estuviera hecho para un mundo mejor”… atinada semblanza que pareciera describir también a su futuro hijo.
[6] Marie Gundert nos refiere una anécdota que ilustra bastante bien el temperamento del niño Hesse: Una noche, en su cama, Hesse canturreaba una melodía que había compuesto para un poema de su invención, y dirigiéndose a su padre, espetó: ”Mira, canto tan bien como las sirenas y soy tan malo como ellas”.
[7] Este examen acreditaba, si se obtenía una buena calificación, que el muchacho en cuestión había asimilado su educación básica y que estaba listo para empezar su formación ulterior, para eventualmente formar parte de la burocracia, la academia o la carrera teológica.
[8] No hay que olvidar que en la Alemania protestante de aquel tiempo la carrera de teología poseía un gran prestigio social, y permitía no sólo convertirse en pastor o predicador, sino también acceder a la burocracia y a la academia.
[9] Poeta alemán de finales del siglo XIX, que estuvo fuertemente involucrado en la revolución de 1848 y compuso varios himnos para el Allgemeiner Deutscher Arbeiter-Verein (Asociación General de Trabajadores de Alemania) o ADAV, partido fundado y dirigido por Ferdinand Lasalle.
[10] No confundir con el músico del mismo apellido. Se trata de un teólogo Suabo autor de “La vida de Jesús” obra que en su tiempo le otorgó una gran celebridad. Como nota curiosa sobre Strauss hay que destacar que se granjeo la enemistad intelectual de dos de los más grandes filósofos de su tiempo: Karl Marx y Friedrich Nietzsche, siendo este último el que lo atacaría más vehementemente con su primera intempestiva “David Strauss el confesor”.
[11] Prinz Alois, Ruiz-Garrido Constantino, tr. “Y todo comienzo tiene su hechizo. Biografía de Herman Hesse”. Editorial Herder, Barcelona, España, 2000. Pág: 63-64.
[12] Citado en ibid, pág 67, tomado de Erwin, Erzählung, Lustig (Gelterkinden), olden, 1965, pág 95.
FUENTES
Prinz Alois, Ruiz- Garrido Constantino, tr. Y todo comienzo tiene su hechizo. Biografía de Herman Hesse. Editorial Herder, Barcelona, España, 2000. 398 pp.
Carandell, José María, Herman Hesse, Editorial Barcanova, Barcelona, España, 1984, 133 pp.