El fénix inglés

Nervio desnudo | Columna

Jesús Briseño Vázquez

 

 la  paradoja del actor es que debe abrir su gama de sentimientos para encarnar un personaje ficticio, no así mismo. Contraer nupcias espirituales con ese alter ego es riesgoso pues desvanece la personalidad en la borrasca de la incertidumbre. Todo hombre que se diga conquistador ha pensado vestir una piel como la de James Bond, viajar a lugares exuberantes para consumar viriles epopeyas y deleitarse con manjares femeninos en pago. Aunque ser un patán elegante resulte un modelo a seguir bastante rentable, los costos de suplantar nuestro carácter verdadero por uno así pueden llevarnos a una miserable soledad.

Sin ir más lejos, en el rodaje conmemorativo Skyfall nuestro agente 007 sufre un descalabro de conciencia después de ser traicionado por los suyos. Todo se derrumbó con su caída desde las vías del tren: su lealtad a la Reina, su licencia para matar, su pose de asesino refinado. En el exilio fornicaba mujeres por inercia. Para distraerse, apostó su vida por alcohol retando un alacrán a que lo picara en el dorso antes de beberse su trago. El espejo le devolvía la imagen de un semental vencido con las cicatrices aún sangrantes. Después de todo, desear la vida de un espía de calibre tiene sus desventajas. No en balde Daniel Craig, actor del mítico héroe, declaró su preferencia por cortarse las venas antes que interpretar de nuevo a James Bond. Sólo pude comprender tal sentimiento perdiendo la confianza en mí mismo.

Cursé Juicios Orales en Materia Penal un semestre después de lo debido. Uno de mis defectos, la postergación, me abrigó augurios de derrota durante toda la carrera. Siempre me sentí de otra parte, inferior. Además me seleccionaron como abogado defensor en un caso por lo demás hostil: un homicidio calificado contra un muchacho recién graduado de la universidad y con una familia por mantener. Los hechos ocurrieron en una fiesta, en la casa de un conocido del barrio. Alrededor de la media noche hubo una riña que terminó con una herida mortal de arma blanca en el tórax de la víctima. La policía se apersonó a pocos minutos y apadrinó testigos no presenciales. Primera ventaja. En su ronda los oficiales detuvieron cuadras adelante a un sujeto con las características vagas que brindaron supuestos festejantes: un pantalón de mezclilla y camisa blanca, ni siquiera el color de piel, ni la estatura, y la edad congeniaba con la de todos los presentes. Procedieron a detenerlo sin una orden. Para su desgracia portaba el desarmador ensangrentado con el que presuntamente cometió el delito. Al trasladarlo ante las autoridades existió una irregularidad de tiempo pues del sitio de aprehensión hasta las galeras hubo siete horas de por medio. Lapso a todas luces violatorio de sus derechos y que posiblemente utilizaron para torturarlo. Segunda ventaja. El examen pericial no fue concluyente ya que no vinculó de ninguna manera el desarmador con el homicidio, además no se practicó prueba para demostrar que la sangre del desarmador coincidía con la del occiso. Tercera ventaja. Todos los testimonios adolecían de contradicciones, empezando por el mismo día del hecho. Cuarta ventaja.

El dilema de defender homicidas es equiparable a cuando James Bond extermina enemigos. Aunque se hacen en beneficio de un frágil orden social, son trabajos que muy pocos desean. Pero aclaremos algo, si ejecutáramos delincuentes antes de someterlos a juicio, estaríamos a un paso de la barbarie mostrada en las películas de Bond en donde la justicia se reclama con las armas. Por eso hay una extraña nobleza en los abogados defensores. Cuestión que no entendí en ese momento.

Sin los pies en la tierra, a mis veintidós años era un sujeto frustrado. No vislumbrar un futuro nítido me generó angustia y la sensación de desperdiciar la vida. En añadidura las cosas no marchaban bien con la literatura pues, al igual que las mujeres que amé, no fui correspondido por ninguna editorial. En ese tipo de soledad uno está encajonado, con ganas de darse un tiro. De pronto divisé la oportunidad que siempre quise pero que nunca fui capaz de tomar: ser otra persona. Estudié los documentos y subrayaba una y otra vez lo necesario. Me puse saco y corbata y aplaqué mi cabello. Los nervios me carcomían vivo, tanto que concentrarme resultaba imposible. Trataba de recordar cada paso del proceso bajo un desfile de maniobras y argumentos prefabricados. El agobio embotó mi cuerpo, en las piernas me corría un hormigueo frío. Decidí desahogar la tensión en los brazos de una prostituta. Me parecía detentar un poder absoluto al sujetarla por las caderas y embestirla. Qué patético es un hombre que requiere una imagen artificial de sí mismo para sentirse gallardo, en especial con las mujeres. Al final del día, esa irrealidad se trastoca en prepotencia, hermana de la vileza y la mentira.

Todo pintaba de lo mejor. Con el micrófono encendido y el juez al frente iniciamos. El fiscal y el auxiliar del Ministerio Público eran un par de inmisericordes. Aun así, no encuadraron el asunto conforme a la ley. Aproveché las circunstancias y el juez puso en inmediata libertad a mi defendido. Después mis oponentes dieron pataleos y no aceptaron el fallo. Exigían corregir sus errores fuera del momento procesal oportuno. Fue tanta su terquedad, y tanta la pasividad del juez, que me vi obligado a rebatirles cada cosa que decían. La profesora intervino y en un gesto de buena fe me levanté para estrecharles la mano.

Victorioso, el humo de la vanidad me cegó. Todos me felicitaban como nunca. De ser marginal recibí palmadas de admiración. ¿Cuánto había sufrido para que mi autoestima se levantara con cosas tan superficiales? No fui un mal ganador en el sentido de humillar al rival, pero sí lo fui al desorientarme. Los complejos que me abrumaban se disolvieron y pude mirar a los ojos a cualquiera. Me confié. La fuerte presión de ganar se tradujo en cansancio, hastío. El ejercicio continuó en la siguiente clase. Simularíamos que perdí y que al inculpado se le vincularía en una serie de debates donde ya no se argumentaría la ilegalidad de la detención, sino cómo afrontaría las investigaciones en su contra, en libertad o en prisión preventiva. En mi turno de hablar callé. Más bien, balbuceé tonterías. Y luego callé. Sentí tanta vergüenza que casi deserto del curso. Por semanas traté de sacudirme y participé cuánto podía, aterrorizado. En consecuencia, siempre fallaba, invariablemente.

Cuando el ex agente Silva destruye las oficinas operativas del MI6, el 007 retorna de sus cenizas como un fénix más bien alicaído. El régimen de pruebas para reingresarlo al servicio secreto fue un completo desastre. La puntería errada, el cuerpo atrofiado y un enfermizo rechazo a las autoridades lo evidenciaron. Todo lo podrido se le vino encima como una bola de nieve que crece poco a poco en su rodada. Curiosamente lo único que sobrevivió al atentado fue un bulldog de porcelana envuelto en la bandera británica, mismo que constituyó la herencia de Bond a la muerte de M. Nuestro espía lo detestaba, era feo y colorido. ¿Por qué M se lo dio entonces? Por ser el símbolo de la lealtad y la resistencia, virtudes apropiadas a las inclemencias de vivir al filo del abismo.

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