el descalabro creativo

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, Perú, en marzo de 1936. Entre sus obras destacan "La fiesta del Chivo" y "La casa verde".

Cinco esquinas de Mario Vargas Llosa

[artículo] | Adolfo Ulises León

 

  en   marzo del 2000 Mario Vargas Llosa publicó en Letras Libres una reseña dedicada a El viejo y el mar. En términos generales, elogia el relato como el más bello y perdurable en la obra de Hemingway: lo erige como símbolo del mito moderno donde los hombres encuentran la dignidad en el fracaso. Sin embargo, para acrecentar el valor de El viejo y el mar, el escritor peruano no dudó en afirmar que la novela inmediata anterior, Más allá del río y entre los árboles, constituyó el peor fracaso literario en la carrera de Ernest Hemingway. Acusa a dicha obra de estar “llena de estereotipos y gesticulaciones retóricas, que parece elaborada por un mediocre imitador del autor de The sun also rises”. ¡Quién diría que diecisiete años después, Cinco Esquinas, la última novela de Vargas Llosa, podría ser acusada en los mismos términos que él señaló para Mas allá del río y entre los árboles!

Para hacer de Cinco esquinas un libro atractivo, los encargados de marketing de Alfaguara creyeron conveniente acompañar los ejemplares con un cintillo que contiene la siguiente frase: “Una novela erótica que se convierte en un thriller político”. Presentan como un mérito lo que, al menos para mí, constituye su peor defecto: la sensación de que Vargas Llosa, por primera vez al escribir, no tenía idea de hacia dónde ir y de que esta falta de planeación dejó a su paso una gran cantidad de inverosimilitudes y permitió que sus ideas políticas se colaran y contaminaran la ficción. Aunque a simple vista una novela es eso, una impresión totalizadora de la vida donde conviven caóticamente el erotismo, la doble moral, el espectáculo y el juego sucio de los políticos; en el caso de un escritor realista, como predica Vargas Llosa, este caos es sólo aparente, consecuencia de un armonía perfecta entre la verosimilitud y la estructura, y bajo ningún motivo la caracterización de los personajes y la elección de las circunstancias deben servir para forzar o sugerir una demostración de tipo ideológica.

A grandes rasgos, Cinco esquinas cuenta la historia del chantaje que Enrique Cárdenas, empresario minero, recibió de Rolando Garro, director del semanario de espectáculos Destapes. Cárdenas rechaza el chantaje y Garro publica las fotografías donde se ve al empresario participar en una orgía. Tras el escándalo, Rolando es encontrado muerto de manera violenta y el principal sospechoso es Enrique. Julieta Leguizamón, reportera de Destapes, en un acto de contrición, renuncia al espectáculo y opta por hacer periodismo serio, sólo entonces conoce la verdad: el asesino de su jefe se encuentra dentro del gabinete de Fujimori.

Hay, además, dos tramas secundarias, cada una de cuatro capítulos. La primera es la relación sexual entre Marisa y Chabela, esposas, respectivamente, de Enrique Cárdenas y de Luciano —abogado y amigo de éste. Son mujeres cuya vida transcurre entre el gimnasio, cafeterías y, si les place, toman un avión y se regocijan en Miami. Sus encuentros se reducen a felaciones y besitos en las orejas. La segunda cuenta la decadencia de Juan Peineta, un actor de radioteatros cuya vida arruinaron las críticas de Rolando Garro. Está obsesionado con él, le envía cartas de odio cada semana y el día que Garro muere, Peineta es el hombre ideal para ser inculpado.

En Vargas Llosa el uso de “vasos comunicantes” es toral. Este mecanismo le permite fragmentar la historia en tiempos y espacios muy distintos; además, mientras en un capítulo esconde información, en el otro la sugiere. Al terminar la novela, la suma de los vasos no significa que todas las indeterminaciones se disipen, significa que el conflicto principal se llena de matices, abriendo así las posibilidades para interpretarlo. Por ello, me parece que las tramas secundarias de Cinco esquinas no enriquecen la ficción, las más de las veces la obstaculizan. Imaginemos que suprimimos del libro los capítulos de Marisa y Chabela, y de Juan Peineta: ¿acaso Fujimori se abstendría de matar a Rolando Garro? ¿Rolando Garro evitaría chantajear a Enrique Cárdenas? ¿La prensa sensacionalista dejaría de ser una consecuencia del autoritarismo? ¿Julieta Leguizamón ponderaría el bienestar antes que la libertad? Si no es así, entonces ¿qué funciones —fuera de las estrictamente ornamentales— cumplen Marisa, Chabela, y Juan Peineta?

Sin embargo, el error más grande de Cinco esquinas es la inverosimilitud. Un error que da al traste con los postulados estéticos de Vargas Llosa y, como consecuencia, con un imperativo que no se cansa de pregonar: el escritor realista muestra, no demuestra. Es decir, el narrador es un estricto observador de las cosas, es una muralla entre las opiniones políticas y prejuicios de los autores y las de los personajes. Si llegaran a colarse, en lugar de escribir una novela se obtendría un panfleto. Una buena novela ofrece al lector varias posibles interpretaciones, el panfleto sólo ofrece una.

De todos los panfletos literarios posibles hay unos bastante simplones. Por ejemplo, cuando el narrador adjetiva y contrasta: “el pobre campesino se dirigió al trabajo donde lo esperaba el violento capataz”. Otros abusan de tópicos medievales o clásicos, identifican la fealdad física con la pobreza moral, la culpa con el castigo y la procedencia con el destino. Por increíble que parezca, en Cinco esquinas tenemos un Vargas Llosa que disfraza sus prejuicios y convicciones políticas con recursos tan obvios.

Empecemos con Enrique Cárdenas, empresario honorable, bien parecido, buen marido y digno en la adversidad. Prefiere mostrarle al mundo sus pelotas antes que financiar con un peso el espectáculo; mientras el resto de empresarios —frente a las medidas restrictivas que Fujimori ha impuesto para frenar el terrorismo del Sendero Luminoso y el incremento de los costos en seguridad y producción— sacan sus capitales y centros de operación del Perú, él dice no, se la juega por el desarrollo de su país.

El caso de Rolando Garro es más evidente. En su primera aparición, el narrador nos dice que el director de Destapes es un enano con extremidades flácidas, voz chillona y andar simiesco: “Todo en él parecía feo y huachufo […]. Enrique advirtió, incluso, que apestaba a sobacos o pies (p.21)”. Más adelante, se nos revela que, desde niño, Rolando quedó huérfano, creció en barrios pobres, aprendió todas las formas del engaño y odia lo que no tiene. Es sucio, “estaba vestido con la ropa de dos semanas atrás (p.95)”, jefe déspota y despiadado con sus víctimas “Se trata de hundirla y encharcarla […]. Se trata de que la echen del show por fea, por vieja y por no saber mover el poto (p.52)”.

La oficina de Destapes —un cuchitril con la pintura cayéndose de los muros y mesas desvencijadas— es la representación a escala de lo que para Mario Vargas Llosa es la prensa de espectáculo: un mundo vil, deshonroso, plagado de seres horripilantes, malolientes, muertos de hambre, que viven de extorsionar a las personas, de exponerlas y humillarlas. Las portadas de Destapes se reducen a “tetas deformes, una barriga y un poto monstruoso (p.51)”, y, si se lo propone, es capaz de hacer “temblar a los guionistas de radio y televisión, a los productores (p.54)”.

Vargas Llosa perdió de vista cuál es la lógica del espectáculo. A diferencia del periodismo político, que sí es susceptible al chantaje, la prensa de espectáculos no vive de atacar ni amenazar, vive de agradar y engrandecer. Busca el glamour, no lo grotesco. Su personal es frívolo y delicado, no harapiento. Obtiene ingresos porque las personas desean pertenecer, aparecer y no porque quieran ocultarse. El periodismo de espectáculos no pretende desmontar ficciones, por el contrario, las pacta, las crea y les echa leña. No pelea con la televisión ni con la radio, no sólo porque sean muchísimo más fuertes sino porque son sus principales proveedores de materia prima. Es más, con las estrellas de televisión y de cine en la punta del escrutinio público, ¿suena sensato que a finales del siglo XX una revista sea capaz de detonar escándalos nacionales exponiendo a viejas bailarinas de cabaret y actores de radioteatro? ¿Es factible que estos escándalos sean capaces de vender cantidad de ejemplares y que los ingesos no se reflejen por ningún lado? ¿Será posible que la difusión obtenida les bastara para subordinar a los medios de comunicación masiva? ¿Acaso esta insignificante publicación podría representar una seria amenaza para Fujimori?

Mario Vargas Llosa, escritor realista, diseñó el espectáculo a modo de su demostración: la prensa de espectáculos es vil, grotesca y corrupta porque así es el autoritarismo que la posibilita; sin embargo, siempre habrá un individuo que hará uso de su libertad y él sólo será suficiente para derrocar cualquier régimen.

Después del fracaso que le significó Más allá del río y entre los árboles, Hemingway, además de El viejo y el mar, escribió A Moveable Feast, una novela bellísima que se publicó póstumamente y relata con nostalgia los años en que Ernest se ganaba la vida como reportero en París en compañía de Scott Fitzgerald, Gertrud Stein, James Joyce y Ezra Pound. A diferencia de lo que muchos creen, Hemingway tenía horarios estrictos para leer y escribir, y sólo algunos ratos libres los ocupaba en juergas. Hemingway cerró su carrera literaria con una obra de amor, devoción y vocación por la literatura. ¿Será Cinco esquinas el canto de cisne de Mario Vargas Llosa?