los cachorros | Mario Vargas Llosa

"El perro de la paz", David Alfaro Siqueiros
[reseña] | Jesús Briseño Vázquez

  en   esta obra corta, el veterano novelista esbozó una crítica mordaz contra el machismo y las convenciones de una sociedad enjuiciadora de lo distinto. La vida de Pichulita Cuellar, joven frustrado en lo más hondo de sí, no es nada fácil: todo comenzó de niño cuando se le castró de urgencia después de un altercado violento con un perro. La trama revela a la hombría, por una parte, como una manera de sobrevivencia del personaje en un ambiente hostil, y por la otra, como una compensación a su condición de desvalido en lo físico y lo moral.

Al rodar de los años, la evolución de Cuellar se torna una lenta y dolorosa degradación con más altibajos que momentos estables, hasta acabar lapidado bajo su propia miseria. En añadidura a las experiencias intensas de la juventud, el conflicto por no ser normal provoca en Cuellar un peso extra a su dolor. Ejemplos de ello se manifiestan en su trato con los demás, tajante y agresivo, siempre a la defensiva; en su amargura nacida de no poder amar por miedo al rechazo y a la burla; en la ansiedad por sobresalir y ser el hombre entre los hombres, poniendo su vida en riesgo con el objetivo de probar sus agallas, no frente a los prejuiciosos e indolentes, sino ante sus fantasmas que lo carcomen vivo; en su carácter huraño que lo enferma, insensibiliza y acompleja; en la complicidad de sus amigos y su familia que lo consienten al grado de no darle auxilio sino de sobrellevarlo en actitud condescendiente.

El perfil dañino de Cuellar se pone de relieve en escenas donde un impulso desmedido y brutal lo lleva a conducir a toda marcha su lujoso automóvil y después su motocicleta, sin medir la ondulación de las carreteras o el fondo de los abismos. También en su necedad de domar olas altísimas como si estuviese librando una batalla a muerte con la naturaleza. Incluso su morbosidad lo lleva a preguntar a sus amigos, en un tono de obsesiva demencia, cómo y cuándo hacen los actos amatorios con sus novias. Sin embargo, esa personalidad vivaracha sufre duras recaídas y se aplaca a la hora de declararle su amor a las mujeres, o simplemente al convivir con otros en bailes y demás reuniones. De igual modo, como fósil de la melancolía, se convierte en la cabecilla de un grupo de adolescentes donde él representa la fuente del descubrimiento y del vicio iniciático, vagando por las calles con ellos para gastar el tiempo…

En cuanto al acabado de la novela podemos afirmar que está escrita con mucho vigor, apreciable en las marejadas de coloquialismos que dotan de veracidad a la narración, sumergiéndola dentro de una sociedad determinada: la peruana (latinoamericana por extensión) en una época marcada por el envilecimiento colectivo. Esto es importante para la forma o estructura pues el novelista busca entretejer la visión objetiva y subjetiva del mundo, alternando el punto de vista íntimo de la primera persona y el panorama descriptivo del narrador omnisciente, enriqueciendo la experiencia del lector en cuanto al alcance y dimensión de la realidad.

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