la tumba del beduino

"Pedregal con figuras", David Alfaro Siqueiros
[Nervio desnudo] | Jesús Briseño Vázquez

 

  el  sol meridional arrasa el desierto. De un aironazo las arenas cambian el relieve de las dunas. El horizonte vaporoso escapa más allá del alcance de la mano. El ermitaño que avanza, un viejo despellejado y con la barba enmarañada, delira espejismos donde ríos cristalinos emanan de piedras requemadas. Luego, desesperado, al borde de la muerte, da un sorbo al aire caliente y se desploma con la mirada clavada en el cielo. A contraluz divisa el vuelo circular de los buitres. El hombre no reza ni parpadea, tan sólo espera las maniobras y picotazos que pondrán fin a su existencia.

Quizá esas aves carroñeras lo llevan acompañando desde mucho antes, cada una desentrañando entre la podredumbre que dejó a su paso. Lo merodean a la espera de arrancar su corazón definitivamente. Representan lo peor de su carácter, alados verdugos formando círculos viciosos alrededor suyo.

Así es el desenlace de mis días. No herido en batalla por el sable, ni agonizando a mis anchas en una cama. Sino mirando a esos buitres a los ojos mientras graznan con sorna. Cada vez que me cubro de la resolana, uno de la bandada reposa en la rama de un árbol esquelético. En su pico machaca un revoltijo de gusanos y lagartijas para vomitarlo a mis pies. A diferencia de los agoreros romanos, entre las vísceras fétidas no vislumbro el futuro, pero sí el pasado.

Me veo cruzando un corredor con salones enumerados al infinito. Ese recinto ajeno a mí aún es ocupado como colegio. Después, en el verano, su alberca sirve de refugio para tritones de chapoteadero. Las madres de los nadadores vigilan sentadas en sillas de plástico, bajo el área destechada, respirando el aroma del cloro. Yo braceaba con mis extremidades de niño, berreaba en lugar de dar pataleos. Al final terminé por no acudir más. Y no fue la única vez, al menos dos veces repudié otros cursos de natación. Llegado el momento de la verdad y de lanzarme a nadar sin tocar fondo, me acobardaba y lloriqueaba sin remedio.

Ya siendo adolescente, tuve la oportunidad de inscribirme a clases de computación. Nos enseñaba un sujeto de carácter chispeante, muy profesional y gran conversador. Contra todo pronóstico, aguardaba con entusiasmo el sábado de cada semana. El grupo era numeroso, alegre. Durante los recesos visitábamos juntos la plaza comercial, comíamos cualquier antojo y jugábamos hockey de mesa. También salíamos a la intemperie a recorrer callejuelas y los parajes de un parque descuidado. Hice buenos amigos, como Fernanda, que además fue mi apreciada confidente, o Eduardo, un chico pocos años mayor, con afectaciones de galán y que por esas épocas cometió un desliz típico de fiestas y por un pelo no se volvió padre. Siempre platicábamos a carcajadas de cosas intrascendentes y, dicho sea de paso, de mis líos amorosos.

Me resulta imposible no evocar a Érika, una muchacha con el cabello recortado y castaño que al sonreír entornaba los párpados y abría su corazón. No era muy cercano a ella. Sin embargo, en la feria de mi barrio le gané un premio —un gatito transparente con entrañas de arena de colores— en un concurso de ponchar globos a punta de dardos. Quería obsequiárselo la siguiente clase. Pero jamás regresó. Al parecer su padre decidió hacer acto de presencia en su vida. La sensiblería me influyó a bautizar mi primera guitarra como “Chachita”, apodo por el cual conocían a Érika y que, por aquel entonces, no sabía su significado. El gatito duró más de cinco años conmigo.

No sólo ella se fue, el grupo entero se desintegró. Más que aprender de software y de hardware, en realidad buscaba una familia. A la postre yo también los abandoné. Tengo un sentimiento similar ahora que la luz desaparece. Una tormenta de arena se aproxima cabalgado remolinos y tempestades. Los cactos erizan las espinas y estallan sus flores debido a un mal presentimiento. Trató de huir en dirección opuesta, hacía donde las caravanas de beduinos arrean a sus camellos. Se amparan en cuevas cercanas o montan sus tiendas de acampar con sedosas alfombras rojas. Los rostros de las mujeres cruzados por mantas oscuras exponen un par de ojos fulgurantes. Entre tanto caos doy un alto para volverme y asir mi pasado, pero un rapto de melancolía en forma de arena movediza me atrapa. No grito por mi boca porque la soledad es un grito silencioso. En cambio, ante la tormenta que se avecina, permanezco tranquilo y sin moverme.

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