segunda pubertad

Miller Chaverría

Escritura automática

  42  veces rebotó sobre el borde inferior de la pantalla el ícono de Word antes de que abriera. Los ventiladores suenan mucho, hacen un gran esfuerzo para que la computadora no se queme. Otra vez pienso que si quito el estuche va a dejar de sobrecalentarse, pero no hay ninguna diferencia, no importa.

Escribo esto desde la oficina que tenemos en casa y que compartimos mi mamá y yo. Dentro de poco vamos a viajar juntos por primera vez; y aunque ella haya pagado todo, sigue con la cama donde duerme desde que yo nací, sigue con la computadora de escritorio del 2007. A la última ya no se le puede actualizar el sistema operativo pero sigue funcionando para calcular cosas en Excel.

Esto es, sin haberlo practicado antes, escritura automática: escribir lo primero que viene a la mente. Dicho esto, puedo verme con 13 encima de una montañera verde acelerando el paso, levantado del asiento para después hacer una maniobra en la que se apoya un pie sobre el concreto, antes de frenar y derrapar, dejando una marca de llanta en una semicircunferencia negra y perfecta.

Vamos a ir a España, pero no a Portugal ni a Francia. Su apego es a los límites. Un único hijo dando vueltas todo el día a la misma manzana.

42 tuvo ella hace 7, yo dentro de 16. Estoy a un adolescente en pubertad de estar en la misma posición temporal que mi madre. Mi segunda pubertad.

Los ventiladores suenan mucho y me pregunto si esa corta vida de las computadoras se puede calcular en años humanos como la de los animales. Si la tengo desde el 2011 y acaba de empezar el 2017, según la regla de los 7 años, mi computadora está por cumplir los 49. Igual que mi mamá.

Este soy yo a los 26, apoyando un pie sobre concreto, antes de derrapar y marcar la otra mitad de la circunferencia.

Después del viaje, le he dicho, iniciaré mis segundos 16 en otra parte. Antes, le dejaré mi portátil con la última actualización de Excel e instrucciones claras sobre cómo transferir documentos de la computadora de escritorio a esta sin usar llave, sin que las aspas de adentro se agiten mucho.

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Nighthawks Morning Sun ilustran este artículo. Ambas del pintor estadounidense Edward Hopper

Imagen de Ana

  T  omé el tren para evitar el colapso vial y de paso las consecuencias emocionales que someterse a algo así, conlleva. No necesito más estancamiento, si saben a lo que me refiero.

Iba lleno y estaba caliente. Los ojos me ardían mientras unas profesoras recordaban al niño que hoy no fue a la escuela. Él también, quizá, le esté huyendo a algo.

Hoy Ana se graduó pero la universidad solo le entregó dos entradas para la ceremonia; ella se las dio a los papás y eso me pareció bien y hasta bonito. Yo me les uní al café.

Mientras la señora de Uber que me llevó a Escalante hablaba sorprendida del cambio que había experimentado el barrio, pensaba en lo que iba a pedir: algo pequeño y salado con un café negro, para no sentirme tan mal cuando el papá de Ana pagara toda la cuenta.

Pensé en decir, “no, no se preocupe don Diego, yo pago mi parte”, pero todos sabemos que ese acto de consideración económica es ridículo, cuando el que se ofrece a pagar es un adulto con verdaderos ingresos, que además, no te lo va a permitir.

Pedí un pie de Limón, café con leche y me comí una mini pita que dejó la mamá de Ana.

Más tarde, tomamos y fumamos fuerte en el bar que Ana dice, se sostiene por la gente de su escuela. Llegaron otros graduados y personas desconocidas. Hubo gritos, juegos, conversaciones en tono solemne y coqueteo.

Al final de la noche, el que en algún momento pensamos era el dueño, y que bueno, es al parecer, dueño de al menos una fracción de la barra; ya obnubilado y con pequeñas partículas de saliva seca en los labios, nos dijo, “este bar se sostiene por ustedes, carajillos, salud”. Por eso y porque Ana ya está graduada, el tipo la invitó a uno, dos, tres shots de guaro que terminaron por desestabilizarla.

Adiós a todos. Uber otra vez y al aparta de Ana.

Cuando estaba tratando de ponerle el pantalón de dormir, se levantó al baño a vomitar. Fui detrás de ella.

Debo decir que, extrañamente, ese fue uno de los momentos más eróticos de mi vida. Su posición, las nalgas suavemente apoyadas sobre los pies, dejaban entrever la punta de los dedos. La forma en que cerraba los ojos con una expresión neutra para luego expulsar alcohol y líquido. Los sonidos controlados, básicos y mecánicos de su cuerpo buscando el punto de balance. Era todo una coreografía mínima, una experiencia sexual y estética.

Ver a Ana vomitar por primera vez. Y suena así, pero, verla vomitar tan bien.

No quiero olvidar ese fotograma: la mitad superior de su cuerpo vestida y sujetada delicadamente del inodoro; la otra semidesnuda y arrodillada. En un acto casi ritual, su cuerpo devolvía agua al agua.

Antes de acostarnos, puse en su mesa nueve hojas de papel higiénico y el celular. No dormí nada, pasé la noche prestando atención a su respiración, pensando en que ver a tu novia vomitar por primera vez y encontrar en eso belleza, es también una especie de graduación, una suerte de avance. En que esto somos en la mitad de los veintes.

La idea que fabricamos en la adolescencia de lo que supuestamente seríamos para este momento, se confronta con el punto alto de la madrugada, con la goma antes de cerrar los ojos y el título tirado sobre la pila de ropa sucia. Con la sensación de que, en esta vida que solo se alcanza a vivir de noche, los fluorescentes de ese bar son lo más cercano que tenemos a estar debajo del sol, de algún, digamos, puerto mexicano.

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