De un rincón en Coyoacán que era una estrella 

[poesía] | Frank García Trillo

 De un rincón en Coyoacán que era una estrella

  nacen huérfanos mis días cuando despierto hastiado de tu ausencia.
El ebrio suspiro que cada noche me acompaña se aleja al alba, temiendo tu violencia, tu fuego.

Eres bosque, jardín “domesticado” de una alta sociedad. Tus mejillas son los llanos de mi infancia
con cálidos arroyos,
con rojos atardeceres,
con besos que no comprenden que son besos.

Eres el sol, en esas casas amarillas y naranjas, en esas ventanas
en esas fuentes y en esas piedras.
Metáfora de los rincones que mis dedos y mis ojos exploran
mientras agoniza nuestro despertador.
Eres una esquina donde se fusila a un huérfano,
donde el pan y las tortillas
alimentan a esos cuervos que en el viento anidan,
donde nuestro himno es el instante y
la patria esa mancha de lodo en el concreto.

De un rincón de Coyoacán aprendí del sueño que cada farola esconde.
Soñé de nuevo en caballeros que nunca son yo mismo
que rescatan a princesas del olvido.

Crecí con cada rama, rompí y levanté todas las piedras,
ante el mar -fuente o charco- no retrocedí
y a ninguna historia le quedé a deber.

Busqué aristas en esferas,
abdiqué por la belleza monárquica de las estrellas
y en la cristalina pureza de la idea
asimilé lo sublime que es la curva de tu más piadosa arma.

Y ante esos coyotes, los de la mente o quizás los de la fuente,
me desnudé y salté hacia ti.
Ninguna realidad me satisfacía desde entonces,
pues fui ave en comercios y míseros antros, abeja en
florerías hipotecadas y alguna vez un gato en olvidadas librerías.

Acariciaba tu piel y creí que era la luna.
Fui creyente entonces,
pues te buscaba
para ver una estatua
que a veces sonreía, otras veces se apiadaba de los Cristos.
Lloraba granates y rubíes, comiendo de vez en cuando el delicioso dátil de la crueldad.

Deliciosa, elegante, toda una mademoiselle.
Vanidosa, tirana, cruel.

Fuiste el oso, el jaguar y la serpiente.
Eres Eva, Sarah y Raquel.
Serás Venus, Diana, Eurídice.

Con mis gritos llamaré la primavera y tu anacrónico corazón seguirá pidiendo invierno.
Cuando mis manos supliquen tu verano,
tus rincones polvosos me alejarán de ti.
Y cuando quiera el invierno y con ello el fin,
los lazos de tu pelo me atarán al mundo.

pinturadebreuApogeo

  gritando los axiomas,
declamando los sinsentidos,
susurrando tus premisas,
callando mis conclusiones:

Me baso en la naturaleza,
en la geometría de los sucesos
la precisión de los actos.
No busco el símbolo, sino
el objeto.

No busco las estrellas que ardieron
sino la noche que los cobijó.

No busco los sueños ni los olvidos
ni el pérfido reloj que los sustrajo.

No quiero que nada vuelva
pues nada se fue, nada llegó.

¿Qué prescinde a nuestro supremo tribunal?
¿El honor, la palabra?
¿La verdad y la liviana justicia?
¿O acaso los ruines
deseos que justifican
lo que hacemos?

Al igual que todos los cuerpos,
el mío, el nuestro, el tuyo
sigue su curso a donde
naturalmente corresponde.

No hay mejor desencuentro
que el encuentro en el sueño.
No podría caber mejor adiós
que ese que sucede
cada siglo
en cualquier lugar.
Ítaca

  no quiero venir, de y por.
No deseo mañana, ni otra
vez el sol.
Sueño con lo eterno,
lo elevado hacia el olimpo,
aquello que destruye el olvido
y se sustenta en vividos recuerdos.

No diría que me disfrazo de melancólicoirene
y que no tiemblo ante la patria de mis sueños.
Negaría acusaciones y descabellos
sobre lo extranjero que es mi cuerpo
en tu paisaje, mi Ítaca.

Veo en ti lo que Odiseo en Penélope,
lo que ella en el mar
y lo que este en el cielo.
Eterna distancia, agónica clepsidra
que recorta a cada milímetro
el hilo de la vida mía.

Nausicaa y muchas más podrían
opacarte,
pero no hay forma que una
piel equivalga a una geografía,
que un paisaje valga un seno
y una foresta solo dos piernas.

¿Tendrás tu un telar?
¿Ítaca pasara el invierno?

Tiemblan mis torres y atalayas,
se deshacen mis astilleros,
arde el ágora y con ello la Polis.
Queda la elección:
Dar la vida por Ítaca, la que es concepto
o salvar a Penélope, que es frágil carne.
Amar la idea o amar lo tangible.

 

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