George Orwell: una buena taza de té y el deber político

[artículo] | Carlos Erasmo Rodríguez Ramos

 

hace un de par años, uno de mis mejores amigos me recomendó la lectura de los ensayos de Eric Blair, mejor conocido como George Orwell. Por aquel entonces, todo lo que sabía de Orwell era que había escrito 1984 y Rebelión en la granja, dos novelas cuya lectura es prácticamente obligatoria en el nivel superior y que, como pasó conmigo, seguro ha ayudado a muchos a hacerse una impresión de eso a lo que llamamos política. Desde el momento en el que las leí, ambas novelas dejaron una gran impresión en mí a pesar de que, debo confesarlo, siempre he visto a la política con repulsión.

Me enferman la corrupción, los sueldos altos, los abusos, el engaño desvergonzado que pasa por astucia, la sonrisa perversa, los discursos plagados de mentiras, las buenas intenciones y los hombres y mujeres de plástico que, desde la comodidad que les da la opresión de sus semejantes, afirman buscar el bienestar del pueblo, lo que sea que esto signifique. Muchas veces lo que nos repugna llega a fascinarnos. Tal vez fue esta repulsión la que, paradójicamente, alimentó mi interés por los temas políticos y por el trabajo de Orwell.

En estas novelas uno puede ver a la política desnuda en su repugnancia. Se pueden ver los juegos perversos del poder y ser testigo de cómo las palabras pueden reducir la mente hasta convertirla en una simple máquina que, en caso de ser necesario para la causa, puede optar por su autodestrucción. No es de sorprender que estos libros gusten a quien aborrece la política por el hecho de que, al finalizar su lectura, uno puede darse el lujo de decir “eso de la política de verdad es una porquería.” Pocas cosas se comparan con el placer de tener la razón. Orwell ya lo dijo: los mejores libros son aquellos que nos dicen cosas que ya sabemos.

Atendiendo al morbo, a la fascinación y a la confianza que tengo en las recomendaciones de mi amigo, fui inmediatamente a la Biblioteca Central y saqué los ensayos en préstamo, esperando deleitarme con una serie de opiniones agudas e incisivas sobre la tumultuosa política del siglo XX. Los ensayos no me decepcionaron.

Cada ensayo era más fascinante que el anterior. Algunos eran más bien autobiográficos. Abordaban las vivencias del autor, desde su estadía en el colegio aristocrático de Eton hasta su militancia en los partidos de corte socialista británicos, pasando por los días que pasó en Birmania y su participación en la Guerra Civil española. Cada uno, como era de esperarse, con su respectiva crítica al tema en cuestión: el clasismo en la educación inglesa de la época, el socialismo adepto a Moscú, el imperialismo británico, las traiciones que acabaron con la causa republicana española.

orwell texto
George Orwell en la BBC

Otros particularmente interesantes eran los que contenían críticas a personajes hoy entronizados por la opinión pública como Salvador Dalí y Henry Miller, artistas pagados de sí mismos que gastaban su tiempo en excentricidades, bebiendo en los cafés de París, entre muros de frivolidad que les impedían ver la realidad social de su tiempo. También resultan interesantes sus opiniones en torno a la figura de Mahatma Gandhi, quien fuera a los ojos del autor un santo en la esfera de lo público, capaz de pedir a los otros los mayores sacrificios, mientras que en su vida privada era poco menos que un tirano. Nadie se salva de la pluma implacable de Orwell.

Sin duda, entre todo el conjunto los más interesantes eran los ensayos que abordaban la relación entre literatura y política, ya sea a través de disertaciones sobre las implicaciones del lenguaje en el quehacer político o a través del análisis de las obras de autores como Jonathan Swift, Rudyard Kipling y Ezra Pound.

Hasta ahí todo iba bien. Mi odio a la política se regocijaba como un niño en el cine a través de las fieras críticas de los sucesos y figuras del siglo pasado cuando me topé con  algo que no esperaba. Sin previo aviso, después de leer páginas y páginas sobre política, me encontré en medio de un texto en el que Orwell describía minuciosamente lo que consideraba una taza de té perfecta: caliente y sin azúcar, pues lo que se debe paladear es  la infusión. Desorientado, ignoré lo que entonces consideré un pequeño tropiezo, un texto chocante en medio de escritos sagaces, y seguí leyendo. Ahora me encontraba en medio de otra descripción, esta vez sobre lo que Orwell consideraba un pub ideal al que llamó The moon under water. Repartidos entre los otros, había muchos escritos de este tipo: narraciones sobre tardes de pesca,  descripciones de su jardín y toda suerte de nimiedades fuera de lugar que me hicieron llegar a la conclusión de que, lejos de ser tropiezos, eran temas importantes para el autor.

Sorprendido, inmediatamente pensé que estos ensayos pertenecían a una de las escasas épocas de sosiego que el autor había disfrutado en medio de los vaivenes del siglo, una especie de escape al panorama aciago de un siglo de guerras. Sin embargo; muchos provenían de 1946, un año en el que, en medio de la desolación que había dejado la guerra, el pueblo británico experimentaba los cambios impulsados por el Partido Laborista, con el que Orwell estaba estrechamente relacionado, ¿Por qué George Orwell, uno de los autores más agudos de la historia, dedicó su tiempo en este año de agitación para escribir sobre estas nimiedades?

1984-book-cover
Una de las tantas ediciones de “1984”

Aunque la duda captó mi atención un tiempo, la dejé pasar hasta que, tiempo después, llegué al excelente ensayo de Simon Leys George Orwell o el terror a la política, un análisis breve de la obra del autor de 1984. El ensayo incluye a Orwell, con acierto, en un grupo integrado por figuras de la talla de Albert Camus y Arthur Koestler, hombres que escaparon a los prejuicios y dogmas imperantes y fueron críticos acérrimos de su tiempo.

Dentro del ensayo, Leys trata de dilucidar los detalles de la personalidad de Orwell, un hombre que al parecer siempre estuvo en medio: entre los ricos y los pobres, entre las causas justas y sus excesos, entre la indignación que le causaban las injusticias y el deseo de vivir tranquilo en las comarcas inglesas.

Muchos, sostiene Leys, sólo verían una cara de la moneda. Para Bernard Brick, reconocido biógrafo de Orwell, el autor era un hombre que no podía sonarse la nariz sin soltar un discurso sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo. Por otro lado, para Sonia Orwell, su segunda esposa, la verdadera naturaleza del autor era la de un apacible ermitaño, un hombre que de no haber sido arrancado violentamente de su tranquila vida por aquel siglo de transformaciones, se hubiera dedicado al cuidado de su jardín y a escribir novelas.

Para Leys, ambos cuadros del autor están incompletos. En su opinión, Orwell aborrecía la política y lo que le había hecho al ser humano en el siglo XX pero reconocía la necesidad de embarrarnos de esa podredumbre con el fin de preservar lo que amamos.

Así, la verdadera prioridad es lo cotidiano: asistir al teatro, beber una cerveza, conversar con los amigos, caminar de noche por la calle. La política sólo es importante en medida de que el estado en el que se encuentre va a determinar si la vida que deseamos es posible. Alguien que opine que la política vale más que todo eso sería en todo caso un megalómano obsesionado con el poder. Leys corona sus opiniones diciendo que para Orwell la política es un perro rabioso al que hay que observar para que no nos muerda.

Teniendo en cuenta esto, la explicación de Leyes a aquellos jocosos ensayos es simple: Orwell buscaba recordar a los lectores que al fin y al cabo lo más importante es una buena taza de té, una taberna acogedora, una tarde de pesca con los amigos.

La lección que se extrae de la vida y escritos del autor es simple pero significativa. La política debe importar incluso a aquellos que la aborrecen por la sencilla razón de que sólo así podrán defender lo que de verdad importa: las cosas simples, cosas que, por más tonto que pueda parecer a los demás, amamos.

En un país como el nuestro, donde el narcotráfico, la corrupción y la desigualdad amenazan con acabar hasta con el último ápice de nuestra cotidianeidad, es necesario, aún a nuestro pesar, interesarnos en política. Si quieres leer en paz una novela, disfrutar de la vida en compañía de tus seres queridos o ir al cine con la persona que te gusta debes vigilar, aunque sea de reojo, a aquel perro rabioso que ya mucho se ha ensañado con nuestra carne.

 

Estepario.logo.E