El Castillo de Kafka y la Duda frente a la Apuesta

El Castillo, ilustración de José Rafael Hernández
[El incorruptible] | Columna
Óscar Cuéllar Briseño*

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el desgarramiento I: ¿qué es el mundo?

 

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  l  os hilos del escritor se tejen solos, como los hilos de las parcas que conducían la vida de los mortales. En efecto, el gigantesco telar de una vida de un personaje, sea este real o ficticio, se forma mediante sutiles cruzamientos de hilos; hilos de circunstancias afortunadas o desafortunadas, que moldean la vida de los extraños seres humanos casi como por arte de magia, como los vaivenes de olas marinas, que tallan con el pulso de un escultor demente las figuras más extrañas en los peñascos; hilos de pensamientos, sentimientos e ideas, ligeras brisas que parecieran provenir de otros mundos, pero que no son más que aleteos de los inquietos espíritus de los hombres; hilos de reglas y costumbres, losas pesadas de moral y de derecho, de virtud y de saber, que sin embargo intentan conducir al hombre hacia su perfeccionamiento, sea lo que sea que esto signifique; hilos, en suma, aterradoramente finitos, y sin embargo por eso mismo también aterradoramente infinitos: posibilidades, cálculos, sueños, todo envuelto en las nieblas de lo futuro. Y El Castillo de Franz Kafka, aquella genial obra incompleta del escritor de Praga, es uno de los mejores ejemplos de ello.

¿Cuál es, pues, el entramado del tejido Kafkiano? Al sumergirnos en su novela, nos encontramos con Josef K, quien es llamado a desempeñarse como agrimensor en un pueblo desconocido. Allí descubrirá la extraña sombra del Castillo, el lugar donde habitan los grandes funcionarios, y que ha requerido de sus servicios. Sin embargo, las cosas se tornarán difíciles para K en cuanto descubre que en realidad su llegada al pueblo no es más que el producto de un pequeño descuido del enorme aparato burocrático del castillo, quien llamó a un agrimensor al pueblo cuando en realidad no se le requería, y sin tener un trabajo definido para él. Es así como empieza la búsqueda de K por contactar al Castillo, por conducto del funcionario Klamm, a quien buscará exasperadamente a lo largo de toda la novela.

¿Cuál es el motivo de la desesperación del personaje? Difícil determinarlo con exactitud, sabiendo de antemano que la obra de Kafka fue dejada incompleta. Sin embargo, a lo largo de la misma vemos a K luchando desesperadamente por comprender a ese mundo inaccesible para él. En efecto, K trata de establecer lazos (con Klamm, con Barnabás, con Pepi, con Frieda y muchos otros), que por más inciertos y tenues que sean, lo liguen con ese Castillo que lo gobierna todo. Así su llegada al pueblo, producida por su deseo de tener una vida mejor para su esposa y su hijo, se convertiría en el infierno de la incertidumbre y de la desconfianza; todos tienen intenciones difusas, todos parecen utilizarlo y él parece utilizar a todos, y el Castillo, aunque de vez en cuando hace notar veladamente su poder, en realidad parece tan lejano como un sueño.

¿Qué hace exactamente que ese K sea precisamente el K de todos los K’s, el Heroe Kafkiano par excellence? A diferencia de los otros protagonistas, Josef K ha sido arrojado a un mundo completamente nuevo para él, podría decirse a otra dimensión, por lo que se encuentra en la incomprensión más absoluta del mundo. Tanto La Metamorfosis como El Proceso, (por tomar como referencia a los otros dos grandes relatos kafkianos) El personaje principal es sacado de la familia o de la cotidianidad por el enfrentamiento con una situación anormal, que le hace descubrir lo frágil que era en realidad la condición que consideraba perfectamente normal (la transformación sufrida al despertar, el proceso y el descubrimiento de la inaccesibilidad de las leyes a las que es sometido). En la novela en comento, sin embargo, la cuestión es diferente. Si bien K llega aparentemente por su propia voluntad al pueblo y de un horizonte aparentemente previo, apenas hay vagas referencias de K a ese mundo anterior, que pareciera más irreal y difuso que la familia o la ley previos de los otros relatos, como las luces tenues que el encadenado vislumbraba por la pequeña entrada de la caverna platónica, en comparación con aquel otro, que aunque onírico y absurdo, resulta ser el único horizonte vislumbrable, la única especie de realidad a la que K puede aferrarse, como si su pasado se hiciera pedazos siguiendo el fluir del mundo fragmentado de El Castillo, difuminado en las mascaradas de la realidad vivida. Confrontación radical, diríase, entre K y un mundo nuevo.

El arrojamiento de Kafka ilustra el desgarramiento ya anunciado en la primera columna de esta temática: Desgarramiento provocado por la pregunta ¿Qué es el mundo? Nosotros, sin embargo, no entenderemos en esta columna al mundo como la Naturaleza o el Universo, sino como lo otro universal: el sujeto, arrojado a la existencia, se encuentra con el infierno no de los otros concretos, sino de lo otro, de lo que no es él y por lo tanto pareciera estar tan lejos de él, como los personajes de El Castillo. Así, el intento de comprensión de dicho estado que la razón del individuo concreto se plantea, se asemeja al intento de entrar al Castillo Kafkiano sin lograr jamás llegar a él, sabiéndose de antemano perdido en el mismo mundo estatuido por y para las personas que lo habitan, sin poder detener sus ansias de seguir buscando.

Frente a este desgarramiento, podemos imaginar dos posturas que identificaremos veladamente con el motivo cartesiano de la duda y el motivo pascaliano de la apuesta. En el primero encontramos al sujeto liberándose de la losa de lo que a primera vista se le aparece, dudando de todo excepto de sí mismo, para llegar a hacerse, a través de la razón, dueño de ese mundo de lo otro. Y ello no sólo como una mera solución epistemológica, sino como intento de constitución de sentido de eso que aquí llamamos el mundo, de la otredad universal con la que sólo se puede hacer frente solidificándose, convirtiéndose en un sujeto hecho de mármol autoconsciente, cincelado con las propias manos de la estatua. Así, el hombre se erige, en un sentido que rebasa al mismo Protágoras, en la medida de todas las cosas, (del Mundo como lo otro).

El segundo motivo, tomando como modelo la apuesta Pascaliana, se resuelve yendo por el camino contrario: sólo solidificando al mundo como lo otro en una apuesta se puede avanzar realmente, supone esta postura, en la superación del desgarramiento. De ahí que, como Pascal, se crea fervientemente en la salvación divina, ya que ésta constituye la mayor ganancia que pueda existir: a pesar de lo absurdo del mundo, si la salvación existe y creemos, habremos ganado el máximo premio, mientras que si existe y no creemos, habremos perdido más que creyendo sin que exista, pues habremos renunciado a un sentido del mundo ante-los-ojos, como diría Heidegger, y con ello habremos renunciado también a nuestro propio sentido como seres-en-el-mundo.

Duda del Sujeto, en el sentido de renunciar al Castillo para encontrarlo en el sujeto, avanzando en el refugio de lo que está seguro de sí mismo. Apuesta por el Mundo, en el sentido de solidificarlo para no perder el rumbo, para encontrarse incluso cuando éste no tenga un sentido inteligible. Sin embargo, el sujeto solitario, en su desesperado solipsismo, terminará por desfondarse en el otro concreto, al que juzgará semejante a él mismo, convirtiendo la duda en el mundo en la apuesta por el otro contra lo otro. Y el Apostador, a fin de que su apuesta sea más segura, transgredirá los límites del mundo para fundamentarlo en un Gran Otro, exterior a él e invulnerable, a través de la fe que convierte a ese Gran Otro en un Sentido más allá del Sentido. En suma: Intersubjetividad y Asubjetividad Absoluta[1].

K parece a ratos querer decantarse por el motivo cartesiano, al querer encerrarse en sí mismo y no seguir más con la búsqueda del castillo, rebelándose contra las autoridades y personas atrapadas en aquel mundo del que quería salir. Ello lo hizo desembocar en la búsqueda de la intersubjetividad con otro concreto, encarnado en la persona de Frieda, con quien pasó momentos muy felices que casi ocasionan el abandono completo de la búsqueda por contactar al Castillo. Sin embargo, dicha solución resulta frustrada, pues Frieda, ex amante de Klamm, decide retornar a él, ya que siempre le ha pertenecido. Y en efecto, el refugio en el otro nos da cuenta de otro desgarramiento: El Otro concreto, en la medida en que forma parte del mundo, es también parte de lo otro universal, de aquel ciego y salvaje abismo que se cierne ante nosotros como lo diferente. Al final, el Otro nos traiciona, y terminamos por caer en el desgarramiento del Otro Concreto con el sí mismo.

Por otro lado, K también parece aceptar con entusiasmo el motivo pascaliano, el cual parece predominar a lo largo de la obra, aunque al estar incompleta nunca se sabrá cuáles eran las verdaderas intenciones del autor al pretender tejer el destino de su personaje. Sin embargo, ya podemos entrever que el motivo pascaliano también es presa de un desgarramiento, pues aquella Asubjetividad absoluta, como Ultraotredad, parece también traicionarnos al ocultarse en un mundo que no podemos comprender y que constantemente desafía la apuesta previa. Y es que, hay que decirlo, incluso existiendo el dueño del Castillo, el apostar por el sin una prueba fehaciente de que exista o de que le interese el horizonte en el que el sujeto está inmerso, ocasiona otro desgarramiento, tan antiguo como el mundo: La traición del Gran Otro contra el sí mismo.

Gran Otro u Otro concreto, divinización o mundificación, los extremos se enfrentan. Juntos, constituyen los intentos del hombre por superar los Desgarramientos y por encontrarle un sentido al mundo y a sí mismo. Todo ello será tratado en los ulteriores trabajos. Baste decir, por el momento, que las soluciones al desagarramiento del mundo nos han llevado a más callejones sin salida, puntos en los que damos tumbos o laberintos de los que tal vez nunca saldremos. Pero esa irresolución, al no permitirnos regreso alguno, tal vez sea la meta de nuestros escapes. Después de todo, y tal como dijo Kafka: “A partir de cierto punto, en adelante no hay regreso. Ese es el punto que hay que alcanzar”.

*Es egresado de la Facultad de Derecho, UNAM

 


[1] Hegel es, probablemente, el ejemplo más ilustrativo del esbozo de esas posturas frente al mundo. En efecto, la ética del reconocimiento en la que se basa la Dialéctica del Amo y el Esclavo, es precisamente un ejemplo de la duda cartesiana hacia lo otro y su desfondamiento hacia el otro concreto, pues al volverse el sujeto autoconsciente descubre que el otro, como un ser autoconsciente, es semejante a él y puede por tanto pasar de la autoconsciencia a la razón. Sin embargo, Hegel es primordialmente apostador, pues solidifica al mundo encerrándolo en el espíritu absoluto, destino final del desfondamiento del sujeto, como consciencia de sí mismo y consciencia del todo.