Alina

[cuento] | Iván Medina Castro
a
Sólo la confrontación con el espíritu,
con la luz, conmueve.
Ludwig Wittgenstein
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A Arvo Pärt
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  no  me jodas hombre, sé que todo este embrollo referente a la disposición nupcial es una total barbaridad, pero no puedo hacer más. Ya he hablado con el señor intendente, con varios potentados y hasta con los reacios del clero, y todos ellos, sin excepción, salen con la misma mierda: “No hay trato alguno sin el cumplimiento cabal del contrato”. Mira, aquí está la cláusula, léela por ti mismo y convéncete.

El joven inexperto estiró su fina mano, tan delicada como la de un ángel y agarró tembloroso entre sus largos dedos el extraño documento y como no queriendo, leyó en voz alta el párrafo de su incumbencia:

“…toda aquella persona dispuesta a ser el organista titular de nuestra primera Iglesia Mariana de Vanalinn, deberá casarse con la hija mayor de su predecesor”.

Por su puesto, en estas tierras de Europa del Norte de costumbres tan arraigadas, los largos lazos de la tradición son ley. Dijo convincentemente el apoderado señor Cristian Schieferdecker.

Arvo, el hacedor, dejó caer los papeles sobre la sucia loza sin prestar atención a las palabras de su representante de siempre y dirigió su rostro pensativo a través de la ventana biselada a la estupenda puerta de madera tallada del priorato con motivos del juicio final, al mismo tiempo, fijaba su mirada de asombro en el macizo muro de la espadaña donde un par de tiernas mozuelas hacían repiquetear con una fuerza estrepitosa las desgastadas y enormes campanas cobrizas.

Bueno Schieferdecker, aun estoy desconcertado, por lo menos explícame un poco más sobre el surgimiento de esta locura antes de tomar una decisión definitiva.

Pues bien, aunque nadie en el pueblo tiene claro el origen del convenio, este se ha seguido con celoso respeto a través de muchas generaciones, al parecer desde la existencia del primer encargado, el respetado y afamado armonio Franz Tunder, quien compuso los motetes más célebres en honor al convento. A la muerte del designado Tunder, a mediados del siglo XVII, muchas personas se mostraron interesados en ocupar el puesto vacante, grandes interpretes de todos los rincones de Europa viajaron hasta Tallin para debatirse el cargo, algunos de ellos se aventurarían a caminar cientos de kilómetros, no solamente por lo representativo del nombramiento y el exorbitante sueldo, sino por la excitante idea de desflorar en el lecho a la exuberante y hermosa hija.

La maestría y refinamiento en la ejecución del armónium dio al danés Dietrich Buxtehude el triunfo, pues fue él quien sobresalió entre todos los compositores contrincantes. A los pocos meses, al mudarse definitivamente a la parroquia, la muerte le sorprendió asombrando a toda la colectividad de Revel. Buxtehude dejó tras su deceso huérfana a una pequeña y enfermiza niña quien a medida del paso de los años se convertiría en la antítesis de la inigualable madre. Alina Buxtehude era obesa, baja de estatura, calva y huraña, además era del conocimiento popular los excesos de flatulencias sufridos por la doncella.

Enterada la comunidad europea de la ambicionada plaza disponible en Santa MarienKircher, varios de los ilustres músicos de la época, a principios de la nueva centuria, visitaron el conocido templo con la intención de obtener la sucesión. Entre todos aquellos contendientes puedo mencionarte a dos fabulosos maestros alemanes: Georg Friedrich Händel y Johann Mattheson, sin embargo, al conocer a la damisela, ambos caballeros desistieron de la oferta sin siquiera meditarlo. También se comenta que el mismísimo Juan Sebastián Bach fue tentado a tal aspiración apartándola de su mente inmediatamente después de entablar una brevísima charla con la desgraciada mujer.

El tiempo trascurrió y no hubo hombre alguno en la tierra tan atrevido para cumplir con el entendimiento. La chica murió repentinamente de una feroz pulmonía y ante esta lamentable circunstancia, como no existía forma de anular el contrato, la gente de la ciudad decidió celebrar una asamblea general donde se decidió por unanimidad embalsamar a la jovencita con la intención de cumplir con el arraigado mito. -Vaya cosa más tétrica -asintió Pärt.

Finalmente, el burgo terminó con una lúgubre momia por desposar y una bella catedral sin intitular abandonada por muchos años a la merced de Dios padre. Sin embargo, gracias a la buenaventura, hallé hace no mucho en los sótanos de la biblioteca parlamentaria, la existencia de un edicto supuestamente perdido anexo a la cláusula de coyunda en comentada sesión, la cual dice:

“…aquella persona al contraer matrimonio con la casta Alina, quien expresara una vida admirable y una conducta fiel en todo momento a su carácter, tendrá la posibilidad de divorciarse disolviendo los sagrados votos de unión siempre y cuando logre crear una composición excelsa como tributo a nuestro señor Jesucristo”.

Obviamente esta patraña fue consentida por toda la sociedad para permitirse continuar con el cuento pues de otra manera se hacía añicos la casa del Mesías y los rasgos culturales de esta región.

El intrigado doncel, en lo que escuchaba el desenlace del inusitado relato, no dejó de observar maravillado la estructura llamativa de la enorme rábida asentada en la cima boscosa de la Colina de las Monjas y sus grandes rocas de formas cambiantes con el fulgor del sol a diferentes horas. Una vez concluida la narración, sin separar la mirada del horizonte, simplemente externó, como si fuese convencido por un poder externo:

—Haz llamar pronto al consejo de prefectos pues cumpliré con la condición de connubio.

El zagal factor, cruzó prudentemente el umbral adentrándose con pasos dudosos en el frío y polvoriento abadiato siguiendo dificultosamente al escurridizo capellán, quien le indicaría su lujoso aposentó donde Alina vestida de gala le esperaba con los brazos abiertos un tanto en el aire.

Unos meses pasaron y aún la enorme puerta de roble rojo del cenobio se encontraba cerrada. Nadie en la comarca sabía de la situación de vacío y soledad experimentada por el mancebo artista, ni si quiera su inseparable compañero, quien preocupado noche a noche se dirigía a aporrear las puertas de la recoleta sin recibir respuesta alguna, sin embargo, él presentía en toda esa calma la entrega incondicional del amigo a la majestuosa creación pues él escuchaba de momento la profunda armonía musical ejecutada dentro del oscuro monasterio crepuscular.

El mozo artífice estaba por desfallecer, habían pasado ya muchos meses y aun no tenía ninguna autoría, solamente algunos bocetos e ideas sin desarrollar, lo único capaz en poderlo liberar de su truculenta situación. Sin embargo, cosa de algunos días atrás, cada momento al finalizar sus labores, el talentoso efebo al pasar por el largo corredor principal, lugar donde ahora reposaba la esposa, contemplaba el pequeño rostro de Alina hundido por los años, tan gélido y desierto, capaz de hacer temblar a cualquiera. Pero esa expresión sin vida, poco a poco fue capaz de emanar una resplandeciente e intensa luminiscencia alba hasta convertirse en un halo totalmente multicolor que brilló sobre el entero cuerpo estático revelando de un oscuro mundo una blanca sombra en la noche. El intrigado adolescente estaba asustado pero la sensación placentera era aún mayor pues creía percibir en aquella fuente luminosa un claro presagio de algún diablo chocarrero.

Un ocaso borrascoso, entre sueños lúcidos el ingenioso púber veía el continuo fluir de trazos manifiestos en un pentagrama refulgente capaz de aclarar todo el azul del cielo, las horas corrían y de ese recuerdo de iluminación inagotable escuchaba las notas brotar. Al iniciar a componer, por cada tecla ejecutada en el viejo órgano tubular de la nave, las figuras divinas, alertas e inquisidoras parecían cobrar vida.

Ensimismado y absorto el autor sintió la claridad de la luz de muchos colores intensos irradiar su pecho cuando la resonancia del órgano había callado. Una paz sufrida desde el inicio al final, un himno órfico blanco e irresistible expulsado del Érebo.

En la ansiada fecha del estreno del recital, frente a él estaba la sala atestada con cientos de personas expectantes, y de aquel público impaciente que pretendía seguir entrando, la policía -miembros de la justicia señorial- impedía su acceso.

Una vez iniciados los primeros acordes, mi corazón se alborozó casi ante aquel revivir de viejos recuerdos de melodías sacras similar a un arco-iris luminoso. Arvo Pärt tocaba las teclas sobrepuestas con una evidente expresión surgida del alma como una antigua oración pagana conjurando a Dios y a Luzbel.

Al terminar la ejecución del último movimiento, no fue sino después de abrirse paso entre el sólido muro de individuos, cuando pudo el atónito chavea advertir y medir la verdadera proporción del éxito. Indudablemente, en su soledad misteriosa, Arvo Pärt halló influjo de creación fervorosa hacia la perfecta virtud divina. Después de emitir ese comentario, el gentilhombre Schieferdecker ciñó con fuerza su escapulario y se santiguó.

Y así, el genio compositor estonio abandonó la casa del Redentor de la pequeña villa antigua del condado de Harju en donde con su máxima obra tintinnabuli hubo inmortalizado a Alina, libre de toda culpa y exento del deber de expiación.

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