el revoltijo

'La trinchera', José Clemente Orozco
[cuento] | Jesús Briseño Vázquez

 

  P   ablo Mendizábal fue vencido al cabo de un día cruzado por las balas. Los cadáveres parecían arder al caer la puesta de sol, mezclándose la luz con su sangre. Un batallón bastó para despeñar a la endeble guarnición de rebeldes al desfiladero. Desde la cumbre del monte los zopilotes merodeaban su hediondo manjar. Mendizábal se atrincheró en la panza recocida y destripada de su caballo, asediado por el fuego enemigo. Resolvió pegarse el tiro de gracia pero fue apresado antes bajo las órdenes del general Hernández que, no obstante su estatura enana y su bigotillo ridículo, se abrió paso entre la leva con la soberbia del victorioso, jineteando su corcel de crines doradas. El general desmontó a prisa para alzar del mentón la cara del arrodillado y escupirla. “No comas ansias, pronto estarás muerto, Mendizábal”, sentenció como si fuera la consumación de una venganza largamente rumiada. Con un vozarrón impropio de su pequeñez, mandó llamar a uno de sus hombres de más confianza:

—¡Calvillo!, llévelo al cuartel. Lo colgaremos en la plaza.

Sí, mi general, lo que ordene.

—Bien, seguiremos adelante. Vaya con cinco hombres. Repórtense a las filas cuando acaben.

Hernández reavivó la campaña en opuesta dirección a Boca Roja donde Mendizábal fue parido y se hizo hombre amancebando mujeres candorosas, sin esperar que la muerte lo retaría ahí a una partida tras muchos años de corajes y glorias. Calvillo era entre los cinco verdugos el de puntería más errada pero sin duda el capitán con más agallas; cuerpo a cuerpo era el mejor. Los otros eran agachados que obedecían órdenes de inmediato, ladinas maquinarias de matanza, eficaces. El rehén que arrastraban atado de las manos con la reata era un caudillo famoso por incendiar casonas y retirarse a la manera de las guerrillas. Sin embargo, días antes del asalto, un condenado soplón dio santo y seña de sus planes de lucha…

Era una madrugada fría. Los pies descalzos de Pablo Mendizábal se llagaron tratando de seguir a la caballada. Transcurrieron varias horas iluminadas de luna hasta que Calvillo decidió acampar y aliviarse la rajadura de navaja en el pecho. El nulo auxilio de sus compinches provocó que maldijera como lobo aullando de cólera. Pablo se carcajeó de su estupidez. Pronto se detuvo y astutamente negoció sanarlo a cambio de un último capricho: almorzar su comida favorita. Cerró el trato. No debía saberlo el capitán, pero la esperanza de su libertad estaba depositada en ese almuerzo. Mendizábal destajó la hoja punzante de una sávila y embarró su baba sobre Calvillo. Alrededor de una hoguera, se respiraba un aire de confianza entre los presentes como si en la intimidad ambos bandos quisieran lo mismo: tierra, dinero, trabajo, familia, vivir con decoro, ¿a qué más se puede aspirar? “Ojalá pelearás con nosotros, Mendizábal, otro cantar sería”, confesaba Calvillo, con sus dolores ya mitigados. “Ni ustedes son del todo buenos, ni nosotros del todo malos”, señaló uno de los hombres, tirado de brazos cruzados en el polvo. El caudillo, ingenioso y con maña, buscó despistar a sus captores narrando una de sus andanzas:

Los saqueadores de pueblos estaban a punto de acapillar Boca Roja. En aquella época, Pablo irradiaba una juventud salvaje: voz áspera, mandíbula cuadrada, lomo de toro y manos arreciadas por el arado y la siembra. Nunca le faltaron pretendientes. Sin mediar galanteos, las mujeres se le desvestían al abrigo de la alta hierba, donde la chusma no saboteara sus idilios. Pero sólo Mariana Velásquez aderezó de cariño su vida. Al verla bañándose en el río, frotando los dos soles de sus senos, y luego cortejándola, cayó rendido de amor. De linaje acaudalado, ella era una legendaria cocinera por aquellos lares, se decía que viajó por toda la nación guisando infinitas delicias, desde cochinilla pibil hasta endemoniado mole poblano; incluso los párrocos solicitaban su gracia en las comilonas populares para festejar a la Guadalupe. Por eso y por una febril dulzura, Pablo desvirgó y embarazó a Mariana de tan sólo diecisiete años. Malhumorado, Mendizábal fue obligado a celebrar nupcias con la mujercita, abandonando su promiscua soltería. Para cuando la señorita Velásquez aguardaba ilusionada ante el altar envuelta en un majestuoso vestido blanco como la nieve y con un ramo de claveles amarillos, los revolucionarios pusieron al pueblo de cabeza. La campana tocó a rebato y Mendizábal, astuto como zorro, se unió al atraco quemando la iglesia con todo y novia dentro.

Los soldados quedaron estupefactos por la crueldad de su prisionero. Alguno tragó saliva por el cogote. “No se me agüiten, los vi hurtar mis provisiones, ahí tenía tequila del bueno, botellones enteritos, ¡vamos a darnos gusto!”, gritó el traidor de mujeres, lleno de júbilo. Pasadas las horas, siguieron cabalgando por la llanura hasta el alba. En Boca Roja la gente los miraba con morbo desde sus ventanas. En el río, un niño encuerado se bañaba a pleno sol. Con el consentimiento de Calvillo, el hijo pródigo del pueblo se acercó al escuintle para ponerse al tanto de todo y de todos, después le cuchicheó algo al oído y le dio su carrillera en pago. El niño se vistió rápidamente y salió disparado del lugar. En la cara del bandido se dibujaba una sonrisa de mejilla a mejilla.

Al fin, arribaron al cuartel resguardado por paredones de fusilamiento, aunque sin muchos soldados pues la mayoría combatía en el frente. Lo encerraron en un bodega vacía. Horas más tarde, una extraña mujer trajo pozole en una cacerola enorme que dejó en el piso. Al irse se le notaba muy nerviosa, como si ocultara algo. Su piel estaba blanqueada por quemaduras. Mendizábal fingió seguir borracho mientras Calvillo y sus hombres se agasajaron con la comida. En unos parpadeos, todos chorreaban oleadas de diarrea en sus pantalones. Pablo cogió el máuser de Calvillo y los aniquiló uno por uno. La notica de la sobrevivencia de Mariana se rumoreo con la voracidad del fuego más allá de Boca Roja, ya sea por las oraciones de los párrocos en las iglesias de regiones vecinales, o bien, por la chismería en primera plana de los periódicos. El guerrillero mandó al niño a decirle: “Amorcito, te lo juro por Dios, yo no lo hice. Te creí chamuscada y ahí me tienes, uniéndome a la bola… ¿Por qué no me das mi último gusto? Ven al cuartel y tráeme un pozole de esos que sólo tú cocinas, ¿sí?”. Como estaba previsto, Mariana enfureció aún más y en venganza le preparó un revoltijo de perro rabioso, pólvora y mucho chile de árbol. Mendizábal robó un uniforme y se fugó a caballo bajo el sol de verano.

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