las semillas de satán

Satan semant des graines, 1872, por Félicien Rops. El pintor fue ilustrador de la obra de Baudelaire y amigo de él.
[ensayo] | Óscar Cuéllar Briseño

 

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a la orilla del lago. Como mucha gente se le acercó, él se subió a una barca y se sentó, mientras que la gente se quedó en la playa. Entonces les habló por parábolas de muchas cosas. Les dijo: —El sembrador salió a sembrar. Al sembrar, una parte de las semillas cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, donde no había mucha tierra, y pronto brotó, porque la tierra no era profunda; pero en cuanto salió el sol, se quemó y se secó, porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos, pero los espinos crecieron y la ahogaron. Pero una parte cayó en buena tierra, y rindió una cosecha de cien, sesenta, y hasta treinta semillas por una. El que tenga oídos para oír, que oiga—”
Mateo 13: 1-9. Versión Reina Valera, 1960.

 

 

  las   semillas en la parábola del sembrador, presente en los tres evangelios sinópticos del Nuevo Testamento[1], suelen ser comúnmente interpretadas por los predicadores cristianos como alegorías de la palabra de Dios, que puede caer en corazones semejantes a suelos infértiles o fértiles, entre piedras o arbustos de espinos o bien en los surcos que el sembrador realiza a fin de lograr su cosecha. En este sentido, el fruto es la meta última de la palabra de Dios: la transformación de la vivencia individual de Dios, que quiere que el hombre acepte voluntariamente la semilla divina y la haga germinar. El resultado de querer lo contrario, de rechazarla o no establecer el terreno fértil que permita a dicha semilla germinar, es el fuego o la muerte. El fuego y la muerte, lo opuesto a Dios, agua de vida, son los dominios de Satán, el adversario, que según la mitología cristiana se atrevió a desafiar con su soberbia al creador de todo. En este sentido, una semilla infértil es una semilla de Satán.

Este espacio, titulado Las Semillas de Satán, pretende, sin embargo, esbozar algo diferente de la concepción cristiana, auxiliándonos de la interpretación que los románticos ingleses, tomando como referencia la primera parte del Paradise Lost de John Milton, del Satanás que aspira a derrocar el poder tiránico de un Dios, ese que pretende la ruptura de la libertad contra la aspiración de la totalidad de la razón divina.

¿Por qué partir de la interpretación de los románticos, la cual ya ha caído en descrédito por la mayoría de los comentaristas de Milton, al resaltar ciertos aspectos del Satanás miltoniano compatibles con la visión del romanticismo dejando a un lado el sentido total de la obra del poeta inglés? Precisamente, porque el horizonte de interpretación del cual partirá este espacio fue ya presupuesto por los románticos: El Satanás miltoniano, afirma Shelley, es un ente moral muy superior a su Dios. Y lo es, desde nuestro punto de vista, porque él es el símbolo que encarna los dos aspectos conformantes de la modernidad: El aspecto eterno y el transitorio de la modernidad.

Se suele decir que la modernidad comienza con Descartes, el filósofo de la subjetividad fundante del mundo, aquel que afirmo pomposamente el cogito ergo sum. Asimismo, algunos suelen acusar al desarrollo de las ciencias naturales, que conlleva a una tecnificación de la vida cotidiana y a la constante disolución del individuo concreto en la totalidad de dicha tecnificación[2], como el originador de aquello llamado Modernidad. Sin embargo, es Charles Baudelaire el primero en acuñar dicho término. Y es su concepción, urdida a partir del arte moderno pero trasladada hacia la concepción de nuestros tiempos, lo que esbozaremos en este espacio.

En efecto, en su ensayo El pintor de la vida Moderna Baudelaire acuñó el término para referirse a dos aspectos del Arte Moderno. Uno de ellos era la transitoriedad, la fugacidad de un arte generado por la confianza en el futuro, el triunfante cambio devorador que a pasos agigantados promovido por la técnica y la razón, que avanzaba hacia una transformación de la humanidad. Era, en efecto, la moda, lo efímero, lo pasionalmente pasajero, lo que consideraba el poeta como contenido de la Modernidad. Y es por ello que Baudelaire, poniéndose por encima de la Querelle des Anciens et Modernes postula que incluso el arte clásico es “moderno”, en la medida en que plasma su propia fugacidad (la moda, las costumbres o las formas de pensar de la época en que el arte llamado “Clásico” fue elaborado).

¿Cuál es entonces la gran distinción entre el arte moderno y el arte clásico? Baudelaire señala que el arte moderno tenía la peculiaridad de poder descubrir el aspecto eterno en la perennidad misma: el artista moderno no aspiraba solamente a plasmar modelos ideales y eternos, sino que pintaba la vida humana diluida en la cotidianidad de las decadentes calles de Paris, en ese fluir palpitante de una urbe sin descanso, donde las esquinas plagadas de prostitutas y mendigos eran los hilos configuraban un telar irradiante de aquello que está tal vez por encima de cualquier belleza, devolviéndole dignidad a las callejuelas llenas de ratas y hedores de alcantarilla: la infinita belleza de lo finito.

Vagando entonces, entre Milton, Shelley y Baudelaire, lograremos esbozar nuestras semillas. Estas serían, más bien, el reverso de las semillas de Dios: aquellos terrenos que se vuelven infértiles por propia decisión, para hacer florecer un nuevo fruto donde Dios es incapaz de hacer crecer algo. Ese Dios, totalidad ética que permite al espíritu elevarse de la contradicción de la negación de la propia afirmación de subjetivación y la disolución de esta en la objetivización de lo subjetivo, representado por el Dios Miltoniano, arbitrariamente autoritario, es la divinización de cualquier concepto, el intento de expulsar a los infiernos todo lo transitorio. La razón, en este sentido, es la palabra de Satán y el fruto del único terreno capaz de dar una nueva semilla: el terreno del Sujeto, como desafío a cualquier intento de conceptualizar lo eterno solamente desde lo eterno. Y el mensaje, el campo entero donde la tierra del Sujeto y la semilla de la razón convergen, será llamado por nosotros La Modernidad.

Nosotros trasladaremos en este espacio el concepto que Baudelaire utiliza de la modernidad y del arte moderno para dibujar una concepción de modernidad como tiempo histórico. En este sentido No pretendemos configurar una nueva filosofía ni superar los debates filosóficos sobre la modernidad, sino tratar simplemente de saltar a la vista algunos elementos que pudieran servir para elaborar una concepción de la modernidad con base en los conceptos esbozados en esta introducción. Sin embargo, ello no nos impide disentir de algunos planteamientos filosóficos como el de la posmodernidad, en el sentido de que no se considera que la modernidad entera constituya un gran relato, pues ello implica una reducción del concepto de la misma: lo efímero, lo empírico, lo histórico, no puede configurar un gran relato, porque está atrapado en su propia transitoriedad, asentada en su realización siempre frágil. Pero a la vez, este elemento vertiginosamente caótico de la modernidad viene sostenido por aquellos aspectos perennes, que encaminan las fuerzas del cambio hacia la finalidad de una totalidad ética que brinde sentido al caótico devenir de las fuerzas que operan la modernidad. Ellas son las semillas de Satán: ideas, espacios flotantes que resguardan, cual contenedores, el choque furioso de las partículas de la modernidad.

Semillas de lo moderno, que aguardan agazapadas en espera de su reivindicación como filosofía futura de emancipación de lo subjetivo de lo objetivo, finalidad última de la historia, sin configurar una historia única o un horizonte enteramente acabado, pues su carácter transitorio está anclado en el presupuesto de la libertad del individuo y la acción transformadora de la razón. Y es que individuo y razón participan de la transitoriedad, ya que no pueden ser simples conceptos monolíticos, pues están inmersos dentro del horizonte siempre por venir de un proyecto yecto en términos de la filosofía del ser de Heidegger, por cuanto son reinterpretados dentro de un horizonte preinterpretativo dado pero a la vez incrustado en su tiempo. Por eso, el autor de esta columna no considera, como Habermas, que la Modernidad sea un proyecto inacabado, o como los frankfortianos de la primera generación, que sea un concepto imposible de ejecución. Y ello porque, a fuerza de insistencias, la Modernidad es un proyecto siempre en acción, nunca terminado ni nunca empezado, sino siempre en movimiento, cambiante, que por lo tanto puede desarrollar nuevas redenciones y cataclismos, un tiempo de ser-en-el-mundo y un mundo de ser-en-el-tiempo. Así, Satán siembra sus semillas, pero lo que nunca se puede determinar definitivamente, y en eso reside la peculiaridad de lo moderno, es la respuesta a la siguiente pregunta: ¿En qué terreno florecerán?

Próxima entrega: El Marqués-Prometeo. Sade y la contramodernidad encadenada


[1] Los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas.
[2] Esta es, por ejemplo, la contradicción que denuncia la “Dialéctica de la Ilustración” de Adorno y Horkheimer, y que subyace inmanente en toda la teoría crítica del pensamiento Frankfortiano de la primera época, aunque ellos parten de la Odisea de Homero como momento fundante de esta desgarradora contradicción, al concebir a Odiseo como el hombre que abusa de su ingenio para ganarle a las fuerzas inescrutables de la naturaleza y del destino, para finalmente quedarse atrapado en las trampas que le ha tendido su propia razón.
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