edificios caídos, puños al cielo

Voluntarios en fábrica textil derrumbada. Ubicada en la esquina de Bolivar y Chimalpopoca, Colonia Obrera. Ftografía: La Jornada
[crónica] | Anónimo

 

  P   ara el Tribunal Federal de Justicia Administrativa el simulacro duró alrededor de cincuenta minutos. De regreso a nuestros lugares de trabajo nadie pudo haber previsto el caos venidero. Antes de que la alarma se desquiciara un compañero se paró de su silla y dijo “está temblando”, de inmediato el ulular de la bocina se desató y empezamos a desalojar. El pasillo que desemboca en la salida de emergencia perdía verticalidad, como si los muros se tambalearan borrachos. Descendí de la mano con una archivista sumamente nerviosa y presenciamos un poco de desprendimiento rocoso de las paredes. Eventualidad mínima en comparación a las decenas de catástrofes simultáneas.

A pesar de que unos minutos antes el simulacro nos aleccionó para saber dónde ubicarnos, la verdad es que mucha gente se quedó enfrente del Tribunal, como si la realidad más inclemente nos borrara la memoria y el sentido común. De vuelta a la zona de seguridad, las charlas iban acompañadas con ademanes imprecisos y gestos de preocupación. Los relatos que se oían indicaban que a unos el temblor los tiró de su asiento, a otros los sorprendió en el baño, y a todos nos tomó desprevenidos. Algunos lloraban y muchos más pegaban su celular a la oreja desviando la mirada al vacío. El calor nos hizo sentir dentro de un horno y el concreto de las aceras se volvió una plancha donde se cocía el hastío. Las primeras insinuaciones de la destrucción se manifestaron en fisuras y mosaicos devastados. Después de mucho tiempo, sólo los brigadistas accedieron al Tribunal para extraer nuestras cosas. Recibí mi mochila y la línea de mi celular estaba bien muerta. Atrapó mi atención ver a sujetos, solitarios y cabizbajos, que desfilaban aún por las escaleras muy lentamente, parecían suicidas en potencia.

Era impensable usar cualquier medio de transporte. Decidí ir a pie a mi casa. La Avenida de los Insurgentes se convirtió en un hervidero de muchedumbres, las cuales se contaban por cientos hasta donde alcanzaba la vista. En el carril especial, las unidades de metrobús se apelotonaron una tras otra. Los automóviles se disputaban el paso con la horda de peatones, sin faltar incidentes violentos donde se intercambiaron manotazos y carajos. Por medio de altavoces nos hacían bajar de las banquetas pues varios ventanales buscaban descalabrarnos cayendo de repente. Poco después de Viaducto, una unidad de apartamentos echaba montones de humo negro y, tan sólo un par de calles adelante, otra estructura humeaba como si el infierno mismo exhalara. Afortunadamente los bomberos atendían los siniestros. Antes de metro Chilpancingo, una fuga masiva de gas obligó a taparnos la nariz y evitar volarnos en pedazos prendiendo un cigarrillo. Ambulancias y camiones de bomberos sorteaban a gran velocidad los obstáculos humanos que se cruzaban.

Giré rumbo a la colonia Roma. Pude apreciar inmuebles a punto de colapsar, como si fueran palillos de madera esperando el último quiebre. Los vecinos, en las tiendas o afuera de sus casas, se arremolinaban en torno a las radios. Frecuenté dueños de perros con morrales al hombro en plan de sobrevivencia. Al doblar una esquina un puñado de individuos se drogaba. A las afueras del Hospital General Dr. Eduardo Liceaga, pacientes en camillas o en sillas de ruedas permanecían postrados y a la expectativa sobre la vía pública. La mayoría de semáforos seguía sin funcionar y no era raro toparse con alguien que mediante cartulinas improvisara señales de tránsito. En el mercado Hidalgo, justo en el corazón de la colonia Doctores, lo que en días corrientes representa un prolífico despliegue de comercios, se transformó súbitamente en locales cerrados y corredores fantasmales.

Ya en el barrio o en mi casa faltaba energía eléctrica, agua, internet. Cuando mi padre arribó de su trabajo, se enteró de boca de un rescatista que una fábrica textil cercana se había derrumbado. Era la ubicada en la esquina de Bolivar y Chimalpopoca. Al contarme lo sucedido se soltó en llanto. Recuerdo la fachada del edificio porque, durante la secundaria, jugaba futbol por las tardes con mis amigos y al dirigirnos a las canchas caminábamos indistintamente frente a él. Con guantes de carnaza, una pala vieja y un martillo mi padre y yo acudimos al lugar del desastre. La colonia Obrera, sumergida en las sombras, apenas nos dejó dilucidar por dónde íbamos. Un muro de granaderos con sus escudos, al avizorar nuestras herramientas, nos concedió el paso. Por ambos flancos observé camiones de carga, y metros adelante, la ruina y la muerte. Sobre aquella mole de cascajos unos hombres con chalecos naranjas se afanaban en rescatar a las víctimas. Se necesitaban a diez tipos con palas y me ofrecí. Ya no vi a papá sino hasta después. Los techos se aplastaron entre sí. Un sentimiento agridulce me embargó, estar hombro a hombro con decenas de personas me recordó la camaradería aunque, en el fondo del asunto, el auxilio que pudiéramos brindar no volvería a la vida a nadie. Entre los escombros, me conmovió remover unas hojas de trabajo, ropa, cristales, enormes varillas torcidas. Pronto tuve que moverme ya que una excavadora demandaba espacio de maniobra. Me formé en una de las largas cadenas humanas que se pasaban de mano en mano cubetas repletas y trozos de cemento. No faltó solidaridad: carretillas, personas ofreciendo agua o alimento o cubrebocas, médicos vacunando contra el tétanos y atendiendo heridos. Como si estuviéramos en plena batalla, una grúa apareció al estilo de los caballos cuando se va perdiendo la guerra y todos gritamos de emoción. De pronto, con las manos alzadas, se guardó silencio y el júbilo estalló porque se había rescatado a una víctima. Con vida o no, difícil constatarlo desde mi ángulo, la esperanza creó una ilusión colectiva que continuó alentándonos. Sobraban buenas voluntades: mujeres, menores de edad, madres de familia, varones vigorosos, estudiantes, juventud no mayor de treinta años, madurez sin cansancio. Reencontré a papá. En un momento dado eran tantos civiles que al retroceder se entorpecía a momentos la tarea, no el propósito. Tomé un pan y lo compartí con un policía. Ojalá siempre compartiéramos el pan de los días.

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