De qué hablo cuando hablo de escribir | Murakami

Haruki Murakami nació en Kioto, 12 de enero de 1949. Escritor y traductor japonés.
Reseña| Antonio C. Zavala

 

 hay  textos que están a mitad de camino entre la autobiografía y el ensayo. En ellos, los escritores nos hablan de su experiencia creativa y de uno que otro chisme. Son libros por lo que siento un especial aprecio pues, para todos aquellos que intentamos convertirnos en escritores algún día, nos reconfortan y levantan los ánimos. Pienso en los prólogos de las obras de los Siglos de Oro, los ensayos de Stevenson, el cuaderno de notas de Chéjov, la correspondencia de Flaubert o las entrevistas de la Paris Review.

Motivado por prejuicios, por encontrarlo siempre en el escaparate de los más vendidos o en manos de personas que no me agradan, reconozco que Haruki Murakami siempre me despertó desconfianza. Sin embargo, al leer las primeras páginas de De qué hablo cuando hablo de escribir, pude darme cuenta de que estaba frente a un autor cuya idea de la literatura —tras despojarla de adjetivos rimbombantes y de esfuerzos obcecados por encontrarle una función social— es la simpleza. Precisamente por ello, dice Murakami, la literatura “no es un trabajo para personas extremadamente inteligentes”. Se requiere, sí, cierta cultura y conocimiento mínimos, pero por lo general los escritores son personas que no saben darse a entender, que necesitan dar muchas vueltas para expresar sus ideas y sentimientos. Por el contrario, aquéllos que tienen claridad y sistematicidad en su pensamiento pueden prescindir de la narración. Cuentan con vehículos más efectivos como el argumento o el malabarismo lógico.

Quizá los dos consejos más importantes en su libro se refieren a la manera de depurar y simplificar las historias. En algún momento durante la redacción de su primera novela, Murakami comprendió que cuando uno escribe en su lengua materna las palabras “se amontonan como animales inquietos en una cuadra”, luchan por salir y “van de acá para allá y terminan colisionando”. ¿Qué pasaría entonces si uno escribe en un idioma distinto, uno que apenas domine? Fácil. Limitados en vocabulario y en estructuras gramaticales, uno se verá forzado a expresar emociones complejas o trazar paisajes de la manera más sencilla posible. Ahora bien, ¿qué pasa con todos aquellos escribidores que no vivimos la guerra ni cazamos ballenas? Sin grandes temas ¿de qué podemos escribir? Si esperamos que algo trascendental ocurra en nuestras vidas corremos el riesgo de esperar demasiado. Murakami recuerda la película E.T. el extraterrestre. En ella, E.T. se dirige a un desván y con los objetos más cotidianos que encuentra fabrica un artefacto capaz de comunicarse con los suyos que se encuentran a años luz de la tierra. En una buena historia “no es tan importante la calidad de los materiales”, sino la magia que produzcan una vez que se combinen. Así, la respuesta está en cambiar la perspectiva, no se trata de sentirse obligado para escribir sobre determinado tema, se trata de saberse libre para “escribir lo que yo quiera”.

El mundo literario es para Murakami un ring de lucha libre donde “el árbitro no es demasiado estricto y nadie se dedica a vigilar quién puede participar”. Muchos entrarán con bombo y platillo y desaparecerán luego de su primera función. Lo difícil no es escribir una novela o dos, lo difícil es sobrevivir como escritor.

Anuncios