I would prefer do it later: sobre la tragedia social

[artículo] |Ricardo Iván Vázquez López

 

 

Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Oliverio Girondo

 

un  respiro. El mundo necesita un respiro. No una larga inhalación de aire puro, más bien, un suspiro largo, pacífico, melancólico y lento. Un suspiro que detenga el tiempo, que se plazca inmóvil en medio del caos. Un suspiro que termine con el cansancio que se acompañe de un breve vaciar de lágrimas y se aleje del motor móvil incesante. Un suspiro que dé aliento al cuerpo que lo vive, aliento que abrace con su calor al cuerpo frío en su incesante movimiento. Un respiro. Siempre necesitamos un respiro.

La detención de la respiración no sólo es un fenómeno humano asociado al cansancio fisiológico. Más allá de esto, es un acto que representa el ahogo de la existencia. La falta de oxígeno no sólo se presenta cuando se ausenta el aire. Un evento, cualquiera que sea su naturaleza, puede desencadenar un paro al ritmo normal de la circulación metabólica del humano. La única condición para que este evento tenga la fuerza de alterar la normalidad respiratoria es que sea de una magnitud estética extensa y esta potencia estética sólo es dada por la relación con el organismo contemplativo.

Muchos quedan plasmados tras un terremoto. Pareciera que un sismo es un movimiento telúrico que sólo altera la estabilidad terrestre. Esto sólo es verdad si ocurre alejado de cualquier conglomeración de humana. Un sismo, dependiendo de su magnitud, puede afectar el orden social, no sólo por las afectaciones a la estructura urbana sino por la potente fuerza desequilibrante que lo acompaña.

El desequilibrio constituye parte de la desestructuración de la realidad que percibimos. Un gran terremoto puede sólo derrumbar edificios, causar grietas en el suelo o tirar objetos de estantes. Pero, para nosotros, eso puede significar la destrucción de hogares, la muerte de quienes quedan atrapados. La tragedia está siempre en relación total con los personajes. Sin embargo, ¿la tragedia está sólo en los efectos inmediatamente visibles? No. La tragedia no es sólo mirar un mundo distinto, pues el mundo siempre está mutando.

Por un lado, el sismo es un proceso de agitación de la subjetividad. Durante el mismo, el tiempo parece dilatarse, ralentizarse, eternizarse. El tiempo no es más que una condición de representación que se altera dependiendo del objeto que contiene. En el momento del sismo, la imaginación vuela creando escenarios que sólo pueden conducir a una angustia que envuelve por completo a la conciencia. La fantasía opera más rápido que el transcurrir de los sentidos y en la introyección del sujeto a la fantasía, la sensación de la realidad queda en segundo plano. Un telón de fondo que apenas transcurre. La atención que es robada por la angustia conduce a la sugestión, un estado de predisposición orientado desde la irrealidad. Las acciones tomadas a partir de ese momento serán conducidas por una interpretación anterior a todo hecho verdadero.

La sugestión se aprovechará de imaginarios sociales y fantasías ubicadas en el inconsciente. Esta sacudida psíquica es una metáfora de la sacudida geográfica. Lo que ocurre socialmente es una irrealidad propia de cada sujeto. Para algunos, los estragos causados son mínimos, irrisorios, incontenibles, irreparables. Para otros, es necesario la ayuda filantrópica, la acción comunitaria, el gesto caritativo. Algunos, los más neuróticos, huirán despavoridos de las réplicas, mientras que los más maniaco-depresivos irán a dejar almuerzos a las zonas afectadas. La actitud de cada sujeto hablará más de sí mismo que del hecho social.

22662561_10204178530379561_668394296_oNo es necesario que exista una relación causal entre cosas que ocurrieron en sucesión histórica inmediata. Sí, es cierto. Los edificios caen y miles de personas se aglutinan alrededor buscando una forma de ayudar siguiendo el discurso del espíritu de comunidad en una aparente refutación de la teoría individualista de la sociedad actual. Sin embargo, en realidad, la gente no ayuda por la compasión al otro sino por la conmoción de sí mismo, conmoción orientada desde los preceptos sociales y la influencia de la historia personal.

Tras un evento estético estamos dilatados, agitados, confundidos. Esto no significa que la fantasía que nos envuelve sea ex nihilio. La fantasía se alimenta de estructuras inmanentes, de narrativas preestablecidas a las cuales acudimos cuando no entendemos que sucede. La conmoción debe subsanarse racionalmente para evitar la debilidad así que para su supervivencia el sujeto activa la máquina lingüística a través de sus mecanismos de defensa.

Es una mentira que el sismo por sí mismo sea un factor constituyente de la tragedia. Más aún, es una mentira que una tragedia sea motor del espíritu benefactor. El drama al que la sociedad acude a actuar no es más que un suceso performativo que revela hechos de nuestra existencia inconsciente, existencia ligada a la máquina social que Byung Chul Han llama “sociedad del cansancio”: una sociedad eternamente acelerada, como hace notar Luciano Concheiro. Esta sociedad se caracteriza por no dar tiempo a los actos más superfluos del humano, anteponiendo siempre la necesidad de producir. Por ello, no es de extrañar que cualquier tragedia se consuma en un drama breve y que una vez que este termina, la sociedad vuelva a la cotidianidad y el mundo continúa, regresando poco a poco al mundo habitual existente tras la catástrofe.

Quedarnos sin aire tras un evento no es efecto de ese evento por sí sólo, pues, que un hecho nos recuerde nuestra fragilidad no significa que sea creador de esa fragilidad. Hay una canción de Masayoshi Yamazaki llamada One More Time, One More Chance. Tal composición, en su letra, hace referencia a un amor que murió durante un terremoto en Japón. Si ponemos atención, sabremos que el tema de fondo es la culpa, la necesidad del tiempo perdido. En fondo, puede hablarnos de las efectuaciones de una sociedad que deja para más tarde al amor, puesto que canta acerca de todo aquello que no sucedió. La tragedia no es sólo el hecho de la muerte del amor del autor sino de la culpa que hubo por no elevar su relación hasta lo que realmente deseaba.

Pese a la ficción de la tragedia, ésta tiene una función fundamental en la manutención de la humanidad. La tragedia nos da un momento de llanto, un instante de liberación de todo padecimiento que debe relegarse a un tiempo que no llega. Liberación relegada en favor a la producción. Ese dolor que se acumula tras cada jornada de trabajo sale a flote cuando hay una sacudida lo suficientemente fuerte. ¿Será por ello que Bartleby termina suicidándose? Será, más a mi parecer, por la ausencia de ese llanto a lágrima viva que desemboca en un respiro. Al final, la confesión que guarda ese suspiro que ocurre tras un largo llanto se refiere a nuestra existencia y no a la compasión por el mundo. Porque si sintiéramos un amor humano, la ayuda no terminaría el día que debemos volver a trabajar. En realidad, queremos un respiro, pero necesitamos más espacio para respirar.

 

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