El avión azul

Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez.
[cuento] | Elena Y. Castillo Tejeda

 

  I   nundada por una luz transparente, la plaza lucía fresca y alegre frente al hospital. Los pajarillos se reunían para atrapar las migajas que se les caían a los distraídos y para acercarse a las manos de aquellos que se las ofrecían, invocando en él un sentimiento de bondad. Al observar sus pequeños ojos redondos, en su brillo se podía vislumbrar una vida más hermosa y pura. Era una fiesta cuando los más pequeños y vivaces tomaban los pedazos más voluminosos de pan y volaban casi rozando el suelo hacia sus nidos. Nadie podría explicarse la ternura que él sentía con este sencillo espectáculo, donde la urbanidad y la naturaleza armonizaban. Pero a la vez se preguntaba el porqué su naturaleza y aquel mundo hecho de ladrillos no podían comprenderse aún.

Para él, las personas y los edificios estaban hechas del mismo material. Pensaba que algunas personas eran como los hospitales, frías y acogedoras a la vez. Y le costaba entender esto: la cohabitación de dos sentimientos contrarios en un mismo lugar.

—Prefiere un chocolate o un café.

—Un café, por favor.

—Hoy es día de consulta ¿verdad? ¿Lo quiere con leche?

—Como cada mes –calló un momento−. No, sólo con azúcar.

Atravesó el protocolo de seguridad, dio los buenos días y miró aquel coloso azul con blanco que le recordaba un poco su miseria. “Es como un avión que está a punto de despegar pero al que sus cimientos se lo impiden”, reflexionó mientras entraba en el edificio.  

—Buenos días, disculpe, llevo más de una hora esperando a la doctora, mi cita era a las diez y media.

—¡Tiene que esperar hasta que llegue! —dijo la secretaria mientras azotaba su taza de café sobre la mesa.

Cabizbajo, escuchaba el repique de los tacones sobre el suelo que se mezclaba con el sonido de un caminar cansado.

—Pase y disculpe la demora —dijo la psiquiatra.

—No se preocupe, entiendo que los doctores son seres ocupados.

—Y lo entiende bien —dijo ella y le sonrió con una ligera picardía—. ¿Cómo ha estado?

—Bien, cansado la mayor parte del día…

—¿Ha vuelto a tener esas ideas sobre quitarse la vida?

—No, ya hace tiempo dejé de tenerlas —mintió.

Después de un exhaustivo interrogatorio, la psiquiatra concluyó:

—Bueno, parece que va bien con este medicamento, mantendremos la dosis…

­—Gracias.

—De que.

­­—Hasta luego.

Caminó por la calles un buen rato, sintió las venas invadidas por finos hilos glaciales y el corazón exprimido como si la vida quisiera arrancarse de él. Tenía ganas de llorar y terminarlo todo de una vez. Se detuvo y respiró profundamente, mientras recordaba a los pajarillos de la plaza… ese era su mejor tratamiento para no abandonar la vida.

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