Del penetrante poder del pensamiento

Pornografía y filosofía

[ensayo] |Pablo Javier Valle Bañuelos

 

 b  ajo el sol californiano, una joven en bikini espera paciente mientras la cámara recorre inquisitiva la extensión de su clara piel. Pasados unos instantes, aparece sonriente un hombre de fornido torso. Los blancos dientes recortados contra la negra piel y la mano extendida hacia la chica, quien se deja conducir al interior de una amplia habitación donde la esperan pacientes un grupo de igualmente torneados sujetos que sin perder el tiempo comienzan a acariciar la tersura del recién llegado objeto de placer. Pronto, comienzan a tomar turnos para satisfacerse con el delicado cuerpo que se ofrece a su arbitrio, antes de penetrar simultáneamente sus distintos orificios con las erectas prolongaciones que penden de sus ingles. Tras un impresionante despliegue de posiciones, combinaciones y prácticas amatorias que suplen su evidente incomodidad con la lasciva exposición de habilidades sólo describibles como acrobáticas, los hombres se reúnen en torno a la ahora también sonriente joven, quien les devuelve la mirada desde el suelo donde se hinca para recibir la descarga de fluidos que cubrirán su rostro como el betún de un pastel. Una última mirada a la cámara mientras un delgado hilo de espesa savia se pierde en la blancura de los pechos sobre los que cae y la imagen se pierde en la negrura. Inmediatamente, sugerencias de mil y una escenas similares llenan la pantalla, y el ciclo se repite (salvadas las diferencias particulares) hasta que las ansias son calmadas. Uno podría simplemente pasar de largo frente a la vulgaridad de una escena como esta sin reparar en las complejidades que oculta, y por ello mismo valdría le pena preguntarse ¿cómo pensar un fenómeno como éste? ¿Qué forma debería adoptar un pensamiento que pretenda pasar a través de la inicua apariencia para remontarse hacia el fondo de todo esto y verlo en la justa proporción donde adquiere un sentido superior? ¿Con cuáles herramientas y dónde comenzar? ¿Cómo hacer filosofía de la pornografía?

Pretender agotar en un ensayo como este las diferentes posibilidades de acceso que se presentan a la filosofía ante un fenómeno tan complejo es, en el mejor de los casos, pecar de ingenuo. Además, como he dicho, esa complejidad puede no siempre ser evidente. Por ello, nos limitaremos aquí a presentar una serie de problemáticas desde las que podemos entrar al tema y las diferentes formas en que el pensamiento reflexivo puede dar cuenta de ellas. En lugar de presentarlas de manera aislada, a modo de lista, daremos un recorrido por las perspectivas que hacen brotar dichas problemáticas para irlas abordando según se nos presenten y con ello dibujar los distintos ámbitos teóricos a los que pertenecen. Este mapa general irá abriendo ante nosotros campos que no entraremos a explorar pero que irán revelando y delimitando la extensión de aquello que llamamos pornografía. Por ello, conviene comenzar allí donde nos encontramos, donde la pornografía salta por primera vez ante nosotros, para avanzar en la indagación de sus entramados más profundos.

Si uno se dispone, hoy día, a ver pornografía, normalmente lo hará en alguno de los muchísimos sitios de esa caja de Pandora que es la Internet. Allí, uno podrá encontrar una asombrosa variedad de formatos y contenidos de los cuales disponer. Desde relatos eróticos estelarizados por los personajes de la serie animada del momento, hasta la experiencia auditiva más cuidadosamente producida, diseñada para enardecer los ánimos de la más exigente clientela; en el medio, una extensa variedad de contenidos audiovisuales, interactivos, lúdicos y literarios que tienen por común el hecho de existir en aquel rincón que la moral y las costumbres censuran como inadmisible en un entorno público. La pornografía, por ello, se ubica más allá de las fronteras de lo que es bien visto. Haríamos mal en pensar que estas fronteras son una delimitación fija e inamovible, pues el estudio de la cultura y la historia demuestran la plasticidad con la que estos linderos son trazados. Para todos es evidente cómo aquello que antes era impensable mostrar en ciertos círculos, ahora ilustra los anuncios promocionales de cualquier marca comercial. De igual manera, para reafirmar lo antes dicho, la definición de la pornografía tampoco requiere necesariamente de la presencia del cuerpo desnudo o del acto sexual para operar, como lo demuestran las prohibiciones que hace unos años se implementaron en China sobre espectáculos en línea donde jóvenes y hermosas mujeres aparecían ante la cámara totalmente vestidas ingiriendo de manera sugerente plátanos y otros productos culinarios; o las acusaciones de obscenidad que ciertos géneros musicales sufrieron durante el siglo XX y donde es recurrente la dificultad de los paladines de la decencia por definir qué, en una determinada obra musical, podía ser considerado pornográfico más allá de la vaga sugestión sexual encontrada en ciertas escalas musicales o la excitación corporal provocada por ciertos ritmos.

Dado lo anterior, podemos comenzar a definir tres ámbitos donde el problema de la filosofía hace su aparición. Primeramente, en la moral, entendida como conjunto de valoraciones sociales sobre aquello que cabe dentro del campo de lo censurable. De manera consecutiva, debemos reconocer el ámbito político donde las discusiones sobre dichas valoraciones tienen lugar. Finalmente, lo jurídico como lugar en que el resultado de lo anterior toma consistencia legal y se consagra como código en una forma de regulación de la vida. Al introducirnos en estos tres ámbitos encontramos, más que una radical división, una curiosa interconexión que los pone en movimiento uno frente al otro y termina por condicionar los análisis que de ellos podemos realizar. Sin duda abundan los ejemplos históricos de cómo los prejuicios de ciertas culturas se han infiltrado en las leyes que producen, así como la lucha política por mantenerlos aparte. Pero una lucha tal no tendría sentido si no admitiéramos en primer lugar una cierta relación entre moral y ley, incluso si esa relación es la del distanciamiento, lo que nos obligaría a considerar si dicho distanciamiento se trata de una radical diferenciación (la moral y la ley son dos cosas completamente dispares y por tanto no tienen que ver una con la otra), o si por el contrario esta admite grados y sutilezas.

Otro aspecto a considerar sería el mencionado carácter histórico de la definición que demos a la pornografía. Para tomarlo en cuenta necesitamos una idea sobre la historia, de la que depende la manera en que podemos acercarnos a este aspecto del fenómeno. Si suscribiéramos una postura que la toma como el progreso constante hacia un momento de realización absoluta del ser humano, tendríamos que aceptar a su vez un carácter progresivo en los distintos momentos de definición de la pornografía y por ello un constante refinamiento de la misma hasta el momento en que finalmente pudiéramos dar con aquella definición última y fija que consagre al fenómeno como un hecho acabado y estático que por lo mismo estaría exento de cualquier consideración posterior. Por otro lado, si la historia es para nosotros una matriz de relaciones sociales en constante flujo y carentes de una razón interna que determine su significado, entonces caería en nuestro regazo el problema de la arbitrariedad de las definiciones, pues si la historia no garantiza el significado de sus contenidos, entonces ¿en qué descansa la validez de las prácticas sociales, de las costumbres, de lo bueno y lo malo? ¿Puede la razón fijar de una vez y por todas la idea de la pornografía? ¿Puede hacerlo con alguna idea? La historia, por ello, se convierte en un factor decisivo en la reflexión filosófica y su funcionamiento en el plano teórico en un asunto que compete tanto a la ciencia histórica que la estudia como a la filosofía que sienta los principios a partir de los cuales dicho estudio es posible.

Movámonos ahora a la esfera de la producción, donde los objetos del mundo tienen su génesis y observemos a los actores involucrados en este drama que llamamos economía política. Tradicionalmente, la pornografía ha seguido el esquema general de las relaciones de producción capitalistas, donde por un lado se encuentran los productores que carecen de los medios de producción para realizar su trabajo y por el otro los propietarios privados de dichos medios que explotan el trabajo ajeno para continuar en el juego de capitales que termina por ratificar el orden existente. Esto es observable con claridad en el modelo de estudio o casa productora, donde los trabajadores son asalariados que dependen de los espacios e instrumentos (sets, cámaras) para la producción de una mercancía (películas, fotografías) que es posteriormente comercializada. Sin embargo, el carácter limítrofe de la pornografía en el espacio de la valoración social ha desembocado en una compleja relación jurídica, donde el relajamiento de las leyes (en ciertos estados) ha dado cabida a un exitoso lado legal de la industria, mientras que una significativa parte de la misma continúa funcionando en la ilegalidad para proveer de contenidos especializados a los más diversos públicos. Este es el mundo de la pornografía infantil, las violaciones, la trata, la zoofilia y toda clase de violencias. No es de extrañar que por vivir fuera del marco legal sea aquí donde la explotación alcance su grado más abominable y que por eso mismo sea donde se encuentran las más jugosas ganancias. Esto debería ser particularmente preocupante para los que vivimos en México, pues el narcotráfico ha tomado a su cargo desde hace ya varios años una tremenda porción de esta economía subterránea, encargándose de abastecer el mercado local, pero dedicando su producción principalmente a la exportación, siendo Estados Unidos y Europa los mercados preferidos para sus operaciones. Una valoración clara del rol del porno en los asuntos del narco es a todas luces difícil, pero siendo tan relevante el papel del narco en México, no se podría dejar de lado la pornografía al momento de pensar tanto al fenómeno del narcotráfico como al fenómeno que llamamos México.

Un aspecto más a considerar en la economía política de la pornografía estaría en las innovaciones tecnológicas introducidas en la industria tras la emergencia de la Internet y la manera en que éstas han modificado la producción y la consciencia de los productores. Con el surgimiento de la red, los antiguos estudios que se disputaban el dominio del mercado se encontraron de frente con un competidor hasta entonces sin importancia: el amateur. Mientras los medios de producción reducían sus costos junto con los de la producción en general y la tecnología facilitaba la distribución, el intercambio y el consumo, comenzaron a emerger espacios independientes que ofrecían al público una siempre creciente variedad de contenidos en muchas ocasiones gratuitos. Como bien es sabido, la producción y distribución de materiales pornográficos personales pueden encontrar en sí mismas y en el placer que provocan toda justificación necesaria. En otros casos, las necesidades económicas pueden transformar en una buena idea la comercialización de dichos contenidos. Incluso, para algunas personas esto puede convertirse en la principal fuente de ingresos, liberándolos así de la necesidad de jefes opresores, compañías explotadoras y trabajos alienantes. Más aún, esto puede verse como un factor de emancipación y empoderamiento de grupos marginados, como mujeres, minorías étnicas y homosexuales, quienes tienen ventaja sobre los hombres blancos heterosexuales en este terreno (debido principalmente a que son éstos los usuales consumidores). Pero las cosas en la Internet suelen ser engañosas.

Muchas veces ignoramos la infraestructura necesaria detrás de las páginas web que visitamos, la cual puede llegar a ser en extremo costosa en su adquisición y mantenimiento. Debido a ello, muchas personas optan por usar servicios de distribución de contenidos preestablecidos en lugar de fundar sus propios sitios. Páginas como YouPorn, Xvideos, PornHub y muchas otras ofrecen gratuitamente herramientas para el almacenamiento, consumo y transmisión de materiales foto y videográficos, además de las tan populares funciones sociales. Pero, ¿de dónde sacan el dinero estos gigantes? Algunos pueden ofrecer servicios de paga o suscripción, pero la mayoría de ellos sobreviven de la publicidad que pueden desplegar en sus sitios. La manera en que esta publicidad funciona es doble: en un momento trabaja generando ingresos en la medida en que es vista por el público. Digamos que por cada mil veces que un anuncio particular sea visto, el anunciante paga $1 al servicio en cuestión (sin duda, las tasas son mucho menores). Por ello, el interés de estos sitios radica en atraer la mayor cantidad posible de usuarios y para ello necesitan de la mayor cantidad posible de contenidos. Dado que es más barato alojarlos que producirlos, se dedican únicamente a brindar el mostrador donde se exhibe el trabajo de otros, el cual es finalmente explotado por ellos (en muchos casos, sin regresar nada al trabajador). Tal vez esto ayude a explicar el tremendo crecimiento de sitios como PornHub y otros que funcionan bajo el mismo modelo (modelo que se repite en sitios como Facebook). Por su lado, el consumidor, cautivado por la gratuidad que le ofrecen, no es consciente de ser objeto del segundo momento del mecanismo de esta publicidad, pues siendo que estos sitios recaban información detallada de los hábitos en línea de los usuarios, así como de muchos de sus datos personales (ubicación geográfica, idioma, sexo, etc.), pueden después vender dicha información a la misma gente que se publicita con ellos. Así, la explotación se extiende al usuario, quien se vuelve así una mercancía más para ser vendida. De esta manera, la aparente liberación se convierte en sujeción, en una explotación aún más brutal que en otras industrias pese a ser más sutil.

Abierto el campo económico-político, podemos ahora introducirnos en el ámbito de la ontología que le permite existir. Lo primero será notar que cuando hablamos de economía política en sentido filosófico y ontológico nos estamos refiriendo a modelos explicativos que el intelecto produce para dar cuenta de la realidad que se nos presenta, realidad en la economía política es la del perpetuo cambio de lo que es, la del incremento y el achicamiento, la de la producción y el consumo, la del intercambio y la distribución, pero siempre en sus momentos de ordenamiento, en las distintas formas que describe. Específicamente, el modelo ontológico de la economía política ubica al hombre en el centro de una doble relación con el mundo que habita y por tanto con los objetos que lo ocupan y las estructuras que lo forman. En un momento, el hombre, de pie frente al mundo, se torna su productor en tanto que da origen a todo lo que en él encuentra. No importa si se trata de la taza de café que bebo, de la computadora en que escribo o de la música que escucho, todo lo que pueda figurar tiene al hombre como su punto de partida (ni los objetos de aquello que comúnmente se llama “naturaleza” están exentos de esta determinación fundamental). Pero si el hombre es punto de partida de lo que es más allá de sí, es también el puerto al que arriban las naves que despacha, dado que todos tenemos necesidades que sólo pueden ser cubiertas con objetos externos. Todos estos objetos tienen su origen en el hombre, por lo que es sólo a partir de su trabajo que el hombre puede satisfacerse y continuar la marcha de su existencia. Este metabolismo sienta las bases a través de las cuales podemos dar sentido a lo que nos rodea sin apelar a nada más que nosotros mismos y comenzar a ver hasta qué grado somos conscientes de todo lo que construimos, incluidas las estructuras sociales y las narrativas históricas que nos determinan.

Estos objetos que habitan mi mundo pueden ser de muy variados tipos, no importando si tienen una existencia física, corpórea, o si son “sutiles”, como los antiguos intentaban describir cosas como las ideas, la mente y el alma. Así, podemos imaginar el mundo como un conjunto que contiene elementos de distintas clases, como un gran círculo que se va ensanchando o constriñendo según algo se introduzca o sustraiga de él. Sin embargo, este mundo es siempre tal para el sujeto que lo habita, que lo padece, y que es tanto sujeto de su producción como de su consumo. Sentado aquí, al escribir estas líneas, me encuentro inmerso en un mar de objetos que para mí tienen sentido y significado (la laptop en la que escribo, la música que escucho, la revista que me emplea), y me relaciono con ellos para ejercerme como productor de un cierto objeto que más tarde, al ser parte del mundo, será consumido (espero) por el lector que lo reciba. Igualmente, acompañando mi escritura con música, me convierto en consumidor de la producción de otro que habita mi mundo. Así, mi mundo crece según nuevas cosas entran en él y me forman como sujeto a través de mis gustos, conocimientos, prácticas y demás aspectos del cómo vivo y experimento al mundo, del cómo me vivo y me experimento. Esta particular forma del ser económico me determina ontológicamente como productor-producto, un constante flujo desde el interior hacia el exterior y viceversa.

Si avanzamos un poco en el análisis, notaremos que ni mi consumo ni mi producción se llevan a cabo en el abstracto de la indeterminación, sino en formas muy concretas (escribo en una laptop, en un procesador de textos gratuito, siendo parte de relaciones de producción determinadas por la revista y el marcado a quienes está dedicado mi trabajo), y con la efectividad de mi acción no sólo me realizo en esas formas concretas, sino que ratifico un orden que en última instancia las determina. Con ello participo del proceso social que da origen a todo lo que cabe en el campo de mi conciencia, y de cada conciencia concreta a la que me hermano en este movimiento. Pero si lo que yo puedo hacer en el mundo (las distintas formas en que puedo relacionarme con él) está a su vez determinado por lo que yo puedo concebir como realizable, entonces es la conciencia la que viene a dictar lo que para la práctica es permitido, encerrando así al sujeto en la espiral de su lucha por ir más allá la una de la otra: la victoria de la conciencia sobre la práctica es su propia ruina y restauración.

Gracias a lo anterior, podemos tener acceso ahora al ámbito de la existencia, pues dado que existo, y lo hago rodeado de los habitantes de un mundo ordenado del que todos somos partícipes, entonces lo hago ocupando un sitio específico en dicho orden. Visto existencialmente, esos sitios y su orden no refieren únicamente al ámbito de lo social, ni al histórico, ni al de los otros que hemos observado, sino que se mueven entre ellos, en los entramados que les dan consistencia y mediante los cuales nos los representamos en conciencia. Por lo mismo, se ven determinados en la forma que esos ámbitos tomen, pero dado que aquellos tienen su origen en nosotros, entonces también somos productores de quienes los padecen, a la vez que producto de su acción vivencial. Por eso, lo sepa o no, produciéndome a mí con la producción del mundo, produzco también a todos los que me acompañan en él, determinándonos todos a ser de una cierta forma, a ocupar cada quien su sitio en ese mundo. Si extendemos nuestro horizonte para ver un poco más allá, a lo que nos rodea, estaremos hablando de las circunstancias que nos envuelven, esos aspectos tan particulares y específicos que vivimos de acuerdo al sitio que ocupamos. No es lo mismo vivir como rey que como esclavo, pero el rey y el esclavo no son sino sitios que ocupan un par de sujetos vivientes. De ello proviene la dificultad en estimar la extensión de nuestros actos, pues nunca podemos saber exactamente ni qué tanto éstos afecten las circunstancias ajenas ni de qué manera dichas circunstancias afectarán a los otros. Sin embargo, ya con ser conscientes de dicha afectación podemos considerar en general que lo que ellos viven está de cierta manera sujeto a la forma en que nosotros vivimos, y con ello los atamos a un cierto modo de ser a la vez que nos atamos a nosotros mismos. De aquí, de la consciencia de nuestro carácter existencial, proviene una disyunción que nos obliga a decidir entre continuar actuando como hasta ahora lo hemos hecho, y con ello continuar ratificando y reproduciendo un cierto orden que nos determina a todos, o rebelarse contra el sistema de relaciones que determina nuestro sitio, circunstancia y orden para intentar construir nuevas formas de ser en conjunto. En el caso que nos ocupa, la pornografía se revela entonces como asunto de todos. No sólo de los que están directamente involucrados en algún momento de su proceso productivo, sino de todos los que existiendo hacen posible la existencia de una sociedad donde aquella aparece en las distintas formas que hemos descrito.

Habiendo descendido a las cavernosas profundidades del pensamiento reflexivo, podemos finalmente ver cómo la imagen que tenemos ahora de la pornografía no puede escapar a considerar el modo en que su existencia presente, su actual modo de ser, es asunto de todos los que somos con ella. En menor o mayor medida, de manera más o menos directa, todos tenemos una cierta responsabilidad en la forma con que la pornografía se muestra en nuestros tiempos y todos deberíamos por ello reconocerla como un tema necesario en la reflexión, sin olvidar nunca que la decisión sobre lo que queremos que sea se encuentra siempre mediada por instituciones a través de las cuales se ventilan las diferencias que grupos sociales puedan tener. Más allá de rendirse a la “oficialidad” de ciertas instituciones, debemos considerar nuestro papel como productores de las mismas e intentar dar luz a nuevos espacios y nuevos tiempos en que nos podamos ejercer en la pornografía como hombres y mujeres libres, que buscan su realización sin incurrir en el detrimento de la búsqueda ajena. Quedan pendientes al pensamiento mil otras direcciones posibles, pero si estas líneas tienen utilidad, no puedo sino esperar que sea para dar impulso a otros que deseen adentrarse con sus propias herramientas en estos parajes y tal vez también para ir tomando en el camino nuevas armas para hacer frente a las complejidades del viaje.

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