Lo pornográfico y lo ilusorio

[artículo] |Ricardo Iván Vázquez López
“Mírenos, ya no somos tan jóvenes. Nos mueven los recuerdos que están vivos. Miradas son encuentros clandestinos. Y aquí, aquí oscurece pronto. Pronto. Pronto.”
Nishiati.

 d  evenir adolescente es devenir sexualidad. Esta no es una transmutación instantánea. El salto de la niñez a la adolescencia se enmarca en múltiples factores, en los cuales, la sexualidad toma papel protagónico. Una sexualidad que es negada a la niñez a partir de la visión externa. Durante la infancia, un tercero interpone una barrera avasallante entre el niño y su placer corporal. Sin embargo, no sólo la sexualidad corre esta suerte. Al llegar a cierta edad, el niño lucha por reconocerse y revelarse ante esta mirada ajena. Revelación que al mismo tiempo revela en su seno su propia existencia. No por nada Erickson identifica esta etapa con la pugna del sujeto por encontrar la fidelidad en medio de la lucha entre la identidad y la difusión. Pugna que se enmarca en establecer una identidad fija y serle fiel a los principios que la acompañan para establecerse en fijación a sí mismo.

La sexualidad compone el elemento sustancial de esta fijación. Esto es debido a que el deseo es constituyente de nuestros actos. Al ubicarnos, lo primero en aparecer es el Deseo propio. Deseo dividido en dos partes, una de concepción freudiana, es decir, suplantación simbólica de la necesidad en función del contexto social; y otra de concepción Deleuziana, como fuente de potencia de creación. Esta disparidad del deseo llevará al sujeto a un nuevo enfrentamiento existencial: intimidad o aislamiento; una lucha que deberá entregarle al sujeto la virtud del amor. Cada humano se compromete con su deseo y lo cumple en función del régimen de valores al que se anexa. Podemos encontrar vías múltiples de lograrlo, ya sea en función del hedonismo (al estilo wild, Young and free) o al ascetismo (prudent, wise and responsable) por poner algunos ejemplos. Al encontrar el amor, el siguiente nivel será el cuidado.

Empero, hasta aquí seguimos hablando de construcciones sociales, pues cada etapa del desarrollo no es más que el intento vano por conceptualizar lo extraño, por tratar de estatizar el constante cambio y aprehenderlo en su inmensidad. Realizamos cortes para soportar el amargo movimiento y constante transfiguración. Para sostener estas figuraciones sociales, producimos una serie de instituciones, imaginarios y narraciones que se anclan a las mercancías particulares de la sociedad, buscando reproducir las condiciones ficticias de la sociedad.

Recomencemos. Devenir sexualidad es devenir rebeldía y revelación. Esta no es una transmutación instantánea. Es probable que nuestro primer contacto directo y voluntario con la sexualidad no sea en un encuentro vivencial, sino en alguna producción cultural. Tocamos por primera vez nuestro placer en el encuentro con la mercancía. Así, la pornografía es por antonomasia nuestra primera construcción vivencial del sexo. Antes de postrarnos fascinados frente a la reproducción de la actividad sexual no existe más que un desconcierto allende a la sexualidad. Sin una referencia ilusoria anterior, el encuentro de los amantes no desembocará en otra cosa que el fracaso. Pues, ¿cómo tener coito sin saber cómo es el coito? Pese a que la aparición irresistible de la sexualidad aclama imperativamente su ejecución, el sujeto se pasma ante la ignorancia y así como aparece un desconocimiento sobre la propia identidad, aparece el desconcierto sobre la propia sexualidad. ¿Cómo causarme placer?

La pornografía se posiciona como salvadora frente a la mala práctica sexual. Es, en tanto multidimensional, también un método pedagógico. Es claro que podemos hablar de una multiplicidad de formas de expresión del erotismo en la pornografía, pero sucede lo mismo que en cualquier área de saber: unas formas son más visibles que otras. Resulta que los primeros acercamientos a la sexualidad operan en la misma línea de la relación heteronormativa, creando una triada erótica por excelencia: hombre-mujer-sexo. Es evidente que esta figuración se calca desde los modelos biológico-morales de la reproducción. Aunado, este modelo recoge el deseo heterosexual y lo representa gráficamente. Es decir, si mirados esta forma particular de pornografía, ubicamos que en ella se reúnen una serie de tensiones imaginarias y narrativas que le dan el sustento necesario para colocarse como la figura del fondo pornográfico. Por ello mismo, es el primer acercamiento de la mayoría de los sujetos sexuales. Esto no significa que arrase con la totalidad, pues, así como el deseo es múltiple, también lo son sus representaciones sociales. Es decir, existe también una multiplicidad, minimizada, de pornografía.

La existencia de un tipo de erotismo primordial es posible por la reproducción de sus condiciones de existencia como figura cardinal de la constitución social. Beatriz Preciado da cuenta de cómo la sociedad actual está cimentada sobre una construcción fármaco-pornográfica. Por un lado, mira a la sociedad con los ojos de Deleuze al considerarla como un régimen de control en la cual los sujetos interiorizan los mandatos sociales y se obligan a sí mismo a cumplirlos. Por otro lado, considera que la pornografía y la farmacéutica construyen categorías socio-biológicas de relación entre cuerpos. Es decir, en el sentido de Foucault, la política también implica una biopolítica, es decir, ejercicio del poder sobre la especie humana. Este tipo de poder opera a partir de la división sexual que al mismo tiempo incluye una división cultural de los roles. Esta división, como señala Bourdieu, constituye una dominación de ciertos sujetos sobre otros en función de su diferencia. La sociedad se estructura a partir de la separación y relación entre sexos.

Este poder que es interiorizado en los sujetos no opera en otro registro subjetivo que el de lo ilusorio. La fantasía es el componente que liga lo imaginario a lo simbólico, produce las estructuras simbólicas al anudar el lenguaje del contexto social a las impresiones sensitivas personales. Aquí se instaura la mitología personal a la que los sujetos acuden para decidir sus acciones. Toda acción libre está motivada por la estructura ilusoria. Hacemos lo que creemos que es lo mejor, lo que aprendimos que es lo óptimo, lo seguro, lo sólido, lo eterno: lo bueno, lo bello y lo verdadero. Sin saber que esta elección es constituida externamente.

Da la impresión claustrofóbica de la negación de la libertad. Esto sería verdadero mientras permanezcamos en el plano psicologista. La subjetividad es construida pedagógicamente a partir de la relación de la psique humana con las mercancías sociales. Pero la psique es también un objeto trascendental. Como logra mirar Sartre, la conciencia de sí está más allá de su psicología personal. Es decir, si la psique es un ente trascendente y es constituido, no es determinante del sujeto. Cada humano es libre de reconstruirse. Por eso mismo, lo ilusorio opera entre el determinismo simbólico social y su negación fundamental de la individualidad. Es pasar del deseo a la necesidad y de la necesidad a recrear el propio deseo.

Devenir sexualidad es devenir un reclamo ante la propia identidad. Ya notaba Freud como la represión sexual tenía implicaciones –salubres, psíquicas, identitarias, fisiológicas- en el humano. No experimentar la plena sexualidad es también mutilarse. Sin embargo, la problemática endurece al saber que el medio de aprendizaje de ejercicio de la sexualidad es el dispositivo pedagógico de la pornografía. Lo que hacemos es allende a este saber. Cabe lanzar la pregunta ¿cómo ejercer nuestra plena sexualidad? Quizá en términos antisociales, quizá en términos aberrantes.

Estepario.logo.E

 

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