Pornografía: un vistazo

[artículo] |Carlos Erasmo Rodríguez Ramos

el diario digital Sin Embargo señaló, con base en una infografía que lanzó el sitio Pornhub, que en 2015 la cantidad de pornografía consumida a nivel mundial bastaba para llenar la memoria de todos los iPhone vendidos ese año.[1] Si tenemos en cuenta que sólo es información relativa a uno de los tubes más populares de la web no debe sorprendernos que la industria pornográfica genere, sólo en Estados Unidos, una ganancia que oscila entre los 10,000 y 14,000 millones de dólares al año. [2] El sexo vende y vende mucho.

Debido a que los cuestionamientos suelen ser un inhibidor del placer, casi nadie se pregunta qué hay detrás de aquellas mujeres ensueño y todas esas fantasías videograbadas. Lo cierto es que detrás del placer, hay todo un universo oculto que hace posible aquello que llamamos pornografía.

 

Una definición escurridiza

 c  uando el juez de la Corte Suprema de Estados Unidos Potter Stewart se vio obligado a dar una definición de pornografía para resolver uno de sus números casos sobre censura, simplemente dijo: “Sé lo que es cuando lo veo”.[3] Aunque a primera vista el comentario del jurista parezca jocoso, lo cierto es que en el caso de la pornografía, difícilmente encontraremos definiciones mejores que esa.

Si buscamos el sentido etimológico de la palabra pornografía, encontraremos que viene del griego y que su sentido original se ha perdido. Según Bernard Arcan, el redescubrimiento de la palabra proviene de una mención única en el Deipnosophistai de Athenaeus, un libro de la antigüedad que incluye comentarios eruditos y sofisticados de la época. En esta obra, la palabra pornografía hace referencia a las historias contadas por prostitutas o que tratan sobre ellas.[4] Posteriormente, en 1769 se volvió a encontrar la palabra en la obra de Restif de la Bretonne, El Pornógrafo, donde se discutía la regulación de la prostitución. Fue hasta el siglo XIX cuando, según Walter Kendrick, la palabra fue tomando su acepción actual cuando la arqueología y la historiografía la usaron para referirse a los objetos obscenos encontrados en las excavaciones de Pompeya.[5]

Entre prostitución y lo que parece entenderse hoy por pornografía, hay pocos puntos de contacto. Más allá del sexo y la presencia del factor económico, no hay nada más que hermane estas palabras. Actualmente sigue siendo un misterio cómo el término pornografía pasó a denominar la industria del entretenimiento para adultos.

Siendo inútil el análisis etimológico para lograr una definición, tal vez la mejor vía sea enfocarnos en lo que la palabra pornografía refiere en la actualidad. En este caso, podríamos aventurar numerosas definiciones como “la comercialización de imágenes de carácter sexual” pero dichos intentos quedan lejos de englobar el fenómeno.[6] En el caso del ejemplo, la definición englobaría cosas que no son consideradas pornografía como la publicidad altamente sexual de cualquier producto o la comercialización de algún desnudo artístico.

Por lo tanto, más que aspirar a una definición precisa la solución estriba en señalar los rasgos distintivos del fenómeno. En primer lugar salta a la vista que la pornografía es un producto creado para el consumo de masas. En segundo lugar, es un producto de índole sexual que se diferencia de productos similares por lo explícito de su contenido. Es por ello que se suele decir que la pornografía es aquello que está más allá del erotismo. Mientras que éste se vale de distintos recursos artísticos para realizar una exposición velada del sexo,  la pornografía es la representación explícita del mismo, es el sexo sin artificios.[7]

Precisando estos dos elementos podemos tener una idea más o menos clara de lo que es la pornografía sin caer en debates de valor donde lo pornográfico es simplemente fijado por las convenciones de la moral en turno.

 

Nacimiento de una industria

 a  unque a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha habido espectáculos de sexo explícito, estos estaban generalmente reservados a las élites de ese entonces y nunca se convirtieron en un producto que fuera consumido por las masas.[8]

Si hay un padre del género, ese fue Pietro Bacci, conocido como Aretino. Este hombre, nacido en 1492, se dedicó a escribir novelas donde se describía el sexo de manera explícita. Gracias a la invención de la imprenta, las novelas de Bacci fueron el primer producto pornográfico en llegar a un amplio consumo.[9]

Siglos después, con la invención de las cámaras de video, se hicieron en distintos países de Europa algunos filmes pornográficos. Sin embargo, el nacimiento de la industria pornográfica como la conocemos hoy no se dio hasta las grandes casas productoras de Estados Unidos.

En ese entonces, revistas como Playboy y Penthouse habían allanado el camino al aflojar la estrecha moral de la posguerra. Con el paso del tiempo y siempre enfrentándose a la censura, en la década de los setenta ya había cientos de pequeñas productoras que exhibían sus producciones en los cines dedicados a este tipo de materiales. En este punto es necesario señalar que, debido al repudio social que desde siempre persigue a la industria, las productoras actuaban prácticamente en secreto. No es de sorprender que los filmes pornográficos de entonces y ahora, incluyendo al clásico norteamericano Garganta profunda, fueran y sean financiados en muchas ocasiones por la mafia.[10]

Hoy en día, la pornografía se consume en la privacidad del hogar. Este giro se dio con la invención de la televisión y de los formatos de reproducción caseros como el VHS y el DVD. En este entonces, los consumidores obtenían membresías de las productoras que, a cambio de determinada suma, hacían llegar a los hogares de sus clientes videocasetes y discos. Sin embargo, esto cambió para siempre con la irrupción del Internet.

 

La era de los tubes[11]

 el  internet representó el fin de la industria pornográfica tradicional debido al nacimiento de los tubes: sitios de internet dedicados por entero a brindar acceso gratuito a materiales pornográficos. Debido a esto, el viejo esquema de las membresías caducó pues no hay quien pague por algo que puede obtener gratis. Esto provocó, entre otras cosas, la quiebra de las productoras que se negaron a pactar con los tubes. Las reglas del juego habían cambiado y eran bastante simples: quien controla los tubes controla el mercado de la pornografía.

Nadie vio tan pronto el cambio que se avecinaba como Fabian Thylmann, un programador dedicado a los sitios web de flujo masivo. Thylmann compró la gran mayoría de los tubes y se convirtió, de la noche a la mañana, en el zar de la industria pornográfica mundial.

A partir de ese momento, la mayor parte de las ganancias de las producciones irían a parar a los tubes, quienes a cambio de un elevado porcentaje, reproducían los contenidos de las productoras en sus sitios web.

Este giro electrónico de la industria web trajo otros inconvenientes pues una industria que ya operaba en las sombras, se volvió prácticamente invisible. Después de que Thylmann vendiera sus empresas a la misteriosa MindGeek ya nada se sabe de quiénes ni cómo operan la producción pornográfica mundial.

Actualmente, es prácticamente imposible fiscalizar los tubes y se especula que, entre otras cosas, se dedican como giro principal al lavado de dinero. En medio de este enorme tráfico de información se puede ocultar cualquier cosa, incluyendo transferencias millonarias de orígenes obscuros.

 

El dolor de la pornografía

 a  lo largo del artículo hemos explorado de forma panorámica el gran tema de la pornografía, una industria que genera millones de dólares al año. Este dinero, desgraciadamente, es generado a través del dolor de miles de personas involucradas en la producción. Para que alguien disfrute de placer y comodidad, alguien más debe, necesariamente, sufrir.[12]

Son bastante conocidas las prácticas violentas a las que recurre la pornografía para generar sus contenidos. Estas empresas se aprovechan de la vulnerabilidad que en nuestras sociedades sufren las mujeres e incluso, en la forma más perversa de la pornografía, los niños. Casi podríamos decir que el dolor es el hilo que une todo el entramado de la producción y consumo de pornografía.

Más que agotar el tema, este artículo buscó dar una aproximación que sirve de punto de partida para su reflexión. En estos tiempos, más que en cualquier otro, es necesario reflexionar en torno a las condiciones que hacen posibles los productos que consumimos. Sobre todo si, como en el caso de la pornografía, ese consumo puede esconder el dolor ajeno.

Estepario.logo.E


Notas:
[1] http://www.sinembargo.mx/10-01-2016/1594923
[2] https://elpais.com/diario/2006/11/26/domingo/1164516755_850215.html
[3] La cita proviene del caso Jacobellis vs Ohio. Arcan, Bernard, El jaguar y el oso hormiguero. Antropología de la pornografía, trad. de Pablo Betesh, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1993, p. 26
[4] Ibidem, p. 135
[5] Idem
[6] Ibidem, p. 27.
[7] Ibidem, pp. 32-34
[8] Ibidem, pp. 138-139
[9] Ibidem, pp. 136-137
[10] Estos datos fueron extraídos del documental Pornocracy, escrito y dirigido por Ovidie. Está disponible en la plataforma Netflix.
[11] La información de todo este apartado proviene del documental citado en la nota anterior.
[12] Jensen, Robert, “The Pain of Pornography”, en Dines, Gail et al, Pornography. The production and consumption of inequality, New York, Routledge, 1998, pp. 155-162

 

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