Primero de McAllister

[cuento] |Ernesto Jimenez Armas

 

¿Mc Allister? Bueno. La gente habla. Ya sabes. Donde el Señor tenga a bien dar whisky a su rebaño habrá alguien contando esas historias. Que si este sujeto dispara dos rifles a la vez, que si este otro mató a veinte indios, que si aquél cruzó el desierto en una cabalgata. ¡Carajo! Seguro hay alguien que come plomo y caga balas. Ni siquiera se ponen de acuerdo. Un día fue McAllister, al otro Lorentz, luego Wilcox, Dalton. Tú nómbralo. Es una locura.

Había oído que McAllister se pone en pie sobre un caballo a todo galope y hace un tiro perfecto pero, ¿matar a tres hombres con el rebote de una bala? Hay que ser imbécil para creerse eso. Incluso tratándose de McAllister, que es un tipo de cuidado.

Se dicen muchas cosas pero te apuesto mi pierna buena a que ni la mitad son ciertas. Claro. Siempre juran haberlo visto con sus propios ojos. Tipos haciéndose los interesantes. Te tomaron el pelo, muchacho. Ya lo creo. Bueno. Si te gustan esas historias, tal vez hoy estás de suerte. No hay tipos parando balas con los dientes pero es verdad. Te lo digo yo. Estuve ahí cuando “Colorado” McAllister despachó al primero.

Conocí a los McAllister hace tiempo, ya sabes, mucho antes de las historias. Incluso conocí a Arthur antes de que le llamaran “Colorado”. Para nosotros era el pequeño Artie. Créeme. Tuvo una buena infancia. Nada del padre borracho que lo golpeaba como a un perro. No, señor. El viejo Tobias McAllister no tuvo nada que ver. No era el hombre más simpático del mundo pero cuidaba a su familia y le gustaba el trabajo. Era una vieja mula que marchaba derecho, sin importar cuanto le pusieran encima.

Él no tuvo nada que ver. “Colorado” McAllister se debe a ese hijo de puta de Buck Johnson. El pobre Henry no merecía acabar así. Buen chico, fuerte como un toro. Se ganó el respeto de todos como se gana en el oeste: trabajando.

Escucha. Mi viejo y yo teníamos una pequeña tienda que surtíamos en Nueva Orleans. Buen negocio, sobre todo si vives en un montón de casas en el polvo. Fue a nuestro pueblo a donde llegó Tobias McAllister desde Irlanda, unos años después de que se desatara la hambruna en su país. Algo relacionado con las patatas. Esos hijos de puta sólo comen papas y no beben otra cosa que no sea whisky.

Tobias llegó con su mujer, Susie, y con Henry, su primogénito. Al principio los patriotas medio seso vieron con recelo aquellas cabezas pelirrojas. Muchos irlandeses tomaron las armas por México en la última guerra y eso no es fácil de olvidar. La mayoría de nosotros no éramos tan tontos. Nuestros padres y abuelos aun recordaban con nostalgia la vieja Europa. Así que, como eran trabajadores y honestos con su pequeña granja, los dejamos ser. Incluso dejamos pasar sus viajes dominicales a uno de esos pueblos mexicanos que se amontonan junto a las iglesias. Dios sabe que en México e Irlanda sus servidores son católicos y en tierra de nadie uno no quiere hacerse enemigos por eso. Bastante teníamos con los indios. Esos ni conocen a Cristo.

Tiempo después de su llegada, nació Arthur. No. No hubo nubes negras que obscurecieran el día ni relámpagos incendiando establos. Ni siquiera nos hubiéramos enterado de que nació si no hubieran ido a bautizarlo. Los McAllister eran gente reservada. Nadie llegó a intimar con ellos.

Arthur no era, como dicen, un bebé que repartía plomo mientras se aferraba a la teta de su madre. Fue un niño normal hasta la muerte de Susie. Se la llevó una fiebre. Al viejo Tobias le gustaba decir que murió de nostalgia por los acantilados y las praderas verdes, que un corazón como el de su esposa no pudo soportar la desolación de estas tierras. Dejaron de nuevo el pueblo. Los católicos entierran a los suyos en tierra sagrada, junto a las iglesias.

Fue ahí cuando las cosas se comenzaron a torcer. Artie empezó a actuar raro y aunque su padre decía que había heredado el carácter de su madre, muy pronto todos estuvimos de acuerdo en que era medio retrasado. Para empezar, su apariencia daba mucho de qué hablar. Vestía overoles de mezclilla, camisas y botas que le iban grandes, heredadas siempre de su hermano Henry. Como su cabello rojo y lacio escapaba del sombrero de paja que solía llevar, no faltó quien lo comparara con un espantapájaros. Además, tenía esta separación en los dos dientes delanteros que lo hacía ver un poco estúpido.

Con eso hubiera bastado para saber que estaba chalado, pero como bien dicen: un loco es mitad su apariencia y mitad sus locuras. Artie cumplía bien con ambas.

Imagínate. Cuando su padre lo enviaba a la tienda se quedaba mirando cada maldita cosa. El chico podía pasarse horas haciendo eso si no le preguntabas qué carajo quería. Incluso llegué a examinar los productos varias veces para ver qué tenían de interesantes y nada.

También tenía una fijación extraña con los animales. Una vez vi cómo se retorcía de risa por un caballo y unas cuantas moscas. Cada que el animal azotaba la cola contra las grupas y la mosca escapaba en el último momento, el chico soltaba una carcajada. Aunque nunca lo escuché, la gente decía que lloraba entre los matorrales cada que su padre sacrificaba un animal.

Lo más extraño y lo que desató todo fueron sus extraños paseos en el desierto siempre que llevaba el rebaño de su padre a pastar las hierbas espinozas que crecían por ahí. Artie siempe volvía al atardecer, con la piel del cuello tan roja como su cabello. Nunca nadie supo qué hacía allá afuera. Algunos decían que se había vuelto amigo de los indios y ellos lo enloquecieron con alguno de sus brebajes, ¡Ja! Sí, claro. Seguro también se topó con la maldita zarza ardiente.

Durante esos paseos los animales se desperdigaban y el pobre Henry siempre iba a buscarlos. Su hermano mayor fue, desde que murió su madre, más que su único amigo, su único contacto con el mundo. Artie sólo hablaba con él. Solía jalar la manga de su hermano y susurrarle al oído lo que quería decir. Henry debió querer mucho a su hermano para tolerar esas tonterías. Todos creíamos que Artie no duraría mucho sin Henry.

Por todo esto te imaginarás que fue una sorpresa encontrar al chico en el bar la noche en que todo ocurrió. Mi viejo había hecho un buen negocio en la ciudad y estaba tan de buen humor que me dio un par de billetes y la tarde libre. En aquellos parajes, sólo hay un lugar donde gastar tiempo y dinero que sobran.

A veces da pena recordar los agujeros que uno frecuentaba pero este tenía su encanto. Todos los hombres del pueblo se reunían para disfrutar de la compañía de las mujeres del local y de un whisky bastante rebajado. Algo es algo. Como la electricidad todavía tardaría un tiempo en llegar, jugábamos y bebíamos a la luz de las velas y las lámparas de aceite.

Ese día, Artie estaba sentado en la barra. Mis amigos y yo ocupábamos una mesa cercana. Según me dijeron, el espantapájaros llevaba horas ahí. Con un movimiento de cabeza pedía un trago, lo pagaba y se le quedaba mirando largo rato hasta que se lo tomaba de golpe. Por cómo se tambaleaba sobre el banco, supe que ya llevaba varias copas. Artie debía estar como una cuba y no lo culpo. Habían sido días difíciles para él.

Un par de semana atrás, durante uno de sus paseos en el desierto, uno de los animales de su padre se metió a las tierras de Buck Johnson, un hijo de puta que tenía fama de haber sido pistolero en su juventud. Pese a la gran barriga, los dientes podridos y las canas, se decía que Buck seguía siendo tan peligroso como malhumorado. Nadie quería verse las caras con él.

Henry fue a recuperar la bestia y, bueno, la cosa no salió bien. Johnson creyó, o eso dijo, que el chico lo estaba llamando ladrón. Seguro pensó que sería fácil asustar al chico para quedarse con el animal pero Henry no se acobardó. Un error común. El animal no volvió a entrar al establo de Tobias pero tres balas entraron en el vientre de su hijo. Unas explicaciones confusas al sheriff sobre una riña que acabó mal y la cosa quedó como si nada. Era más fácil tragarse eso que acabar como Henry.

Al viejo Tobias no pareció molestarle. Si alguna vez extrañaba a Henry seguro era cuando echaba falta de ese par de manos en la granja. En cuanto a Artie, vagaba por todo el pueblo como un cachorro en busca de su dueño, sobre todo en los alrededores de casa de Johnson.

Ni Henry ni el viejo se daban a la bebida, así que aquella fue la primera vez que vimos a un McAllister atender a su sangre irlandesa.

Artie levantó su rostro enrojecido de repente y se dirigió a Noah, el cantinero. Por el ruido y las conversaciones, sólo los que estábamos cerca pudimos oírlo. No era el tartamudeo que todos esperábamos si no una voz seca, sin emoción. Al escuchar esas cuatro palabras todos supimos que ese día iba a acabar mal.
     —¿Conoces a Buck Johnson?

Noah también debió sorprenderse pero no se dio por aludido. Siguió sirviendo bebidas a lo largo de la barra con su rostro inexpresivo de siempre. Conocía su profesión y sabía que lo mejor era ignorar a los clientes que buscan problemas. Artie no le quitó la vista de encima y cuando lo tuvo cerca de nuevo señaló su vaso.
     —Sírveme.

La sordera de Noah se alivió y llenó el vaso. El chico soló una risita mientras extendía un billete.
     —Escuchas, ¿eh? Pregunté si conoces a Buck Johnson.

Antes de que el cantinero pudiera marcharse a servir más copas Artie lo jaló del cuello de la camisa. Por el tirón, Noah casi cae del otro lado pero se sostuvo a tiempo para quedar con medio cuerpo sobre la barra. El vaso de McAllister y las botellas cayeron al suelo. Todos se volvieron y como se hizo el silencio, pudimos escuchar aquel susurro de sílabas marcadas.
¿Conoces a Buck Johnson?

Noah estaba pálido pero recuperó de inmediato su color, como si recordara lo estúpido que era dejarse intimidar por Artie. Puso los pies en el piso, se arregló el cuello de la camisa y rió.
Lo conozco, ¿y qué?

Todos pensamos que Artie tartamudearía una disculpa y se iría a casa con el rabo entre las patas. El chico mostró la separación de sus dientes en una amplia sonrisa. No era el gesto bobalicón de Artie sino la célebre mueca de McAllister. Noah se dio cuenta y se alejó un poco de la barra.
Ese hijo de puta mató a Henry. Tres balas por reclamar con justicia lo que es nuestro. Nadie hizo nada al respecto, ¿qué opinas de eso, Noah?

Te juro que el cantinero estaba por mojar los pantalones pero no quería pasar por un cobarde frente a todos. Recogió su hombría y como si escupiera en el rostro de Artie, dijo:
¿Qué esperabas? ¿Qué arriesgamos el pellejo por esa basura pelirroja?

Artie seguía sonriendo y en ese momento tuve una certeza extraña: Noah es hombre muerto. Justo antes de que McAllister brincara sobre la barra, una voz retumbó en el bar.
¿Me buscabas, muchacho?

Buck Johnson estaba parado en la entrada, pistola al cinto, sonriendo de satisfacción. No sé si estaba ahí por casualidad o algún imbécil con ganas de espectáculo le fue con el chisme. Marcando cada paso, Johnson se acercó lentamente a McAllister. Cuando estuvieron frente a frente, el chico había perdido el color y volvió a parecer un viejo espantapájaros.
¿Me buscabas?

Era como si una tormenta agitara al espantapájaros. Todo su cuerpo temblaba. Abría y cerraba la boca como si quisiera decir muchas cosas a la vez. Nunca había parecido tan estúpido. El sombrero de paja cayó al piso cuando Buck le dio el puñetazo. Pese a la fuerza del impacto, Artie siguió de pie, babeando sangre como si no comprendiera lo que acababa de pasar. Creo que a Buck le molestó que después del golpe Artie siguiera en pie.
Se te cayó el sombrero. Recógelo.
    —¡Deja en paz al chico, Buck!

Bastó que la mirada de Johnson recorriera la habitación para que nadie se atreviera a hablar de nuevo. No nos gustaba aquello, pero nadie moriría por Artie. Johnson debió sentirse satisfecho. Sonrió y, como si fuera a disculparse por el golpe, puso una mano en el hombro de Artie.
     —Recógelo, muchacho.

Al parecer el cambio de actitud convenció a Artie. El chico apenas se había inclinado cuando Buck tomó aquella cabeza pelirroja y la estrelló contra la barra. El muchacho cayó al piso, sobre el vidrio roto y el whisky derramado. Bck rió como si acabara de contar un gran chiste.
Ya decía yo. Los irlandeses sólo sirven para beber. Lléname un vaso, Noah.

Todos dejaron salir risitas nerviosas y poco a poco las conversaciones se reanudaron. Noah puso whisky en el vaso de Buck mientras lo miraba con agradecimiento. Aunque parecía que todo había terminado, muchos de nosotros sabíamos que Buck apenas estaba calentando. En cuanto bebiera lo suficiente, terminaría lo que había empezado.

A Buck le tomaba tiempo embriagarse así que pasado un rato, nadie se acordó del espantapájaros tirado junto a la barra. Si no fuera por el suave movimiento de su respiración, hubiera pensado que estaba muerto.

Nunca olvidaré lo que pasó entonces. Aunque todo sucedió en un segundo, te aseguro que pude ver bien cada movimiento. Artie alzó la cabeza. Su cara pálida estaba llena de sangre. Sus ojos azules eran hielo. Llevó la mano al bolsillo del overol. Vi como la bala se acomodó cuando amartilló el arma. Artie se puso de pie y sumergió el cañón del revólver en la espesa barba de Buck.

Allá en el este ustedes piensan que aquí cada maldita partida de póker termina en un tiroteo y que ver sangre y tiroteos es nuestro pan de cada día. Nada de eso. El primero de McAllister también fue el mío. Nunca había visto a un hombre morir.

Los estallidos del arma y del cráneo fueron uno sólo. El proyectil trazó un camino recto desde la barba hasta la coronilla. Cuando la bala salió, fue como si la cabeza de Buck lanzara un escupitajo de sangre, huesos y carne.

Buck no había tenido tiempo de cambiar su expresión. Seguía riendo de alguna broma y ni siquiera se dio cuenta del arma, o quién sabe. Tal vez encontró divertido que Artie le apuntara. Como haya sido. Ahí estaba, con la sonrisa caída y el cerebro esparcido en el techo y el mostrador.

Recuerdo que todo el mundo se quedó quieto tras el disparo. Sólo Artie fue capaz de moverse. Recogió su sombrero. Bebió con calma el vaso de Buck y salió como si nada.  Para muchos, esa fue la última vez que vieron a McAllister.

Si me preguntas, todo estaba planeado desde que entró al bar. Artie sabía dos cosas: que quería muerto a Buck Johnson y que si lo enfrentaba no tenía posibilidades de vencerlo, así que se hizo el borracho, provocó a Buck y esperó a que se distrajera. Bastante fácil. Claro que existía la posibilidad de que Buck lo matara antes de distraerse. Era un tiro de moneda que necesitaba astucia y sangre fría, los sellos personales de Arthur “Colorado” McAllister.

Meses después, el viejo Tobias, que se había convertido en el cliente favorito de Noah, nos contó que había echado a su hijo. Balbuceó un montón de tonterías sobre lo sagrado de su techo y aquellos que llevan la marca del primer asesino. Eso fue lo último que supe de Artie, hasta que empezaron a llegar las historias y los hombres del gobierno vinieron a preguntar por él.

Con todo, yo había visto a McAllister una última vez. Fue la mañana que siguió al asesinato. Toda la noche soñé con la sonrisa de Buck así que apenas asomó el sol, fui a abrir la tienda y me senté en el pórtico a tomar el aire frío de la mañana. Entonces lo vi, a caballo, a paso lento por la calle central del pueblo.

Llámame loco pero en ese momento sentí que estaba presenciando algo importante. Algo más grande que yo, que McAllister incluso. Tuve la sensación de que era parte de una historia que nos incluía a todos. Algo bastante extraño. Supongo que a McAllister le pasó lo mismo porque justo antes de salir del pueblo se detuvo a mirar la salida del sol. Supe entonces que se iría. Me entraron ganas de despedirme pero antes de que pudiera abrir la boca, McAllister partió a todo galope hacia el desierto.

Me quedé ahí, mirando aquella mancha negra que se empequeñecía mientras se alejaba hacia el amanecer. Una brisa barrió el pueblo y McAllister desapareció entre la arena y el sol.

 

 

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