A su retrato posmoderno

[artículo] | Ricardo Iván Vázquez López

 

Este que ves, engaño colorido, que, del arte ostentando los primores, con falsos silogismos de colores es cauteloso engaño del sentido.
Sor Juana Inés de la Cruz

 

Adélaïde Labille-Guiard se pinta a sí misma frente al caballete. Se pinta pintando. Con dos pupilas tras ella. Mira fijamente al espectador, invitándolo a conocerla. Ella es la bella seda azul, tanto como la pose firme. La tersa piel que desemboca en las ágiles manos listas para pintar y el sombrero bien postrado símbolo de su posición social indican su hidalga figura. Sin embargo, la pintura no es ella, es el velo que quiere mantener para la posteridad.

Pintarse a sí mismo es inventarse. Producirse, tomar un fragmento de sí mismo y acomodarlo junto a elementos que simbolicen el contexto propio. Crearse es componerse, en términos pictóricos. Por algo Foucault identifica la ética existencial con la estética del hacerse a sí mismo a cada paso. El arte no es sólo impresionismo, sino expresionismo intencional a producirse a sí mismo. Quedarse ahí, por mano propio, en el semblante del ojo externo.

Empero, ya nadie se pinta así mismo. Se retrata, se fotografía. Ya sea para conocer el mundo de las imágenes-movimiento a través del narcisismo contemporáneo, como Sebastián Ávila; o, para mantener en la memoria colectiva la belleza de lo que alguna vez fue, como Dorian Grey. La fotografía es un recorte del suceder temporizado del ser. Y como recorte se presta a las mismas leyes que la pintura: a su modificación.

Las redes sociales se vuelven pequeñas galerías personales. Galerías que operan en el sentido museográfico, acomodando por secciones aquellas imágenes que muestran lo que somos. “Viajes, amigos, fiestas, trabajo, logros”. Ecce Homo. Colocamos el mejor ángulo, la composición más representante de nuestra altitud y posición. Consideramos las situaciones cumbre y proseguimos a compartirla.

Pero en la referencia virtual, somos más mentirosos que actores. Hacer ética es llegar al mundo de la performatividad. Hacer virtualidad es permanecer en el mundo del retrato. Ponemos trampas al ojo externo, al ojo que no está en la postura necesaria para juzgar la veracidad de lo que mira. En el mundo virtual somos maestros del anamorfismo pues la posición a la que el espectador está obligado distorsiona quienes somos.

Las bellas imágenes de nuestra segunda vida, aquella que está totalmente ligada al acto creador, pero se negativiza a sí misma al no realizarse en la vida real, se desanudan el registro real, permaneciendo totalmente en la ficción. Tales imágenes son doblemente virtuales, en sentido óptico. Reflejo del reflejo, segundo reflejo trastocado por el espejo segundo y orientado por la tercera visión.

Es aquí que se restringe la ética existencial estética. Pues en la interrelación, lo que se pone el juego es el deseo del otro. Ahí entra Tinder y el amor líquido descrito por Bauman. La teleología de nuestra galería personal es encubrir quienes somos, con la finalidad de demostrar quienes quisieran los demás que fuéramos.

He ahí que Lacan se demuestra. Las imágenes son velos que encubren la realidad. Velos que no son representaciones, sino conjuraciones mágicas que pueden provocar sugestión, en el peor de los casos, seducción. Si bien, no se pone el juego la vida subjetiva, se pone a prueba las formaciones imaginarias de belleza. Pues esa estética es la que mueve al hombre, la estética de envainarse al otro.

La ética existencial se suplanta por la teleología estética. Es entonces, que en la fotografía de las redes sociales no se crean imágenes como auto-retratos, sino arte naif postrada como técnica. Instagram está en juego ahí donde el sujeto básico se prescribe como fotógrafo por la utilización de saturación y aumento de brillo. Pues también, ese concepto, ese de mano creadora técnica, aumenta el valor discursivo del sujeto que aparece en las imágenes.

Pequeños relatos. Ingenuos sustratos de arte. La pintura es sustituida por el Diseño, la fotografía por la imagen inmediata desde la selfie stick. He ahí la diferencia entre el engaño colorido del calambur y la insipiente necesidad de likes. Pequeño relatos que acaban con la ética y comienza por la virtualidad de ser lo que quieren que sea y su probación imaginaria.

Adélaïde Labille-Guiard se pinta a sí misma frente al caballete. Sor Juana se retrata a través de palabras. Ambas son imitadoras, en el sentido de Platón, se orientan por su pathos. Nosotros nos retratamos, dejamos que un aparato haga el trabajo. Estamos ahí, pero no transformamos ese retrato. No lo hacemos. No hay trabajo, no hay modificación de lo real. No hacemos. Pedimos. Pedimos atención. Somos un invento fársico obsesionado con el amor virtual.

 

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