Las redes sociales como extensión del espacio público: la opinocracia del todo

[artículo] | Dalia Berenice Vázquez González

 

Es verdadera libertad cuando los hombres, que han nacido libres y tienen
que aconsejar al público, pueden hablar libremente, esos que
pueden y quieren merecen alto elogio; los que no pueden ni quieren,
pueden guardar silencio; ¿qué puede haber en un Estado más justo que esto?
Eurípides

 

El requisito indispensable para el ejercicio de la democracia es la posibilidad de contar con un espacio de deliberación, el cual marca la diferencia entre la democracia procedimental, la democracia representativa y la democracia deliberativa. Por ello, el espacio público descrito por Habermas (1998) designa un territorio de nuestra vida social donde puede formarse la opinión pública. Lo que nos preocupa aquí es la organización del espacio público en los medios digitales y, más precisamente, en los medios que jamás descansan: las redes sociales de carácter descentralizado, asincrónico, sin autoridad que las regule y siempre dispuestas a las relaciones hiperpersonales.

Pero, ¿qué es lo qué se entiende por espacio público? Para Habermas el espacio público político se constituye cuando las discusiones públicas se refieren a la vida y el desempeño del Estado. Cuando este espacio público tiene el carácter democrático deliberativo puede influir sobre el gobierno y verse como un eterno contrincante de él. De hecho, el poder sólo puede legitimarse y racionalizarse, mediante discusiones públicas en el marco de deliberaciones libres. De esta forma, “la opinión pública se refiere a las tareas de crítica y el control que los ciudadanos de modo informal -y de modo formal durante las elecciones- ejercen sobre el poder estatal.”

Por consiguiente, habrá que reconocer la labor de las redes sociales en la revitalización de la sociedad civil en las últimas décadas, pues han ocupado un papel fundamental en el proceso deliberativo, en el control del poder político y en su respectiva programación. Por ejemplo, en el movimiento 15-M en España, en la Primavera Árabe y en  las diversas convocatorias a marchas y manifestaciones sociales como el Movimiento estudiantil en Chile y el #YoSoy132 en México (la mayoría insurgencias de los jóvenes cercanos al internet); las disidencias han surgido desde el espacio público virtual buscando modificar el status quo porque les parece injusto e intolerante.

Aun, las redes sociales pueden observarse como el punto del desacuerdo descrito por Ranciére (1996) donde existen protoproyectos o demandas contrapuestas y un horizonte de posibilidades para -en palabras del autor-  la parte de aquellos que no tienen parte (el sujeto del daño, los grupos subalternos). Ello debido a que en esta nueva red no hay asientos de primera clase, todos pueden ser partícipes de los asuntos comunes.  Sin embargo, es necesario cuestionarse si será posible que en estas redes las desigualdades sociales se inhiban y las palabras puedan tener más peso que la posición económica y el escalafón profesional, o si -por el contrario-, hay una clara diferenciación entre speakers y audiencia; entre un elemento “activo” con mayor capacidad de acceso a los medios y que habitualmente contribuye a la deliberación y otro “pasivo”, integrado por la inmensa mayoría de los ciudadanos (Vallespin, 2000).

Lo anterior aunado a que las comunicaciones en las redes sociales se presentan totalmente fuera del complejo parlamentario. Así, los representantes se ven entrelazados y cuestionados ya sea por solitarios con opiniones justas e injustas, inocuas, agresivas y violentas, o por equipos disidentes. Es posible, entonces, ver a la política como el litigio descrito por Ranciére: como el arte de las deducciones torcidas y las identidades cruzadas.

Sin embargo, el desacuerdo entre las partes dentro de las redes sociales, es posible debido a que las personas se suelen sentir -a causa de la distancia- relativamente a salvo y ajenas a las responsabilidades de sus opiniones. Así, en muchas ocasiones las redes fomentan que las personas expresen sus sentimientos hasta el paroxismo y que dentro de ellas predomine el ciudadano reactivo más que el ciudadano deliberativo. De esta forma es posible que se presenten fenómenos como los ultras de la Alt-right y los foros como 4chan que ayudaron al ascenso a la presidencia a Donald Trump en Estados Unidos; “el movimiento articuló una pléyade digital de subculturas abiertamente racistas, machistas y homófobas que reclamaron más libertad frente a una pretendida dictadura de lo políticamente correcto .”(M-Bascuñán, 2018).

Si retomamos la postura de Habermas, de lo que se trata, a la postre, es de crear un poder comunicativo donde la acción de la sociedad civil en el espacio público sea la que controle y brinde de legitimidad al poder político-administrativo. Por ello, la acción comunicativa con su respectiva resolución racional de conflictos políticos, es imprescindible para la creación del derecho legítimo.

Ahora bien, habrá que tomar en cuenta que Habermas, como buen kantiano, habla de una resolución  racional mediante argumentos de igual forma racionales. Sin embargo, Luhmann (1997) nos recordará de la nueva realidad creada por los medios digitales, es decir, después de todo son los medios los que seleccionan las noticias que se darán a conocer, cuáles son los hechos sobre los que debe informarse y cómo (Vallespín, 2000). La opinión pública entonces queda a merced de la información que se reciba y lo “noticiable” es lo que  se trata como el asunto público en deliberación, ya sean asuntos del Estado, promoción del gobierno en turno  o simplemente fake news.

Además, todo argumento en la red, no precisamente se basa en hechos tangibles y objetivos, a veces sólo es una distorsión deliberada de una realidad, una apelación a la emoción, una opinión del todo por una creencia personal, una mentira emotiva, o post-truth.  Tampoco todo debate en la red estriba en asuntos de interés público, muchas veces algunos personajes son más famosos por la exposición de sus vicios privados que por sus virtudes públicas, lo cual nos muestra la ruptura de las fronteras entre lo público y lo privado.

Por último, -y a pesar de Luhmann- es indiscutible que las redes sociales han servido para el ejercicio deliberativo de la democracia, ya sea con opiniones establisment o anti establisment,  para incidir en los asuntos públicos, para cuestionar el ejercicio del poder y, en gran medida para darle  voz al sujeto del daño. Se les puede considerar, por tanto, como el nuevo ágora digital. Sin embargo, también es cierto que en las redes sociales se encuentran opiniones emotivas y violentas que, lejos de llegar al consenso por la vía de la argumentación racional como nos diría Habermas, se dedican a combatir abiertamente al adversario, sin sustento, agresivamente y descalificándolo, por ejemplo, los llamados trolls, leechers, bulldozer, chaters y fake, y todo esto debido -en gran parte- a la lejanía de las consecuencias.

En conclusión, lo más importante en las redes sociales o foros de discusión es el manejo que se les dé. En el peor de los casos pueden ser únicamente distractores de las actividades cotidianas, o, en su sentido más viable y eficaz, con ayuda de una posible educación digital cívica:  un punto de encuentro para la discusión pública, el diálogo, el consenso y la ciudadanía digital íntegra.
 

Bibliografía:

Habermas, J. (1998) Facticidad y validez. Madrid: Trotta.

M-Bascuñán, M. (2 marzo 2018) “Peligrosa inmunidad” El país. Consultado 4 de marzo de 2018.

 https://elpais.com/elpais/2018/03/02/opinion/1520002573_268549.html

Luhmann, N. (1997) La sociedad de la sociedad. México: Universidad Iberoamericana.

Ranciere, (1996) El desacuerdo: política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.

Vallespín, F. (2000), “La crisis del espacio público”, Revista española de Ciencia Política, Núm. 3, pp. 77-95.

 

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