Jorge Volpi, lejos todavía

Una novela criminal

[reseña] Adolfo Ulises León López

 

Por si alguien aún tuviera duda, el nuevo libro de Jorge Volpi se presenta como una fuertísima evidencia de las taras y arbitrariedades en el sistema de procuración e impartición de justicia mexicano. Tras una larga y rigurosa investigación, todo parece indicar que Florance Cassez no fue culpable —quizá tampoco lo sea Israel Vallarta—, que la Banda del Zodiaco jamás existió; que, por una simple vendetta, quien pudo estar detrás de todo fue el empresario Eduardo Margolis; y que, puede que este sea uno de los temas más sensibles, por lo menos una de las víctimas, Ezequiel Yadil Elizalde Torres, ni siquiera fue secuestrado.

El libro no pierde el ritmo, se lee de una sentada y la cronología no deja ningún cabo suelto. Sin embargo, ¿en realidad podría denominarse una novela sin ficción?

En 2016, Javier Cercas publicó un libro de ensayos titulado El punto ciego. Ahí, el escritor español reflexiona y desarrolla lo que para él y otros significa el tercer tiempo de la novela. Se dice que la novela moderna inicia con el Quijote. Ahí Cervantes descubrió un espacio de absoluta libertad donde, sin la atadura de la tradición, podían convivir y dialogar todos los géneros, donde existe la simultaneidad de verdades y donde la ficción y la realidad se confunden. Este camino lo continuaron los novelistas ingleses y franceses del siglo XVIII ―Laurence Sterne, Henry Fielding, Denis Diderot― y se conoce como el primer tiempo de la novela. En la segunda mitad del siglo XIX, Gustav Flaubert se empeñó en elevar la prosa a la altura estética del verso, en hacer de la novela un género puro y no híbrido. Para ello, eliminó toda rebaba de subjetividad, invisibilizó al narrador y dejó el precedente de que toda novela es y sólo puede ser ficción. Tan fuerte fue su huella que, al día de hoy, ésta es la definición más difundida y aceptada del género. Así, dice Cercas: «El primer tiempo es heredero directo y consciente de Cervantes; el segundo, sólo indirecto, y a veces inconsciente: de hecho ignora o desprecia parte sustancial de su legado».

El imperativo de innovación de novelistas como Milan Kundera, Italo Calvino, George Perec, Emmanuel Carrère es que la novela, en su tercer tiempo, recupere toda su experiencia histórica. Nuestra época lo exige. Para plantear interrogantes morales lo más complejas posibles, la novela debe reincorporar la historia, el periodismo y el ensayo.

Un gran ejemplo de este tipo de novela es Anatomía de un instante, también de Javier Cercas. Más que develar una verdad factual, él se preocupa por indagar en las motivaciones que tuvo Adolfo Sánchez Vázquez para que, cuando los militares irrumpieron en el Congreso de los Diputados e intentaron un golpe de estado en 1981, precisamente él ―un hombre que participó y apoyó la dictadura franquista―, se quedara incólume en su estaño, en un acto de aparente defensa de la democracia.

Curiosamente se trata del único golpe de estado en el mundo que fue transmitido en vivo en televisión abierta. Ese hecho es garantía de su realidad y de su irrealidad. «Ningún personaje real ―escribe Cercas en el epílogo del libro―  se convierte en ficticio por aparecer en televisión, pero es muy probable que la televisión contamine de irrealidad cuanto toca y que un acontecimiento histórico altere de algún modo su naturaleza al ser retrasmitido por televisión porque la televisión distorsiona todo lo que percibimos (si es que lo no trivializa o lo degrada)».

Cercas decidió escribir esta novela luego de reparar en la ironía del gesto de Adolfo Sánchez. A lo largo de su investigación descubrió que muchas versiones para explicar la conspiración se presentaban y empataban de forma coherente y armónica, como si se trataran de ficciones. De ahí que concluyera: «¿No era redundante escribir una novela basada en otra novela? Si una novela debe iluminar la realidad mediante la ficción, imponiendo geometría y simetría allí donde sólo hay desorden y azar, ¿no debía partir de la realidad y no de la ficción? ¿No era superfluo añadir geometría a la geometría y simetría a la simetría? […] ¿No era la obligación de una novela sobre el 23 de febrero renunciar a ciertos privilegios del género y tratar de responder ante la realidad además de ante sí misma?»

Regreso a Jorge Volpi. ¿Por qué escribir una novela sin ficción sobre el caso de Florance Cassez? ¿Fue acaso el significado del montaje televisivo? ¿La dimensión moral de los personajes que involucra? ¿La necesidad de dotar de realidad a una ficción compartida por buena parte de la población?  ¿Cuál es su propuesta de novela sin ficción?

Para las primeras preguntas sólo tengo conjeturas. Para la última, a partir del texto, puedo aventurar una respuesta. Jorge Volpi escribió Una novela criminal con la objetividad del periodista y no con la libertad del novelista. Las preguntas en el libro son las del periodista, las que ponen en duda el actuar de la autoridad y el carácter de culpables y víctimas; no las que arrinconan al lector en una encrucijada moral o política. Y, cuando parece que hará uso de las digresiones para adentrarse en la complejidad de una personalidad o de una circunstancia, retrocede y sus asociaciones resultan insuficientes o innecesarias. Por ejemplo, Eduardo Margolis es una especie de Golem porque protege la comunidad judía en México, Calderón y Sarkozy tiene en común su baja estatura, el cine de Hollywood es responsable de la idealización de los procesos penales, el resumen de la operación militar de Dunkerque en la Segunda Guerra Mundial sólo para indicar que ahí vive Florance Cassez, la breve explicación del concepto “posverdad” para referir que las mentiras de la PGR parecen ya no incomodar a nadie. Para mí, la propuesta de Jorge Volpi de una novela sin ficción no es más que la de un reportaje que se apoya en herramientas narrativas.

Recuerdo que allá de 2016 0 2017, en uno de mis recorridos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, me topé con un cartel que invitaba a la cátedra extraordinaria que impartía Jorge Volpi con el tema “Novela sin ficción”. Dentro de las lecturas se incluían El punto ciego y Anatomía de un instante. Me sorprende que, ni en los agradecimientos al final de Una novela criminal, ni en sus entrevistas o pláticas con motivo del libro, no haya la mínima mención de Javier Cercas.

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