La tradición del engaño

El escritorio de un descreído

[columna] | Carlos Erasmo Rodríguez Ramos

 

Es bien sabido que la verdad y los políticos pocas veces se llevan bien. En esta elección, la lista de verdades incómodas detrás de cada uno de los candidatos es bastante amplia, por lo que para persuadir al electorado no les queda más que recurrir a uno de los recursos más viejos del quehacer político: el engaño. Con toda clase de artimañas, desde los silencios de López Obrador ante cuestiones capitales hasta la maraña de palabrería que teje Ricardo Anaya esperando poder escapar por alguno de sus hilos, los candidatos mutilan y modifican la verdad a su conveniencia. La ciudadanía, en el rol pasivo al que es relegada por esta forma de hacer política, tiene que elegir, no la verdad que le resulte más persuasiva, sino el engaño que sea más convincente.

Más allá de las valoraciones banales que oradores aficionados y columnistas faltos de ideas puedan hacer sobre la vestimenta, la modulación de la voz y demás instrumentos del engaño, hay cuestiones más importantes. Al ser la democracia el gobierno de la opinión, porque esto lo único que necesitan los votantes para ejercer el sufragio, es de vital importancia cuestionar el papel de la retórica no como herramienta de la buena comunicación, sino como artilugio de la mendacidad. En un contexto donde las pasiones políticas están por todo lo alto, ¿Qué hacer frente al engaño?

Esta preocupación no es nueva. Hannah Arendt, en su búsqueda de las experiencias que dieron origen a la tradición política de Occidente, da un lugar privilegiado al juicio de Sócrates[1]. Según la politóloga, la condena de quien fuera reconocido como el más sabio de los hombres por el oráculo de Delfos tuvo enorme repercusión en su discípulo, Platón. Para él, la condena de su maestro fue la prueba más clara de que  un gobierno basado en la opinión, donde cada ciudadano podía abusar de la retórica y del engaño, podía errar de forma monstruosa. Preguntándose por una alternativa surgió su deseo de crear una forma de conocimiento que estuviera por encima de la doxa[2] y que pudiera generar un gobierno mejor que el de la polis. Al gobierno de la opinión y la falsedad, Platón opondría el gobierno del conocimiento y la verdad.

La solución de Platón sólo fue la puerta a nuevos problemas. Siguiendo a Popper[3], los gobiernos del conocimiento y la verdad no terminaron bien. Con una doctrina de Estado, distintos gobiernos buscaron someter a todos los gobernados a una sola visión del mundo. El resultado paradójico de esta forma de hacer política fue la eliminación de lo político pues, estando dada la verdad de antemano, ¿Qué resta por discutir en la arena pública? Tras la segunda mitad del siglo XX y la experiencia de los gobiernos totalitarios, Occidente volvió a los gobiernos de opinión.

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Hannah Arendt

Si oponer el conocimiento a la opinión no es la solución, volvemos al punto de partida, ¿Cómo escapar del engaño? Y más importante, ¿Será que el rol pasivo es el que de verdad compete al ciudadano? ¿Debe limitarse e elegir el engaño de su preferencia o a aceptar la doctrina del Estado?

Para Arendt, hay otra alternativa en nuestra tradición política, una rebelión olvidada contra la polis, previa a la de Platón: el mismo Sócrates. Aunque es motivo de polémica el trazo de la línea que divide al Sócrates histórico de la invención platónica, es incuestionable que el ateniense oponía la mayéutica a la retórica sofista. Sócrates no quería imponer su doxa a los demás, por el contrario, reconocía que cada hombre tenía una opinión y por ese sólo hecho todas eran valiosas. Por ello utilizaba sus famosas preguntas-espejo para que la opinión de los demás se confrontara consigo misma. El fin no era la verdad en sí misma, sino la reflexión. Siendo así, no es de sorprender que la mayoría de los dialógos queden sin una respuesta definitiva. Esta forma de diálogo perseguía un objetivo. Sabiendo que la opinión de todos iba a repercutir en la vida pública de la ciudad, lo que Sócrates buscaba con la mayeútica era mejorar la doxa de todos sus conciudadanos. Este diálogo se llevaba la mayor parte del tiempo lejos del ágora y  de la arena pública. Eran conversaciones casi íntimas, donde la amistad y la consideración mutua permitían hablar sin enfado de los problemas que concernían a todos, no para encontrar la verdad, sino para buscarla juntos.

En un país donde una regla del buen gusto es no hablar de política entre amigos, donde las opiniones se han polarizado y donde la clase política intenta no puede más que optar por sus tretas habituales, este diálogo es más que necesario. Sólo así, conversando entre amigos y familiares de lo que a todos afecta, podremos construir verdades propias, inmunes a las manipulaciones partidistas.

Notas:
[1] Arendt, Hannah, La promesa de la política, trad. de Eduardo Cañas, España, Paidós, 2008, pp. 44-75
[2] doxa suele traducirse como “opinión”. En la filosofía griega, toma distintas contaciones dependiendo del filósofo.
[3] Popper desarrolla esta idea, entre muchas otras, en La Sociedad Abierta y sus enemigos. El problema con la interpretación de Popper es que parece sugerir que la tradición filosófica tiene una influencia en la realidad política aun cuando los actores políticos no tengan ni idea de ella.

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