El Evangelio según Andrés Manuel

De cómo la política se hace mito

[opinión] | Frank García Trillo

 

Andrés Manuel López Obrador es acusado de proclamarse mesías y no es con falta de razón. Desde aquellos inicios en la década de los noventa como figura de oposición y protesta, AMLO ha construido, ladrillo por ladrillo, un templo que hunde sus cimientos  en una mística y una religiosidad propia que proclama los intereses de aquella entidad metafísica que es el pueblo. Cuando compitió por la gobernatura de Tabasco y perdió, acusó de fraude al gobierno federal y, a manera de los antiguos patriarcas, emprendió el Éxodo, sembrando la semilla del mito profético: Algún día seremos liberados de los tiranos egipcios-priístas. Porque su pueblo (con sus distintas visiones del mundo) es el pueblo de Dios que ha sufrido a causa de los malos gobiernos. Ese templo, que poco a poco fue creciendo, le valió ser el presidente nacional del PRD y, posteriormente, jefe de gobierno del entonces Distrito Federal.

Su narrativa se inaugura formalmente cuando era opositor del partido en el gobierno de entonces, el PAN. En un sistema de empresarios, jefes sindicales y tecnocratas, un hombre se levanta y participa en la política para hablar al pueblo sobre sus enemigos y ofrecer una alternativa, un éxodo en el sentido más etimológico, una salida. Recorre el país reuniendo a sus feligreses, augurando la buena nueva. Su mito hablaba de los pobres, del abandono al campo, de las injusticias y la falta de oportunidades. Su campaña se basa en darle la mano a la gente, en ver al campesino a la cara, en salir en televisión como alguien distinto y presumir de ello desairando la participación en un debate presidencial. Entonces fue derrotado, bajo protestas de un fraude no tan fácil de documentar.

En la política mexicana, cuando un candidato pierde las elecciones presidenciales, normalmente es el fin de las grandes aspiraciones y debe relegarse a una labor menos suntuosa, quizás una diputación o si le va bien, la gobernatura de algún estado. Pero Andrés Manuel, en esa pavorosa seguridad en sí mismo (peligrosamente cerca de la arrogancia), no puede aceptar su derrota. Las protestas se hacen con los grupos menos favorecidos, con gente que con poco o mucho sigue a su líder para acampar en la calle, en el desierto. Lo que algunos hubiesen pensado sería el fin de la molestia tabasqueña, solamente ignoraron la pequeña bola de nieve que empezó a rodar colina abajo. El candidato manda al diablo a sus instituciones, asegurando que el panista va en contra de la voluntad popular.

El sexenio de Calderón tuvo un inicio tranquilo porque el gobierno entra en funcionamiento en un país relativamente estable frente a las mareas de la gobernanza. Pocos sospechaban que ese sería el comienzo de una de las épocas más violentas de la historia reciente. Aquella violencia contra los desfavorecidos, pues quienes morían eran jóvenes, mujeres, niños, ancianos, campesinos y migrantes, solamente alimentó el espíritu de injusticia. La situación económica, aunque a nivel macro parecía funcionar de acuerdo a los estándares de los grandes técnicos de las ciencias sociales, a nivel micro llevaba a una sensación de falta de oportunidades. Es entonces, en la campaña del 2012, cuando Andrés Manuel deja de hablar tanto hacia los pobres para buscar a la clase media, amenazada por un panorama desolador y una situación económica incierta pues, pese a lo hecho por los administradores, se había visto azotada por la crisis financiera del 2008. Sin embargo, esa campaña repitió errores similares a los de 2006, donde Obrador callaba cualquier buena idea de sus asesores hablando acerca de lo que su sabiduría le permitía decir.

Para algunos sectores de la izquierda, aquella segunda campaña fue un segundo y más humillante fracaso, pues aseguraba que la mística de Obrador era tan sólo una carga debido a sus errores y a su facilidad de dejarse llevar por la pasión que aleja del verdadero deseo de democracia. El PRD, el partido que lo hizo un personaje en la política nacional, es abandonado entonces por su más pesada vaca sagrada. Y Andrés Manuel, por segunda vez derrotado y abandonado por sus aliados históricos, no cambió su discurso. El enemigo se había hecho más fuerte y la mafia del poder seguía atentando contra los intereses del pueblo.

Entonces, al formar el que sería su partido, hay un replanteamiento total. Pese a ser parte del sistema de partidocracia, MORENA es vendida por sus participantes como un movimiento, con una ideología, valores y narrativa propia. Ningún partido de oposición en el sexenio de Enrique Peña Nieto cuenta con la simpatía de los detractores del gobierno como MORENA. El partido mismo depende absolutamente de la palabra del tabasqueño pues de él emana la idea y la sensación de que puede haber un cambio. Y es en esta formación dentro del sistema que Andrés Manuel ha adoptado una dicotomía entre la historia del régimen y el presente del mismo, con sus prácticas y jugadas.

Mitin_Morena-8-e1505317855543-960x500Es innegable que, dentro de la enseñanza de la historia al nivel escolar básico y medio, se crea dentro de los mexicanos una sensación mítica acerca de los héroes y némesis de la patria, donde las virtudes o defectos de unos están ensalzados con el fin de justificar la narrativa oficial y la adhesión de los ciudadanos al concepto de patria. Andrés Manuel, en su narrativa, se nombra a sí mismo heredero de los más elevados héroes que en el discurso de la historia nacional han existido. Los mitos de Hidalgo, Juárez, Madero entre otros personajes, se encuentran justificados desde la literatura oficialista y la pedagogía de la misma. Obrador toma como suyos estos mitos y con los mismos justifica su participación en el panorama actual. Esa adopción de los personajes y símbolos históricos hacen que su discurso sea fácil de entender y convenza a muchos sectores de la población.

Basta ver sus mitines en esta campaña, rodeado de esos que solo son saludados por los políticos en elecciones: Campesinos, pobres, padres de familia que perdieron a sus hijos, morenos, negros, viejos, indígenas. Todos ellos perfectos representantes de lo que Andrés Manuel llama el pueblo. Pero mientras se vende a la gente como un líder que augura esperanza ante un panorama desolado, en las mesas y los salones de la política replica las mismas prácticas que el partido que lo vió nacer: el PRI. Las alianzas, el padrinazgo a los famosos chapulines, la adhesión de personajes como Cuauhtemoc Blanco. Tal parece que el lema de MORENA en esos momentos es “La esperanza de México”, sino una paráfrasis al versículo de la biblia (Juan 8:12): “Una vez más Andrés Manuel se dirigió a la gente, y les dijo: —Yo soy la luz de México. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”

Hoy, el candidato más priísta en la boleta electoral no se llama José Antonio, sino Andrés Manuel. Pero este priísmo no es uno tradicional, de poder suntuoso y política eficiente, sino de un priísmo religioso que busca mirar hacia atrás, hacia cuando las cosas funcionaban, hacer lo que se puede con ello y moralizar a la clase política que se distanció de aquella masa que es el pueblo. El candidato de MORENA se planta ante sus feligreses augurando la inevitable llegada del cambio histórico, a pronosticar la llegada de la calma tras la tormenta del siglo XXI. Apela a los mitos de la historia mexicana como referentes de su movimiento y de ellos obtiene legitimidad, tanta como le pueden dar aquellos que, según la educación que todos recibimos,  han sido los grandes ideólogos de un México mejor. Y para muchos, que no tienen nada más que fe y una vaga noción de lo que es el país, el Peje es la salida.

Hay cosas importantes que pueden concluirse:

Andrés Manuel, con bastante probabilidad, va a ser el siguiente presidente de México. No por ser el más propositivo de los candidatos ni porque sus propuestas sean analizadas a fondo y sean consideradas las convenientes, sino porque su campaña ha logrado consolidar un mito alimentado por la fe y el deseo de justicia en un país con crisis de gobernabilidad. Ganará por la mezquindad de sus adversarios, de ignorar por 18 años la base de aquella mística, que era la pobreza, la desigualdad y las víctimas de la violencia. Ganará por lo errática que es la campaña del PRI, anunciado una semana que su contrincante está apoyado por el gobierno ruso y otra difundiendo rumores sobre su estado de salud. Una campaña intermitente, basada en ocurrencias de asesores de oficina que sólo han visto el país desde la ventanilla de un avión.

Es preocupante que Andrés Manuel gane con esta fuerza. Porque su campaña está plagada de vacíos ante el deseo de política eficiente, porque la fuerza de la fe mexicana es más grande que la fuerza de la razón y la duda. La virgen de Guadalupe y la creencia ante la figura literaria del liberador-profeta resulta más convincente al grueso de los votantes que los grandes tratados sobre macro-economía. Porque su campaña lo ha vuelto mezquino ante sus contrincantes, prueba de esto ha sido su participación en los dos debates presidenciales. Porque Andrés Manuel ya no es un testimonio de la injusticia que la vida política ha puesto en este país, sino un catalizador del enojo popular que, repitiendo las mismas practicas, promete cambiarlas tras su victoria. Por último, que es lo más preocupante, es la idea de que Andrés Manuel no gane. Aquel escenario va a convertir la fe de sus seguidores en enojo. Y cuando un creyente está enojado, será mejor que Dios nos agarre confesados.

 

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